Ser conservador es el nuevo punk.
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Ventanas rotas: la teoría que cambió la lucha contra el crimen

El padre Karras camina con gesto adusto por una calle de Nueva York. Parece un lugar abandonado por el resto de la ciudad. Apenas pasan coches, y unos niños han tomado la calle, y la hacen suya con sus juegos. Hay un coche mal aparcado, con las dos puertas abiertas. En una y otra acera hay una larga ristra de contenedores de basura, abollados la mayoría, y pintados sin una intención artística o simbólica. Excepto uno, sobre el que un spray dibuja el símbolo de la paz. Su función no está clara, viendo los desperdicios desperdigados por el suelo. El padre Karras fuma y avanza, absorto, pensando en su madre. Ni él, ni otros dos transeúntes, ni un señor que está sentado en las escaleras, leyendo el periódico, miran a los niños que están saltando sobre el coche abandonado, abollando el techo y el capó. Es una escena que transmite una sensación de cotidiano abandono. ¿A quién le importan esos contenedores, o los papeles y plásticos en la acera y la calle, o el coche azul que en los años 60 salió flamante de la fábrica y ahora es objeto de un vandalismo infantil?

La escena pertenece a la película El exorcista, de William Friedkin, de 1973. Muestra al espacio público como espejo de un abandono interior, como epítome de una ciudad que no cuida el lugar donde viven los demás, porque no mira a los otros. Cada cual sigue su propio camino, pero el interior de cada uno es como esa calle; abandonado, desordenado, vacío. Es el lugar donde se cuelan los demonios. Esa es la ciudad que describe el genial cineasta. Un conglomerado de edificios para nadie, un termitero que tiene vida en conjunto pero no para cada uno de sus habitantes.

El año antes de que se estrenase la película, se cometieron en Nueva York 2.026 asesinatos, 5,6 de media al día. Ese mismo año, 1972, concluye la Comisión Knapp sobre la corrupción en la Policía. Corrupción dentro, abandono fuera, parecen elementos de la misma historia, que conduce progresivamente a un aumento de la criminalidad. En 1990, el 40% de los crímenes cometidos en los Estados Unidos tienen lugar en la ciudad de Nueva York. ¿Qué lo explica?

“Un mundo de depredadores descontrolados”

Los jóvenes intoxicándose con heroína y los policías con crimen contribuyen a ello, sí, pero no es lo único. Un artículo publicado en National Affairs, escrito por Nathan Glazer en 1979, dice que los graffitis en el metro de Nueva York son el decorado de “un mundo de depredadores descontrolados”. La incapacidad de las autoridades de controlar el pequeño crimen, la impotencia revestida de dejadez con

la invasión del espacio público, es como un cartel que indica que la veda para ladrones y asesinos está abierta.

El artículo acabó de convencer a Georges Lee Kelling, que tenía 47 años cuando lo leyó, y que acaba de fallecer de cáncer a los 82. Kelling, y James Q. Wilson, cambiaron la visión de la política contra el crimen para siempre, con su teoría sobre las ventanas rotas.

Kelling había sido seminarista, trabajador social, agente de libertad provisional, e investigador de la Fundación de la Policía. Allí condujo una investigación en la que bajaba a los policías de los coches patrulla, y los hacía pasear por las calles de Newark, un barrio de Nueva Jersey muy cercano a la ciudad de Nueva York. El efecto sobre el crimen fue muy notable. Kelling observó en esa investigación que restablecer el orden en las calles reduce el crimen. Acciones como expulsar a los merodearores, sacar a los mendigos de las marquesinas, hacer que reine la calma donde lo hacía el ruido, señalar a los infractores, restituir el sentimiento de comunidad y por tanto el de pertenencia… Todo ello rebajaba la incidencia del crimen.

Quien no puede lo pequeño, no puede lo grande

El artículo de Glazer le acabó de convencer de que quien no puede lo pequeño, no puede lo grande. James O. Wilson, profesor de Harvard y licenciado en Filosofía como Kelling, era ya un reputado criminalista, que ponía el acento en la importancia de la moral. Juntos escribieron un artículo en la revista The Atlantic titulado “Ventanas rotas”, en el que asentaron su famosa tesis.

