Ser conservador es el nuevo punk.
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No toquéis a Los Goonies

El cine lleva unos cuantos años instalado en los 80. Hughes ha escrito que mucha gente no salió nunca de esa década, y hay incluso muchos jóvenes que sienten una extraña nostalgia de préstamo. Stranger Things, esencia concentrada de aquellos maravillosos años, es una de las series de más éxito. Cazafantasmas volvió en 2016 con protagonistas femeninas -batacazo de recaudación-, It se ha convertido en franquicia y Top Gun regresará en forma de secuela el próximo verano. Sin embargo, la amenaza de hacer una segunda parte de Los Goonies nunca se ha concretado, aunque el director llegó a anunciarlo en público en 2014 y el rumor revive periódicamente.

Desde luego, la causa no es la falta de interés. Los seguidores de la película formamos una cofradía tan grande como ruidosa. Casi cada año hay reposiciones en cines y televisiones, mientras que la venta de camisetas y otros productos con los personajes o frases del guion es un suculento negocio. La mitomanía llega a tal extremo que, según han contado los medios americanos, la vida en Astoria, el pueblo en el que se rodó, se ha convertido en “un infierno” por la presencia constante fans empeñados en hacerse fotos en cada rincón.

Seguramente sea innecesario resumir el argumento, pero vamos allá, por si alguien no ha visto la película o la ha olvidado. Unos especuladores están a punto de derribar el barrio de un pueblo costero de Oregón en el que viven los Goonies, una pandilla de preadolescentes de familias humildes, para construir un campo de golf. Una mañana de lluvia y desánimo, los muchachos encuentran en un desván un mapa que indica la ubicación del tesoro de Willy el Tuerto y deciden salir en su busca, pero se cruzan con una banda de atracadores que no les pondrá las cosas fáciles. El resto es tan predecible como genial: una sucesión de persecuciones, trampas a lo Indiana Jones, esqueletos, sustos y combates a espada que culminan en el viejo galeón del tesoro.

Buenos, malos y un capullo 

En esta historia de buenos y malos, los personajes son caricaturas bien trazadas, todos con su dosis de espontaneidad y frescura. Mikey, el líder del grupo, supera sus miedos y su asma para encontrar el tesoro. Gordi es el obeso que no puede faltar en el subgénero de pandillas, mientras que el japonés, Data, inventa todo tipo de cacharros inútiles y dudosamente eficaces. El cuarto es Bocazas, que hace honor a su apodo. Adosados al grupo principal están el hermano mayor de Mikey, cachas y aguafiestas, y dos chicas, la animadora Andy (¿qué chico no se enamoró de Andy?) y la intelectual Stef.

La familia mafiosa, los Fratelli, está metida en la trama con calzador, pero encaja bien, seguramente por la labor de los tres actores, que no habrían desentonado entre los Corleone, y por la melodía frenética que los acompaña (chan, tachán, tararatachán). Y luego está Sloth, el gigante deforme y tierno que emociona a cualquier espectador con un poco de corazón. Si los atracadores son una amenaza para la vida en Astoria, hay otra igual de seria: los especuladores sin escrúpulos, empeñados en desahuciar a unas familias honradas para conseguir el máximo beneficio. Troy, el hijo de uno de ellos, es el típico capullo arrogante del instituto y un antimodelo de conducta.

El otro gran personaje es el corsario Willy. La historia del barco no es tan disparatada como puede parecer a primera vista. Oregón, uno de los estados más remotos de la geografía estadounidense, fue oficialmente tierra española hasta 1819, cuando la Corona renunció a sus pretensiones mediante el Tratado de Adams-Onís. Sus costas inhóspitas las exploraron grandes marinos como Bartolomé Ferrer, Juan José Pérez Hernández, Alcalá Galiano o Alejandro Malaspina. Se cree en aquellos parajes, llenos de coníferas, acantilados y melancolía, se refugió un buen número de corsarios ingleses que se aprovechaban del escaso control efectivo de la Marina Real, y quién sabe si alguno de ellos se llamaba Willy y si le faltaba un ojo…

Tres millones de litros de agua

Estrenada en 1985, Los Goonies tuvo un gran éxito de taquilla y de críticas. La idea original fue de Steven Spielberg, el tipo que supo convertir los 80 en la edad de plata del cine de aventuras, y él mismo se encargó de la producción. El director fue Richard Donner y el guion fue cosa de Chris Columbus, que ese mismo año escribiría otra joya: El secreto de la pirámide. La banda sonora es de Dave Grusin, pero es tan buena que parece de John Williams, y hasta la canción de la insoportable Cyndi Lauper resulta simpática.

