Ser conservador es el nuevo punk.
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Tucker Carlson, el periodista que pregunta lo que usted preguntaría

Si Tucker Carlson (San Francisco, 1969) hubiera seguido su primera vocación, hoy no conoceríamos su nombre. Estaría, pongamos, dirigiendo operaciones encubiertas en un suburbio de Kiev o en las montañas afganas, que por algo envió su curriculum a la CIA al final de sus estudios en el Trinity College. Por suerte para los telespectadores, su candidatura fue rechazada y el joven tuvo que seguir el consejo de su padre: “Prueba con el periodismo, ahí aceptan a todo el mundo”. No le ha ido mal: después de triunfar en varias cadenas y fundar un diario digital, hoy es el presentador más exitoso de Fox News, cuenta entre sus tres millones de fieles con el inquilino de la Casa Blanca y sus entrevistas se cuelan sistemáticamente en la lista de trending topics.

Por el camino, sin embargo, ha perdido muchas amistades, empezando por sus vecinos progresistas de un barrio de clase alta de Washington, quienes levantan la ceja ante el ardoroso populismo del tipo de la casa de al lado. Por su parte, la derecha neocon, de tendencia militarista y apasionada del libre mercado, no sintoniza en absoluto con sus postulados, más cercanos al conservadurismo tradicional y comunitario. No le perdonan, por ejemplo, que tilde de “desastre y pesadilla” la guerra de Irak, que ponga como modelo la política económica intervencionista de Theodore Roosevelt o que no considere a Irán o a Rusia amenazas serias para la seguridad nacional. Ni tampoco que fuera uno de los primeros en tomarse en serio a Trump cuando el magnate todavía concitaba las burlas de la élite republicana.

Hijo de un periodista y empresario mediático, Carlson fue abandonado por su madre a los seis años. El padre, Dick, que después ejercería el muy estresante cargo de embajador en las Islas Seychelles, volvió a casarse poco después, en esta ocasión con una millonaria, y pudo pagarle a su hijo una educación de élite en Rhode Island. De aquella época conserva la esposa -se casó con su gran amor del instituto- y el impecable atavío de pijo de la costa Este. También suena bastante snob, ciertamente, su nombre completo: Tucker Swanson McNear Carlson.

A la caza del clic
Portada de The Dailly Caller.

No es difícil deducir por qué los agentes de reclutamiento de Langley, Virginia, mandaron a la destructora de papel la solicitud del joven Tucker: según su propia confesión, se pasó casi toda la carrera -Historia- en una interminable borrachera. Académicamente fue un estudiante mediocre, aunque leyó muchos libros, hizo muchos amigos y se ganó fama de carismático. Su principal hazaña fue la producción de una cerveza artesanal en un sótano de su residencia de estudiantes, que comercializaba con éxito en el campus.

Mucho antes de triunfar ante las cámaras, comenzó su carrera periodística como plumilla en medios como Policy Review, Democrat Gazette o Weekly Standard. Con sus reportajes, entrevistas y perfiles, siempre afilados y exquisitamente escritos, fue ganándose un nombre de enfant terrible. Se atrevió a  ridiculizar a George W. Bush, estuvo a punto de morir en un accidente de aviación en Paquistán, poco después del 11-S, y cubrió varias campañas electorales. Pese a su tendencia a la insubordinación, sus jefes coinciden en que es un trabajador duro y un reportero valiente.

Nunca ha abandonado de todo el medio escrito. En 2010 fundó el digital ‘The Daily Caller’, conocido por usar anzuelos dudosos, cercanos a los métodos de la prensa rosa, para ganar clics. Algunos lo han pintado como un Huffington Post de derechas. Con su mala fama, no del todo inmerecida, lo cierto es que las exclusivas del medio han sido sonadas y se han cobrado varias víctimas políticas.

Adiós a la pajarita

Su consagración audiovisual llegó en la CNN, en el programa Crossfire: sus intercambios acalorados con periodistas de izquierdas llevaron a  su exclusión y, finalmente, a la cancelación del espacio. Para entonces ya se había convertido en todo un personaje mediático, amado y odiado por su estridencia, de quien nadie discutía su intelecto, pero sí, y no pocos, su temple. De allí salió con propósito de enmienda: decidió gritar menos y argumentar más. Aprovechando, por aquella época también dejó el alcohol.

Luego pasó por la también progresista MSNBC, cuyos directivos se cansaron de pedirle que abandonara sus características pajaritas. Argumentaban que el complemento le daba un aire caricaturesco y que impedía centrarse en sus argumentos. Lo hizo, por fin, en 2006, y ahora luce unas coloridas e impecables corbatas que ata con nudo estrecho sobre sus camisas Mercer & Sons. Lleve lo que lleve al cuello, la verdad es que los audímetros siempre le han tratado bien. Hasta hoy, su único fracaso televisivo fue su participación en Bailando con las estrellas, un Mira quién baila estadounidense del que fue eliminado en su primer chachachá.