Decían: “Los psicólogos sociales y los oficiales de policía tienden a estar de acuerdo en que si una ventana de un edificio se rompe y no se repara, el resto de las ventanas pronto se romperán. Esto es tan cierto en los vecindarios bonitos como en los abandonados. La ruptura de ventanas no necesariamente se produce a gran escala porque en algunas áreas hay quienes gustan de romper ventanas mientras que otras están pobladas por amantes de las ventanas; más bien, una ventana rota sin reparar es una señal de que a nadie le importa, por lo que romper más ventanas no cuesta nada”.

Y esa es la clave. Si se puede romper una norma porque a nadie le importa, si el padre Karras, los transeúntes y el lector de periódicos pueden seguir con sus vidas mientras unos niños vandalizan un coche porque todo da igual, en ese todo cabe el robo, pequeño y grande, el asalto, la violación, el asesinato.

Si le importa a la autoridad, debe importarle a la sociedad

En los años 60, según cuenta Thomas Sowell, desde el ámbito de la política, nacional y estatal, se alertó a la ciudadanía sobre el grave problema del crimen. Es cierto que había aumentado desde el punto álgido de los años 50, pero seguía siendo bajo. Se cambió el amable modelo del policía en las calles por otro de intervención rápida desde los coches patrulla. En cuanto los políticos se pusieron a solucionar el problema del crimen, éste empezó a subir de forma alarmante. Kelling y Wilson propusieron volver a llevar a los policías a la calle, a que contribuyesen a un sentimiento de comunidad. Y a mostrar que el espacio público sí le importaba a la autoridad. Y si le importaba a ella, también debía importarle a la sociedad.

Pocos criminalistas han tenido la oportunidad de cambiar la sociedad como Kelling y Wilson. La MTA (agencia encargada del transporte público en Nueva York), anunció en 1984 que acabaría con los graffiti en el metro. Cuando los trenes terminaban su servicio, los funcionarios los limpiaban. Y volvían a las estaciones limpios… Hasta el día siguiente. Era una lucha entre jóvenes sin ocupación y el empeño diario, durante años, de la autoridad. En 1989, la MTA declaró orgullosa su victoria sobre las pintadas. Los neoyorkinos, que habían abandonado la infraestructura, infestada por ratas, graffiti y crimen, volvieron en masa a coger el metro.

En 1994, Rudy Giuliani se convirtió en alcalde de la ciudad, y nombró a William Bratton como comisario jefe. Bratton había colaborado en la década anterior con Kelling, en la Kennedy School of Government. Bratton persiguió la peligrosa costumbre de saltarse las vías en el metro o los que se colaban en la red subterránea, sin pagar. Hizo lo mismo con la prostitución en la calle o con quienes pedían dinero de forma agresiva. Ya no era una ciudad fuera de control.

Una reacción social

La ciudad empezaba a mostrar otra cara. Las tiendas limpiaban también sus locales. Las comunidades borraban los graffiti de sus edificios. Una reacción social empezó a mostrar orgullo y cuidado por el espacio público. Las asociaciones de vecinos se impregnaron del mismo espíritu, y articulaban acciones para restaurar el orden en las calles. En 1993 se abrió la Corte de Comunidad de Midtown, en la que se veían las infracciones criminales de menor entidad. La rama judicial ponía también de su parte. Como dijo Kelling en un artículo posterior, para que el sistema funcione tiene que haber un esfuerzo conjunto de las instituciones respaldado por la sociedad civil.

¿Tuvo efecto la política de las ventanas rotas? En 1994, cuando Giuliani llegó al poder, se produjeron 2.016 asesinatos. Diez años más tarde habían caído a 934. El número de atentados contra la propiedad pasó de rozar los 900.000 a superar apenas los 400.000. La criminalidad empezó a bajar en todo el país en los 90, pero ninguna ciudad experimentó una mejora tan rápida como aquélla que en otros tiempos tenía rotas sus ventanas.