Historias que harán que el café se te quede frío.
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Navas de Tolosa: la batalla que valió un reino

Las Navas de Tolosa, cuadro de Francisco de Paula Van Halen y Gil, depositado desde 1879 en el Senado de España.

 

Si hay una batalla que cambió dramáticamente el curso de la historia de España, esa es la de las Navas de Tolosa. Tuvo lugar en 1212, en una vaguada de la cara sur de Sierra Morena junto a lo que hoy es La Carolina. Fue una batalla campal, a vida o muerte, de esas que recrean Hollywood con repartos estelares. Marcó el declive del poderío musulmán en España y abrió las puertas del populoso y próspero valle del Guadalquivir, centro neurálgico de Al-Ándalus. Después de las Navas nada sería igual. En tan sólo medio siglo, Castilla, gran beneficiada de la batalla, se erigió como potencia central de la península en torno a la cual terminaría tomando forma la España moderna.

La victoria de la Navas nació de una vergonzosa derrota. A mediados del siglo XII los reyes de Castilla y León estaban crecidos, dominaban el valle del Tajo y situaban puestos de avanzada en el del Guadiana. El imperio almorávide hacía aguas por todas partes. Tal y como había sucedido un siglo antes, se formaron pequeños reinos de taifas cuya fragilidad era un apetitoso caramelo para los reyes cristianos. Alfonso VII de Castilla, aprovechando la debilidad del oponente, cabalgó por todo Al-Ándalus y llegó incluso a darse el capricho de ocupar temporalmente la ciudad de Almería junto a expedicionarios catalanes. Consiguieron retenerla 10 años. Tras la gesta, Alfonso VII se retiró a Castilla. Estaba tan agotado que murió por el camino tras echarse a descansar a la sombra de una encina.

Las hazañas de Alfonso VII pusieron en guardia a los musulmanes. En Marrakech acababa de nacer una nueva dinastía, la de los almohades, más fanática aún que la de los almorávides. Sus califas fueron bautizados con el nombre de ‘Amir ul Muslimin’ o Príncipe de los Creyentes, aunque aquí, donde nunca se nos dio demasiado bien el árabe, se les llamó Miramamolín, afortunada trascripción que arraigó con fuerza, arruinando ya de paso la condición principesca del título.

La conquista almohade
Rodrigo Ximénez de Rada.

Los miramamolines conquistaron el decadente Al-Andalus reunificándolo de nuevo. Lo siguiente era Castilla. Atravesaron la sierra e inflingieron una severa derrota en Alarcos a las huestes de Alfonso VIII, que había heredado la corona de su padre, el de la encina. Los castellanos se habían acomodado a una morisma dividida, por lo que fueron pasto fácil de los ardorosos almohades. Vencido en Alarcos, Alfonso regresó a Toledo a recapacitar sobre la catástrofe. Los pasos de Sierra Morena habían quedado todos en manos del enemigo, la frontera había ascendido hasta el mismo Guadiana, a sólo unas jornadas de Toledo, la emblemática capital de los godos reconquistada tras mucho esfuerzo sólo 100 años antes.

El rey, sin embargo, no podía contraatacar. Castilla estaba exhausta tras un siglo de avance sin tregua hacia el sur. La España cristiana no era un remanso de paz. Alfonso VIII tenía pleitos con León y con Navarra. Sin apenas aliados, rodeado de enemigos y con el insolente Al Nasir, el nuevo Miramamolín, hijo de una esclava cristiana, mirando codicioso desde lejos los muros de Toledo, la joya de la corona que había puesto al antiguo condado de Castilla en la vanguardia de los reinos cristianos.

Pero Alfonso no estaba del todo sólo. Contaba con el Arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximenez de Rada, un prelado muy astuto y más propenso a la política que a los asuntos litúrgicos. Propuso al rey recurrir a la Santa Sede para que el Papa Inocencio III declarase cruzada la guerra contra los almohades. Eso atraería cruzados de toda Europa y, sobre todo, le cubriría la retaguardia. Si algún monarca de la cristiandad rompía una tregua con otro que estaba en una cruzada era excomulgado en el acto. Ximenez de Rada viajó a Roma, obtuvo la bula de cruzada y pasó un año predicándola por Italia, Francia y Alemania con el fin de recaudar fondos y reclutar aventureros.