Cuenta Donner que la película se rodó en orden cronológico, escena por escena, y que a los jóvenes actores no se les permitió ver el galeón -inspirado en el de la película El halcón del mar, de Errol Flynn, la misma que disfruta Sloth- hasta el momento en que aparece en la trama con el fin de captar sus reacciones reales. En el rodaje se emplearon 3.406.870 litros de agua que dan a la aventura un inconfundible aire de parque acuático.

Algunos de los jóvenes actores hicieron carrera. Sean Astin, Mikey, se convertiría en el hobbit Samsagaz Gamyi, mientras que Josh Brolin, que interpretaba a su hermano, ha trabajado en varias películas de los hermanos Coen. La historia del actor que hace de Gordi es más prosaica: dejó el cine y abrió un despacho de abogados.

Jamás traicionaré a mis amigos de los muelles de Goon

Como tantos clásicos, la película no pretende en absoluto ser una obra maestra. Escasa de moralina, se dedica al noble y complicado propósito de divertir. Pero entre los chapuzones, las trampas y las bromas hay más miga de lo que parece. La historia puede leerse en clave reaccionaria: unos muchachos buscan en el siglo XVIII una solución contra la amenaza del progreso y luchan para conservar sus hogares, sus familias y su modo de vida. Y de los críos de los muelles se pueden aprender unas cuantas cosas: lealtad, perseverancia, ingenio o generosidad, por ejemplo.

La rebeldía de los Goonies es justa y limitada. Sí, son un poco gamberros y su vocabulario no es un ejemplo de manual de buenas costumbres, pero poseen un marcado sentido de la comunidad y un gran respeto por sus mayores. “Ojalá encontrara el tesoro de Willy el tuerto para pagar las deudas de mi padre, así él podría dormir tranquilo”, dice Mikey. En cuanto a la caballerosidad, no es casual que sepamos que Troy es uno de los malos cuando le vemos girar el espejo de su coche para mirar subrepticiamente los mulsos de Andy.

Un buen resumen de los principios de los Goonies es su juramento completo, que fue eliminado en el montaje final: “Jamás traicionaré a mis amigos de los muelles de Goon. Nos ayudaremos hasta el fin del mundo, en el cielo o en el infierno, o en medio de una guerra nuclear. Los colegas como nosotros estaremos siempre pegados como con cola, ya sea en la ciudad o en el campo, o en el bosque o en medio de la nada. Me siento orgulloso de ser un miembro de los Goonies”.

¡No queremos un remake!

Este agosto han reestrenado Los Goonies en 135 salas de cine en España, y eso está muy bien, faltaría más. Al igual que anteriores ocasiones, por cierto, las butacas se han llenado de una mezcla rara entre treintañeros frikis y chavales de la edad de los personajes.

Pero a sus fans nos basta con eso, por favor. La película es hija de su tiempo, de esos últimos años en los que el cine reflejaba una cierta idea de normalidad y buscaba divertir al espectador, sin embadurnarlo todo de ideología. Por eso gusta tanto y por eso sería absolutamente imposible repetirla o continuarla hoy, con un ethos tan diferente en Hollywood. Diríamos que aquel tiempo está muerto si no estuviera prohibido decirlo (ya saben, “los Goonies nunca dicen muerto”), y es seguro que cualquier producto derivado llevaría unos ingredientes muy distintos.

Por eso, al menos de momento, no queremos un remake, un reboot (sea lo que sea eso), una segunda parte ni -¡horror!- una saga. No necesitamos en absoluto una versión políticamente correcta, con cuotas paritarias y con un tipo peinado igual que Trump en el papel de villano. No aspiramos a que Data nos suelte un discurso sobre la apropiación cultural ni a que Gordi y Sloth cambien su improbable amistad por una historia de amor diverso. Nos vale con seguir defendiendo los muelles de Goon sin cambios ni relecturas, bajo la lluvia eterna de Astoria.

Por favor, haced lo que queráis con los 80, pero no toquéis a los Goonies.

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