Ser conservador es el nuevo punk.
Ser conservador es el nuevo punk.

Trocitos de realidad, crónica sentimental de los 90

Abril de 1994. Un electricista entra en una casa de Seattle y descubre el cadáver de un joven con toda la pinta de haber decidido acompañar al lóbulo frontal con el mentón y el tercio facial para asegurarse su encuentro con Caronte. A su lado, una nota de suicidio tarareaba una canción de Neil Young: “Es mejor consumirse rápidamente que desaparecer poco a poco”. Kurt Cobain acababa de engrosar las filas del Club de los 27 (Hendrix, Joplin o Morrison también habían muerto a esa edad) y la generación X tomaba conciencia de su década.

En España, además, descubríamos el grunge, preguntándonos si la viuda del vocalista de Nirvana, Courtney Love, era así siempre o no le había dado tiempo a asearse para la ocasión. Entre los aficionados a la química moderna también despertó cierto interés que trascendía su faceta de líder de la banda Hole.

Tres años antes, en 1991, moría de Sida el cantante Freddie Mercury. En el 92, sin embargo, le veíamos cantar, junto a Monserrat Caballé , “Barcelona”, himno de los Juegos Olímpicos celebrados -con gran éxito de organización y de malversación de fondos públicos- en la ciudad condal.

Y es así, oliendo a espíritu adolescente, como nos encontró, también en el 94, el estreno de Reality Bites. La cinta protagonizada por una Winona Ryder todavía creyente en la propiedad privada se convirtió en el espejo de la generación de vástagos de los baby boomers, hijos, a su vez, del estallido demográfico que trajo el espectacular crecimiento económico que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial.

En ella un grupo de veinteañeros nos explicaban con qué naturalidad debíamos afrontar la homosexualidad, el VIH y el consumismo. Que no teníamos ni idea de gestionar nuestras emociones pero que no era nuestra culpa, la sobrecualificación académica nos había hecho así. Que nuestra vida pivotaría entre el sofá y el empleo precario. Que si no te lavabas el pelo también podías ser amado. Y pese a todo, la gran lección que se extraía de Reality Bites era que con un riff de guitarra que solo alterna una nota con su octava y una novia que se llamase  Sharona, podías resucitar una banda de rock. The Knack -y Stay de Lisa Loeb para los momentos moñas- hicieron más por nosotros que esa oda a la pizza en la que se acaba convirtiendo la película.

Los daños colaterales, sin embargo, se empezaron a gestar entonces. Culminaron en el 95 con otro film protagonizado por Ethan Hawke: Antes del amanecer. Que todas anduviéramos mirando de reojo a cada veinteañero con el que coincidíamos en un tren no fue nada comparado con la cantidad de niños que, a día de hoy, se llaman Ethan. O Izan. Y lo peor de todo es que sabemos positivamente que no es por John Wayne en Centauros del desierto.

Escena de la película Pulp Fiction

De todas formas, en la década de los noventa, salíamos a película de culto por año. Aún perduran, y no sólo en nuestra memoria, el baile de Travolta y Thurman en Pulp Fiction (1994), con el que Tarantino envía muchos mensajes, uno de ellos a la cultura pop de la que somos hijos espirituales; algunas frases de Forrest Gump (1994)  (“ la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”, que a su vez podía ser hija espiritual de Coelho) o la escena de Mena Suvari desnuda y cubierta de pétalos en American Beauty (1999).

Con las series de televisión tuvimos una suerte desigual: Los problemas crecen, Salvados por la campana, El príncipe de Bel Air -en la que un Trump aún color carne hace un cameo que en realidad era una premonición: “todo el mundo me culpa siempre de todo”- Beverly Hills  90210 y su alter ego carpetovetónico “Al salir de clase”, causaron furor adolescente. Llegué a oír la frase  “Eres una Kelly” (refiriéndose a uno de los personajes de Sensación de vivir) como el insulto definitivo.

Un placer más adulto lo encontrábamos en Twin Peaks, Expediente X y, los más trasnochadores, en Doctor en Alaska. Eso quien no vivió pegado a la actualidad de los crímenes de Alcàsser en el primer late night show en España: Esta noche cruzamos el Mississippi.

En este momento es cuando se impondría un apología de Friends, una serie de culto que aún sigue fascinando a los fans de la época y a milenials que la descubren, pero que, por lo poco que ví era tan “smelly” como su himno oficioso: “Gato apestoso”, con permiso de la sintonía de cabecera “I’ll be there for you”. Más allá de que Rachel Green (Jennifer Aniston) dictara el corte de pelo de moda en cada temporada, el verdadero legado de Friends es el sándwich de Ross, que, en fechas cercanas a Acción de Gracias, se puede degustar incluso en algún restaurante madrileño en la actualidad.