En busca de la santidad… y de aventuras, gloria y fortuna

En Al-Ándalus el Miramamolín lo vio venir. La corte almohade estaba muy bien informada de lo que pasaba al otro lado, más aún cuando los castellanos habían llevado sus gestiones tan lejos. Reunió un ejército formado por soldados experimentados, tanto andalusíes como africanos. Hizo llegar hasta Marrakech a arqueros turcos y a una numerosa tropa de árabes y bereberes que se reforzaría con andalusíes al otro lado del estrecho. Tan confiado estaba Al Nasir en el poderío de su ejército que prometió a los suyos conducirles hasta la misma Roma, donde, según cuentan, tenía la intención de abrevar a sus caballos en las aguas del Tíber.

Ximénez de Rada de vuelta en Castilla dispuso que los cruzados europeos se concentrasen en Toledo en espera del asalto sobre la sierra. Conducidos por los obispos de Burdeos, Nantes y Narbona, hasta allí fueron llegando gentes de todos los reinos del occidente europeo durante meses. Unos, los menos, persiguiendo la santidad en forma de la bula plenaria que extendía el Papa, otros, los más, en busca de aventuras, gloria y fortuna.

En España la Cruzada había tenido gran impacto. Los reyes de Portugal y León aparcaron las rencillas y permitieron salir de sus reinos contingentes armados hacia Toledo. Pedro II de Aragón, muy cercano a Alfonso VIII, se entusiasmó con la campaña y fue el primero en presentarse en Toledo. Traía consigo varios miles de soldados reclutados en sus reinos y unos cuantos obispos con los de Tarragona y Barcelona a la cabeza.

Un ejército de 100.000 cristianos
Alfonso VIII de Castilla.

El 20 de junio de 1212 un imponente ejército cristiano formado por unos 100.000 hombres abandonó Toledo enarbolando vistosos estandartes. A los pocos días de camino, la vanguardia, formada por voluntarios franceses y alemanes, avistó el castillo de Malagón, una avanzadilla que estaba en manos de los moros. Lo asaltaron y degollaron sin piedad a sus defensores para disgusto de Alfonso VIII, que prefería resolver estos asuntos de un modo menos sangriento. Días después toparon con la fortaleza de Calatrava, antiguo enclave templario que los monjes dejaron ante el empuje almohade. Esta vez Alfonso impuso su criterio. Parlamentó con los moros que la defendían y los dejó marchar a cambio de que no opusiesen resistencia.

Esto indignó a los cruzados de ultrapuertos. No entendían cómo se había dejado marchar con vida a los sarracenos por lo que muchos, persuadidos de que eso ni era guerra ni era nada, se marcharon. Unos se perdieron por los boscosos senderos del Pirineo por los que habían llegado. Otros, los más píos, aprovecharon que estaban en España y se dirigieron a Santiago de Compostela. Mientras unos se iban otros llegaban. Por sorpresa apareció capitaneando una numerosa hueste Sancho VII de Navarra, que terminaría por unir íntimamente su nombre y el de su reino a la batalla. Alfonso y Pedro recibieron con júbilo al navarro y trazaron el plan para cruzar Sierra Morena y enfrentarse con Al Nasir, que estaba ya al tanto de lo que le venía encima.

Los tres reyes pasaron por Alarcos, lugar donde el ejército castellano había sido aplastado años antes, y a primeros de julio llegaron al pie de Sierra Morena. Acamparon para estudiar la situación. Los moros tenían todos los pasos ocupados y se habían apostado en el llano, a la entrada del desfiladero de la Losa. Al Nasir había estudiado la sierra para cerrar cualquier paso. Sabía que los desfiladeros serranos eran infranqueables si estaban debidamente protegidos.

Un pastor en la tienda del rey

Los informes que llegaban al campamento cristiano lo confirmaban: no había posibilidad de cruzar los pasos sin que aquello deviniese una carnicería. La única opción era encontrar otro desfiladero que se encontrase libre. Pero los víveres escaseaban y la tropa se encontraba fatigada por el largo viaje desde Toledo. No había tampoco ciudades en las que reponer fuerzas. Desde el río Guadiana hasta la sierra era una tierra de nadie completamente deshabitada. Ocurrió entonces algo que nadie esperaba. En un lugar despoblado y yermo, se presentó en la tienda del rey un pastor que decía conocer un paso no muy lejano que los árabes habían dejado desatendido.

