Ser conservador es el nuevo punk.
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Río Bravo: los buenos nunca mueren solos

En la primavera de 1959, hace justo 60 años, miles de espectadores contemplaron con intriga cómo una gota de sangre caía en una jarra de cerveza. Dude, el ayudante del sheriff, ha entrado en el salón en busca de un fugitivo al que acaba de herir en la calle. Su jefe, John T. Chance, le sigue. Golpeado por una monumental resaca, Dude asegura haber visto entrar al malhechor, pero nadie le cree: los parroquianos le dedican unas cuantas bromas crueles. Cuando el ayudante está a punto de rendirse, se acerca a la barra a tomar un trago y ve de reojo el goteo de la sangre, color mercromina, sobre la espuma. Antes de que el cantinero pueda servirle, se gira con pulso admirable, dispara hacia arriba y el malo se desploma desde su escondite.

Es una de las escenas más conocidas de uno de los westerns más famosos. Gente como José Luis Garci o Quentin Tarantino, nada menos, la han situado entre las 10 mejores películas de todos los tiempos. Río Bravo tiene drama, comedia, intriga e incluso una dosis de musical. Tiene una calle principal, un saloon, pólvora, partidas de cartas y tipos duros. Tiene pasión, épica, y mala leche. Se parece mucho a la receta de la perfecta película del Oeste.

¿Solo ante el peligro?

Howard Winchester Hawks parecía predestinado a rodar westerns: no parece casual que su segundo nombre fuera el del rifle más popular en tiempos de las Guerras Indias. Sin embargo, en 1959 sólo había dirigido dos. Se había ganado un prestigio como artesano del cine gracias a magníficas comedias –La fiera de mi niña–, cine negro –El sueño eterno–, filmes de aventuras –Sólo los ángeles tienen alas– e incluso de ciencia-ficción –El enigma de otro mundo–. Empezó a dirigir a los 21 años, cuando tuvo que sustituir a un director pasado de copas. Cuando incursionó por primera vez en el viejo Oeste con Río Rojo, en 1948, tenía a su espalda 30 estrenos, dos décadas de experiencia y una merecida fama de fanfarrón.

Como tantas otras buenas ideas, ‘Río Bravo’ surgió de un cabreo. A Hawks, según explicó él mismo, no le había gustado nada Solo ante el peligro, estrenada siete años antes. Escrita por el comunista Carl Foreman, había sido analizada por muchos como un alegato contra el macartismo: un antihéroe compasivo que busca la cooperación de sus conciudadanos, pero es finalmente abandonado por todos, incluso por quienes deberían dar la cara por él. “No me parece –argumentó Hawks– que un sheriff deba correr por la ciudad como un polluelo asustado pidiendo ayuda, y que al final sea su esposa cuáquera quien lo salve. Esa no es la idea que yo tengo de un buen sheriff”. Tampoco le gustó a John Wayne, aunque por un motivo algo distinto: la historia mostraba una sociedad cobarde, cínica y desentendida que, según el Duque, era del todo ajena a la esencia de los Estados Unidos.

De modo que Hawks planteó una enmienda a la totalidad: frente al apocado defensor de la ley que interpreta Gary Cooper, dibujó una comunidad en la que los profesionales cumplen con su obligación sin lloriqueos y luchan en grupo por el bien común. Un elogio de quienes guardan el muro y ponen límites a los poderosos. Una balada sobre los viejos códigos, las viejas lealtades y el sentido del deber. Una película muy poco política, pero profundamente reaccionaria en su concepción del mundo.

La redención de un borracho

El argumento no es especialmente original, pero funciona como el mecanismo de un reloj suizo. El sheriff Chance (John Wayne haciendo de John Wayne) encarcela al hermano de un poderoso ranchero por haber asesinado a un hombre indefenso. Su banda intentará liberarlo con el fin de salvarlo de la horca. Para resistir el asedio, Chance contará con la colaboración de tres ayudantes nada perfectos: un alcohólico (Dean Martin) y un viejo desdentado (Walter Brennan) a los que se une un pistolero novato llamado Colorado (Ricky Nelson). Los cuatro, junto con el detenido, se verán rodeados por los malos en la cárcel, a la espera de que lleguen los alguaciles. Fuera les espera una guapísima tahúr (Angie Dickinson) que pronto se enamora del viejo Chance.