En 1991 hacía ya diez años que las niñas no querían ser princesas. Unas jovencísimas Christy Turlington, Linda Evangelista, Cindy Crawford y Naomi Campbell cerraban, a ritmo del Freedom! de George Michael, el desfile de la colección otoño/invierno de Versace. Habían nacido las supermodelos y con su encumbramiento al Olimpo, el culto a cuerpos imposibles. Lo más cerca que íbamos a estar de conseguirlos era vistiendo marcas de diseñadores americanos: CK, Ralph Lauren o Donnna Karan.

Para una generación que, desde que tenía uso de razón había vivido bajo el felipismo, la caída de Mario Conde en el proceso penal contra Banesto no minó un ápice su admiración por el banquero. Aunque esto tampoco fue óbice para que todo tipo de pelajes, incluidos los aspirantes a engominados, pasaran la segunda mitad de la década hablando como Chiquito de la Calzada.

En los 90 cada vez que se creaba un MBA moría un yuppie. Y nacía una JASP. El anuncio de Renault Clio acuñó este acrónimo para hacernos creer que molábamos mil, que el éxito pequeño burgués era tener un trabajo bastante más atroz y esclavo que en los 80 y que lo conseguiríamos porque éramos la generación mejor preparada de la historia. En cualquier caso, los jóvenes se acabaron decantando por el VW Golf (si te hacías con el Cabrio -el secador de cabello más caro del mundo- eras el amo)  o su versión ciclada, el Corrado.

Clásico anuncio del Renault Clio

Los que soñaban con este tipo de empleo en una superestructura jurídico-financiera pasaban los sábados haciendo exámenes en la sala 0-201, conocida como Maracaná, en ICADE. Grupos de chicos con pantalón de loneta, camisa Oxford y zapatos de ante -que desbordaban las aceras de Alberto Aguilera durante el receso de las 9.50h y comentaban la puesta de largo del fin de semana anterior- soportaban interminables horas de Contabilidad con tal de acabar trabajando en banca de inversión en Londres.

El asunto era un poco más emocionante si los 90 te pillaron en la Complutense. El local de “Teoría y Praxis”, habilitado para los estudiantes patriotas, estaba separado por medio metro de la asociación UEP-Ei , en la que un Pablo Iglesias vestido con ropa cómoda comenzaba a plantar sus pinitos políticos. Además, en la época, había libertad de cartelería, por lo que bastaba con que los primeros agradecieran  públicamente 25 años de paz a un dirigente para que los otros la liaran.

Sin embargo, también existió la realidad Kronen. Una generación sin futuro tras una década de gobierno socialista (Hey, what did you expect?), dedicada a las drogas, la violencia, los bares y los conciertos de rock. Si quieren referencias acerca de su indumentaria pueden fijarse en los gorrillas de hoy. El relato quedó a cargo de un joven José Ángel Mañas, que obtuvo un finalista en el Nadal en 1994. La novela ganadora de ese año fue una infumable- así la recuerdo- “Azul” de Rosa Regás. Umbral definió “Historias del Kronen” como un libro muy vivo, de impacto. Otros, de realismo sucio. No les puedo decir, nunca frecuenté.

Se habla además de una generación Kronen en la literatura; jóvenes escritores que despuntaron en esas fechas y podían “vivir de lo suyo”. Herederos  de Franzen, Easton Ellis o Foster Wallace, escribían de manera descarnada, con referencias al rock y al cine, jerga juvenil y sumidos en un ambiente lo más marginal posible. Pertenecían a este grupo Ray Loriga, Benjamín Prado, Juan Manuel de Prada o Lucía Etxebarría. Como suele pasar, el tiempo desenmascaró a los impostores y en la actualidad no todos siguen cultivando el oficio; algunos decidieron apostar por mantener el status de enfant terrible y otros por el activismo marrullero inherente a la falta de talento.

La Cope en los 90 hizo que muchos conectáramos con la política escuchando sus programas matinales o nocturnos con carismáticos periodistas como Jiménez Losantos o Antonio Herrero. Una especie de morbo nos hacía ser infieles a estos con La radio de Julia y escuchar una tertulia a deshoras conocida como “El Gabinete” en la que participaba un histriónico Juan Adriansens y algunos otros nombres imbuidos de izquierdismo intelectual hasta las trancas, con sus perversas incoherencias incluidas.

Y al final, quien más y quien menos había tenido a la MTV como niñera. Musicalmente, convivían grupos de grunge, rock alternativo, “máquina” o  lectores del NME, con cantautores tipo Tonxu o Ella Baila Sola. Formaciones como Siempre Así – “Siempre Igual” para algunos críticos- o Rafa González Serna causaban furor entre los niños bien y unas sevillanas o una rumba eran de rigor para quien pretendiera ser dj en un garito pijo.

La invasión musical procedente de Hispanoamérica asomaba tímidamente en la segunda mitad de la década, con algunos éxitos como El Venao, que fueron recibidos con su correspondiente desconcierto, cachondeo o animadversión, según el caso.