Después de un tiempo fuera de las pantallas, llegó a Fox como simple tertuliano. Pronto fue ganándose el aprecio de los espectadores y, al cabo de un tiempo, su propio espacio. En abril de 2017, Bill O’Reilly, hasta entonces el rostro más aclamado de la televisión conservadora, perdió su puesto tras verse asediado por acusaciones de acoso sexual. Carlson, más joven y menos ortodoxo, heredó su segmento de las 8 entre ciertas dudas. Pronto se hizo con la audiencia de su predecesor y se convirtió en la gran cara visible de la nueva Fox, con permiso de Sean Hannity. Su carácter  -divertido, provocador, brillantísimo y algo pagado de sí mismo- es uno de los símbolos mediáticos de la era Trump.

¡Responda la pregunta!

Lo más comentado de Tucker Carlson Tonight, sin duda, son las entrevistas, sobre todo cuando el interpelado es un izquierdista. En tono educado, pero con muecas de incredulidad, insta una y otra vez a su víctima a que conteste a sus preguntas y le impide que se vaya por las ramas. Su método, tan distinto del de Jesús Quintero, tiene sus detractores. Según el Washington Post, el presentador “ciega a sus invitados, impidiéndoles emitir respuestas completamente elaboradas”. Él se defiende: “Opino que un invitado debe decir lo que piensa. Entiendo las razones prácticas que lo desaconsejan, pero aun así es cobardía”. Nadie se libra: en su última entrevista a Donald Trump, hizo resoplar más de una vez al líder del mundo libre. El lema del programa no miente: “Preguntamos lo que usted preguntaría y exigimos respuestas”.

Tucker Carlson entrevistando a Donald Trump.

Hace semanas, una turba de antifascistas se concentró en la casa de los Carlson. “Sabemos dónde dormís”, gritaban, entre amenazas contra sus hijos. Su mujer, la única persona en la casa, tuvo que esconderse en una habitación trasera hasta la llegada de la policía. Poco después, el oscuro abogado demócrata Michael Avenatti intentó utilizar contra él un incidente ocurrido hace meses en un club de Virginia, cuando defendió a su hija adolescente de un hombre que la insultó a gritos. Todos los testimonios desmienten que se tratara de una agresión racista y homófoba, como se publicó al principio, y parece que en realidad ni siquiera hubo violencia, pero muchos medios se han quedado con la primera versión.

Sus detractores piensan que Carlson está cosechando la crispación que ha contribuido a sembrar. Él dice que sólo defiende sus ideas, pero algunas suenan chocantes a buena parte del país. Enemigo declarado del feminismo, ha dicho que la idea de que una mujer invite a cenar a un hombre le resulta “asquerosa”. También ha dedicado muchas horas de directo a criticar a grandes empresas, de Amazon a Walmart, por pagar bajos salarios a sus empleados y beneficiarse al tiempo de una fiscalidad benigna.  Pero han sido sus comentarios sobre asuntos migratorios los que le han granjeado las mayores críticas: si bien siempre ha rechazado tajantemente cualquier discriminación, considera que las políticas fronterizas son demasiado laxas y el muro con México le parece una excelente propuesta. Se ha atrevido, incluso, a cuestionar que la diversidad sea un valor positivo en sí mismo para la estructura social.

Pesca con mosca y rock de los 60

No obstante, frente a su fiera imagen ante las cámaras, en privado Carlson es un hombre familiar de costumbres apacibles. Le gustan la pesca con mosca, los cómics y el rock clásico. Superada la edad de los excesos, gasta las tardes de fin de semana frente a la chimenea, a menudo con sus cuatro hijos, y tiene un acusado sentido de la lealtad. Es, según cuentan, un vecino cordial, un buen esposo y padre de familia y un asiduo feligrés de su parroquia episcopaliana. Un ejemplo acabado, en suma, de lo que los americanos llaman dinero viejo.

Todo esto hace de Carlson, en cierto sentido, una contradicción andante: el más feroz crítico de las élites sociales, económicas y culturales es, en esencia, un producto de esas mismas élites, y no se esfuerza lo más mínimo por disimularlo. Quizá eso explica parte de su éxito en estos tiempos complejos en que un millonario neoyorquino ha llegado a la presidencia aupado por el voto humilde y rural. No podríamos entender el éxito de Carlson sin el fenómeno Trump, pero puede que un día tampoco podamos explicar la historia del segundo sin hablar del primero. De momento, lo que parece claro es que nuestro hombre ha descubierto la fórmula para provocar cada noche a más de medio país sin morir en el intento.