Pocos cineastas han captado tan bien como Hawks la esencia de la camaradería masculina, y Río Bravo es una de las cumbres del género de amigotes. Es especialmente entrañable la relación entre el sheriff y su ayudante, al que los mexicanos del pueblo han colocado el mote de borrachón. Chance no sigue con él los métodos del coaching: nada de pensamiento positivo, resiliencia ni otras frases de autoayuda. Se limita a devolverle su arma, que había empeñado para pagarse el licor, y a recomendarle un baño y un afeitado. Sorprendentemente, funciona.

Desde los primeros minutos, que introducen la historia sin una sola palabra, hasta el tiroteo final, en el que no sobra ni una onza de pólvora, transcurren casi dos horas y media en las que es imposible bostezar. A ello contribuyen, claro, los actores. Cuentan que Wayne quedó tan impactado con la interpretación dramática de Dean Martin que pidió consejo al director sobre cómo darle la réplica. “Piensa que es tu mejor amigo”, le respondió. “Limítate a mirarle y veremos qué pasa“. Ricky Nelson, por su parte, había sustituido a la primera opción, Elvis Presley, que exigía demasiado dinero. Él mismo era una incipiente estrella del rock & roll y llevaba un vistoso tupé. En la publicidad en España lo presentaron, elocuentemente, como “el de la cara aniñada”. Angie Dickinson desprende carisma y el veterano Walter Brennan provoca ternura.

Mi rifle, mi caballo y yo

Parece que a Hawks sí le gustó una cosa de Solo ante el peligro: la música de Dimitri Tiomkin. Contó con el compositor ruso para su réplica, y fue un acierto. El Degüello, la melodía con la que las tropas de Santa Ana atemorizaban a los defensores de El Álamo, hiela la sangre cada vez que suena. Las canciones a dúo, acompañadas de guitarra y armónica, alegran el corazón: ‘My rifle, my pony and me’ es un excelente himno para los desencantados con el mundo moderno.

Pese a todos esos ingredientes, la película no logró ni una sola nominación a los Oscar, aunque sí tuvo un aceptable éxito en taquilla. Los críticos franceses de Cahier du Cinema, que todavía no se habían contagiado del esnobismo de los 60, la recibieron con entusiasmo. Entre los fans del género quedaría en el recuerdo como una de sus cimas. Y su director disfrutó tanto que recicló gran parte del material para hacer, menos de una década después, El Dorado, que no es la misma historia, pero se parece mucho. Ya en los 70, John Carpenter recalentó la historia, fuera del entorno del Oeste, en Asalto a la comisaría del distrito 13.

Hoy la obra de Hawks cuenta con una puntuación del 100% de valoración crítica en la web Rotten Tomatoes y hace estallar los audímetros cada vez que se emite en abierto. Indudablemente, ha envejecido mucho mejor que la película a la que retó.

Amistades de western

A Río Bravo, por supuesto, se le podrían añadir muchas cosas: paisajes del Monument Valley, más tiroteos, más caballos, un asalto al tren o un puñado de comanches bulliciosos con los penachos al viento. Pero no hace ninguna falta, porque le sobra con sus escasos recursos. Lo mejor que se puede decir de ella es que no es una película de culto, por suerte, ni tampoco ha sido secuestrada por la aburridísima tropa de los cinéfilos profesionales. Es, simplemente, una excelente película del Oeste.

No hacen falta excusas, pero el 60º aniversario es una excelente ocasión para verla, de nuevo o por primera vez, y para saltarse, pongamos, el último estreno de Almodóvar. Pese al tiempo transcurrido, se sigue disfrutando. Porque es terriblemente entretenida, porque está hecha del material de las historias universales, porque no se toma a sí misma demasiado en serio y porque hace reflexionar, sin una pizca de moralina, sobre realidades imperecederas. Porque sigue habiendo villanos como Burdette y héroes como Chance.

A la película podría encajarle el lema de aquella otra de Frank Capra que se repone cada Navidad: ningún hombre es un fracasado si tiene amigos. Y al llegar al The End, la conclusión es que las mejores amistades son las de los westerns: pocas palabras, mucho whisky y la plena seguridad de que guardarán tu espalda en las buenas y en las malas.