Historias que harán que el café se te quede frío.
Historias que harán que el café se te quede frío.

Si no tienes argumentos, mejor no discutas con Ben Shapiro

La siguiente escena tiene lugar en el salón de actos de una universidad cualquiera de los Estados Unidos hoy. Aunque la sala está abarrotada, los protagonistas absolutos son dos: el conferenciante (un hombre de 34 años) y una chica del público haciendo uso del turno de preguntas en régimen de monopolio. Más que preguntar, su propósito nada oculto es cuestionar la idea central de la conferencia: que el sexo y el género de las personas no son moldeables. Ella, en cambio, es de la opinión de que el género y el sexo no los determina la biología ni ninguna menudencia por el estilo, sino la libre elección de la persona. La pobre no sabe el jardín en que se ha metido. Ni con quién ha ido a dar.

-Conferenciante: Entonces, si te digo que eres un alce, ¿es que eres un alce?

Alumna: Pero eso es completamente diferente.

-Conferenciante: ¡Exacto! Los hombres y las mujeres somos completamente diferentes. ¿Has conocido alguna vez a algún hombre o alguna mujer?

(Risas entre el público.)

Conferenciante: Supongo que eres lo suficientemente joven como para no ofenderte si te hago una pregunta: ¿cuántos años tienes?

-Alumna: 22. Sí, ya sé lo que me vas a decir: que soy una ingenua, ¿verdad?

-Conferenciante: No. Te voy a preguntar por qué no tienes 60.

-Alumna: 

(Léase: encogimiento de hombros y cara de póquer.)

-Conferenciante: Que por qué no tienes 60.

-Alumna: 

(O sea: balbuceos.)

-Conferenciante: ¿Algún problema en decir que tienes 60 en lugar de 22?

-Alumna: Es que la edad no es lo mismo que el género o el sexo.

-Conferenciante: Vuelves a tener razón. La edad no es lo mismo que el género o el sexo, es algo significativamente menos importante. Y de la misma manera que no puedes cambiar de edad por arte de magia, tampoco puedes cambiar de género o de sexo.

(La chica, sin embargo, no parece estar demasiado familiarizada con la evidencia.)

-Conferenciante: Tienes que ser un niño [boy, en inglés] para ser un boy-scout.

-Alumna: ¿Dónde está escrito eso?

-Conferenciante: ¿Qué tal en el propio nombre: boy-scout?

(Más risas del público, las cuales no parecen hacer mella en la joven, en todo momento inasequible al desaliento, al argumento y al documento, como demuestra su ingenua calificación de Planned Parenthood como un centro de planificación familiar, tal como su nombre parece indicar, y no como lo que es: la gran internacional del aborto.)

-Conferenciante: Planned Parenthood no previene abortos, más bien los practica: 300.000 al año.

-Alumna: ¿De dónde sacas el dato?

-Conferenciante: ¿Cuál, el de los 300.000 abortos?

-Alumna: Sí.

-Conferenciante: De Planned Parenthood. Y que conste que no estoy en contra de la planificación familiar.

-Alumna: Pues Planned Parenthood la ofrece a unos precios muy asequibles.

-Conferenciante: No son los únicos en América. Cualquiera puede ir a la tienda de la esquina y comprar una caja de condones por solo 12 dólares.

(En este momento, el auditorio parece que va a venirse abajo, por las carcajadas.)

-Alumna: ¿Y no has probado a hablar ante un grupo de transexuales en lugar de un auditorio de gente blanca como este?

(Lo anterior lo pregunta señalando al público.)

-Conferenciante: Estaría encantado de hacerlo; el problema es que suelen boicotearme.

 

Protesta por la conferencia de Ben Shapiro en UCLA el 13 de noviembre de 2017. | THE CORSAIR

 

En lo último -bueno, también en todo lo demás, para qué negarlo- tiene razón Ben Shapiro, que así se llama el protagonista de esta historia; tanta razón tiene que de algunas universidades ha tenido que salir escoltado por una salida secreta al término de una conferencia. Eso cuando la universidad de turno directamente no le prohíbe poner los pies en su campus, por más que haya sido invitado por alguna asociación de estudiantes.

Algo así como ponerle un veto se le pasó por la cabeza en febrero de 2016 al rector de UCLA. Si finalmente el rector se retractó, no fue porque Shapiro fuera antiguo alumno (en 2004 se doctoró en Ciencias Políticas, obteniendo la máxima calificación, summa cum laude). Tampoco porque nadie le obligase a escribir 100 veces en la pizarra la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aquella que consagra la libertad de expresión. El cambio de opinión se debió al miedo de verse las caras en los tribunales con Shapiro, quien como abogado se encuentra entre los brillantes, no en vano se sacó el título en una de las mejores escuelas de Derecho del país: la de Harvard.