La música disco comercial europea también tenía su acomodo en locales como Archy; Bogo; Nikei; Bocaccio; Pachá y su mítica planta superior, El Cielo de Pachá, a la que sólo podías acceder si estabas en la pomada; Oh, Madrid!; Rastatoo, con su desafío de chupitos y la camiseta para el ganador; Speakeasy; la apertura de Kapital de Atocha; las terrazas de verano y un clásico que nunca se fue entre la sociedad amante de las formas de antaño : Green y su parte posterior, Victory. Allí podíamos ver cómo camareros con chaquetilla verde trataban como señoritos a veinteañeros que degustaban alitas de pollo, croquetas o sándwiches mixtos empanados. La compostura sólo se perdía cuando, brazo en alto, sonaba el Imperio Contraataca de Los Nikis . Había nostalgia de los 80 y pequeñas peleas discotequeras entre borrachitos aspirantes a malotes.

Chimo Bayo durante una actuación

Pero, de la misma manera que no fue lo mismo vivir los 90 en Icade que en la Complutense, el ocio variaba un pelín en cuanto a formas y elegancia si, en lugar de en la capital del estado, se disfrutaba en la otra. En la del Turia.

La CV-500, carretera de El Saler, tenía decibelios propios. A lo largo de poco más de 30 kilómetros era posible encadenar 72 horas de fiesta ininterrumpida. En los 90, la ruta del bakalao tuvo en Chimo Bayo a su gurú del tecno. Él está aún en activo y nosotros todavía recordamos  la profundidad de sus letras. Ha editado un libro para nostálgicos titulado “No iba a salir y me lié: Un gran viaje por la ruta del bakalao” (Roca Editores). Aunque Hu-Ha! habría sido suficientemente elocuente.

Más de 30000 jóvenes de todas partes de España- y de Italia, Holanda o Alemania- peregrinaban cada fin de semana a la también conocida como ruta Destroy en lo que fue un verdadero movimiento social de proporciones épicas. Cada dj residente oficiaba como un sacerdote que imprimía su propio estilo y tenía la posibilidad de convertir en icónicos sus dominios. La pregunta más realizada en la época: ¿Tienes flyers?, queda para la posteridad.

Revisitando este fenómeno contracultural -eufemismo para cutre y garrulillo- de los 90, ocurre lo que en toda evocación, desde la versión oficial se mitifica más que desde el recuerdo underground.

Cierto es que pasó de considerarse un movimiento vanguardista, musical y estéticamente, en sus inicios -heredero de la “movida valenciana” de los 80- a ser asociado únicamente con drogas, alcohol y desenfreno en el capó de un coche tuneado.

La macrodiscoteca Barraca comenzó ofreciendo música con tintes post punk, nuevos románticos y novedades que llegaban de Londres o Berlín pero a las 6 de la mañana de un domingo. La mescalina -derivado sintético del peyote- enamoraba y producía felicidad y buen rollo. Todo cambió después de ella.

A rebufo de Barraca surgieron los nuevos templos del tecno en la zona. En Spook, el dj Fran Lenaers introdujo las cabinas y los platos mezcladores. La música alcanzaba su paroxismo a las 6 de la mañana. Lenaers acababa sus sesiones a las 12 haciendo mezclas con el Angelus.  Puzzle, Chocolate, ACTV (Actividades Culturales de las Termas Victoria) fueron otras salas que empezaron a fusionar la guitarra, venían de pinchar Ramones, con el movimiento tecno. A principios de los 90 había más sellos discográficos en Valencia que en el resto de España. Y los ingresos por merchandising superaban con creces los de la venta de discos.

Mención aparte merece la discoteca N.O.D, antigua Don Julio – debido al bajo presupuesto con el que comenzaron decidieron quitar el “Julio” y darle la vuelta al neón de “DON”-. Idearon las parking parties y las paellas en ellos, de modo que había jóvenes que ni entraban a la sala. El consumo de música, pastillas, alcohol y arroz con cosas se hacía al aire libre a las 8 de la mañana.

Con el foco mediático sobre las drogas recreativas, el desmadre de horarios y los accidentes de tráfico llegó la presión policial; los continuos registros y controles acabaron con el fenómeno que situó a Valencia como epicentro de la música electrónica contemporánea en Europa.

José María Aznar y Rita Barberá

Sin dejar la ciudad de las flores, de la luz y del color, los 90 fueron de Rita Barberá, quien gobernó vestida de “rojo alcaldesa” y llenó estadios durante 24 años consecutivos desde 1991. A nivel nacional, Aznar asumía la presidencia del Gobierno en 1996, año en que, creando burbujas financieras y convirtiéndonos en una economía de servicios, comenzamos a salir de la crisis.

Quedan muchísimas cosas en el tintero de una década que comienza a resultar nostálgica para los cuarentones, una vez amortizada la añoranza de la EGB y los 80: El Dream Team a ambos lados del charco, las muertes de Antonio Herrero, Antonio Flores y  Enrique Urquijo, La Séptima, la llegada de las televisiones privadas, los Tours de Indurain…

Pero, con todo, la frase con más punch de la década, la que sacudió a todo el planeta en el 98, se pronunció al otro lado del Atlántico: I did not have sexual relations with that woman, Miss Lewinsky.