Los que no parecieron tener en cuenta ninguna de las consideraciones anteriores fueron el centenar de alumnos de UCLA dispuestos a reventar la conferencia y, ya puestos, al conferenciante, invitado en esta ocasión por la Young America’s Foundation, plataforma que encuadra a la juventud conservadora del país. Para impedir la entrada al acto, los alborotadores formaron cadenas humanas y levantaron barricadas, amenazando con esperar a la salida a todo el que lograra romper el cerco. La conferencia finalmente se celebró, a pesar de que a cada rato los asaltantes hicieron sonar las alarmas anti-incendio para interrumpir al orador. Así se las gasta la llamada snowflake generation o generación copo de nieve.

‘Lavado de cerebro’

¿Que quiénes forman parte de la penúltima etiqueta acuñada por los sociólogos? Aquellos que han llegado a la edad adulta en la década en curso sin el cuajo necesario para encajar opiniones que no son de su gusto. Son los mismos que nunca soñaron con ser héroes, sino víctimas, y en las universidades exigen no ya becas, mayores fondos bibliográficos, mejores instalaciones deportivas o fiestas todos los jueves, únicamente habitáculos repletos de peluches y golosinas donde correr a refugiarse cuando un profesor o alguien emite eso, una opinión que no es de su agrado. Eso en el mejor de los casos. En el peor, son capaces de todas las violencias, como queda relatado.

A todos ellos, ofendiditos que en los Estados Unidos son, Benjamin Aaron Shapiro -es judío, sí, y practicante- dedicó el primero de sus siete libros, todavía no traducido al español: ‘Brainwashed’ (o sea, Lavado de cerebro). La tesis del libro –cómo la universidad adoctrina a la juventud americana-, su sesgo político –abiertamente de derechas- y la temprana edad con que el autor empezó a escribirlo -17 años- recuerdan en todo a otro título, este de 1950, God and Man at Yale, la opera prima de un entonces jovencísimo Bill Buckley, una de las leyendas del conservadurismo norteamericano.

A Ben Shapiro muchos le acusan de haberse sentado ante el folio en blanco para escribir Brainwashed un año antes de ingresar en la universidad. Los que tal cosa le reprochan no saben que Shapiro se graduó del instituto a los 16, tras haber adelantado dos cursos escolares: 3º y 9º, tal es su cociente intelectual. Otro ejemplo de precocidad fue convertirse, un año antes de alcanzar la mayoría de edad, en el columnista más joven de los Estados Unidos, hasta el punto de que fueron sus padres los que tuvieron que firmar en su nombre el contrato.

El segundo podcast más escuchado de EEUU

Lo cierto es que antes de cumplir los 21, la edad mínima exigida para poder beber en los bares de Estados Unidos, Shapiro ya había publicado su segundo libro, teniendo que esperar muy pocos años a la consagración que le supuso que Harper Collins, uno de los grandes sellos editores del país, se fijara en él publicándole ‘Primetime Propaganda’, donde demuestra cómo la izquierda yanqui se apropió de las pantallas de televisión para colar en los hogares su agenda política, tal como le reconocieron a Shapiro los productores de series tan míticas como Happy Days y MASH.

A los títulos citados, siguieron otros, y más que les seguirán, o eso se deduce de la capacidad de trabajo de este californiano de 34 años. Lo que es seguro es que sus libros no hay que buscarlos en la sección de autoayuda de las librerías, al lado de clásicos del género en plan Cómo hacer amigos e influir en la gente, de Dale Carnegie.

Respecto a lo segundo -influir en la gente-, qué duda cabe de que Shapiro ya lo hace, con un podcast que es el segundo más escuchado de los Estados Unidos, con 10 millones de descargas al mes. En cuanto a lo de hacer amigos, no parece ser esa su prioridad número uno.

Libertad de expresión

Pero ¿cómo iba a serlo, si se presenta en los platós de televisión con un muestrario de mercancía política averiada según el discurso de valores dominantes? Que si los negros ya no están discriminados, que si el cambio climático existe pero no es atribuible por entero a la acción humana, que hay que bajar los impuestos a los ricos, criminalizar el aborto, privatizar la seguridad social…

En uno de esos debates, Zoey Tur, un famoso transexual, agarró a Shapiro por el cogote amenazándole con mandarle a casa en ambulancia, todo por dirigirse a él en masculino, no en femenino. No han sido estas las únicas amenazas. Desde el otro lado de la trinchera, a Shapiro algunos no le perdonaron su no apoyo a Trump, dejar de colaborar en Breitbart y referirse a la derecha alternativa con palabras nada elogiosas. Así, con motivo del nacimiento de su segundo hijo, nuestro protagonista recibió no pocas llamadas y correos electrónicos deseándole a él, a su mujer y a sus dos hijos sendas plazas en alguna cámara de gas.

Sin embargo, ni estas ni otras amenazas parece que le vayan a contener en su empeño de hacer uso tanto como guste de la cosa esa de la libertad de expresión, para bochorno de ingenuas muchachitas de campus que piensan que si lo deseas con mucha fuerza, un día te acostarás persona y al día siguiente te levantarás alce.