Alfonso envió al Señor de Vizcaya, Diego López de Haro, a explorar y, efectivamente, el puerto estaba expedito. Tan proverbial fue el hallazgo del paso secreto que, años más tarde, los cronistas aseguraron que el pastor era, en realidad, San Isidro labrador que había bajado del cielo para ayudar a los cruzados. Los tres reyes condujeron sus tropas hasta allí y bajaron al valle sin que les importunasen. Al Nasir no lo había previsto. Todo su planteamiento estratégico era cerrar los pasos y machacar a los que se aventurasen por los desfiladeros. Pero los cristianos habían burlado el cerco y allí estaban, con los pendones de Castilla, Aragón y Navarra ondeando al viento en el mismo corazón de Al-Ándalus.

“Que no me llamen hijo de traidor”
Sancho VII de Navarra, durante la batalla de las Navas de Tolosa, en ‘El triunfo de la Santa Cruz’, de Marceliano Santa María Sedano.

La batalla dio comienzo con las primeras luces del 16 de julio. Los cristianos se habían organizado en tres cuerpos, cada uno de ellos mandado por un monarca. En el centro el de Castilla, a su izquierda el de Aragón, y a la derecha el de Navarra. En la vanguardia el Señor de Vizcaya con los caballeros templarios, los del Hospital y los de Calatrava. El as que Alfonso se guardaba en la manga era un novedoso cuerpo de retaguardia formado por caballería experta que al principio no entraría en combate. Lo haría avanzada la batalla para auxiliar al flanco más débil o para dar el remate al enemigo ya derrotado.

Eso Al Nasir no lo sabía por lo que siguió la táctica tradicional de los ejércitos árabes. Mucha carne de cañón al principio formada por los infelices que acudían al llamado de la yihad, tropas ligeras que dispersasen las cargas de la infantería cristiana, a la que seguían las tropas profesionales y los arqueros turcos. Como guinda final, si todo lo anterior fallaba, una guarnición de soldados africanos bien armada y entrenada y el llamado palenque, donde se encontraba la tienda del califa, defendido por un grupo de fanáticos, los desposados, que se juramentaban ante el Corán para dejarse la vida en el campo de batalla. Se encadenaban por las rodillas para no retroceder, es decir, para repeler el ataque o morir.

Diego López de Haro levantó su espada y a grito pelado ordenó el ataque. Su hijo, que le acompañaba en el brete, le dijo: “Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor”, a lo que el audaz vizcaíno repuso: “Os llamaran hijo de puta, pero no hijo de traidor”. Lo decía porque su mujer le había abandonado. La carga de López de Haro fue tan formidable que llevó sus tropas hasta donde se encontraban el grueso de la tropa profesional almohade. Allí se detuvo la carga y empezó el combate propiamente dicho.

“No mi señor, aquí, vos y yo venceremos”

Los reyes, que veían desde un otero cercano la polvareda levantada en la refriega, acordaron que aquel era el momento de intervenir. Alfonso, consciente de que se jugaba todo en ese lance, miró a Ximénez de Rada y le dijo solemne: “Arzobispo, aquí, vos y yo moriremos”. El religioso, mucho más optimista, le replicó: “No mi señor, aquí, vos y yo venceremos”.  Se produjo entonces la célebre carga de los tres reyes. Su objetivo no era auxiliar a López de Haro, sino el palenque, que se encontraba algo desprotegido. Sancho VII fue el primero en llegar a la línea de los desposados. Doscientos caballeros navarros arremetieron contra el real almohade, acuchillaron a sus defensores y rompieron las cadenas que los unían. Esas cadenas pasarían al escudo de Navarra, y ahí siguen, ondeando en la bandera navarra y en el escudo de la española.

El ejército almohade se vino abajo con estrépito. Al Nasir huyó precipitadamente para salvar el pellejo. Los reyes ordenaron perseguir a los moros que desertaban en todas direcciones para evitar que se reagrupasen y organizaran días después un contraataque a traición. El pendón del califa fue recogido de la tienda de Al Nasir y enviado al Monasterio de las Huelgas, en Burgos, donde las monjas cisterciense hoy lo custodian. Ya de noche, los obispos congregados, que eran unos cuantos, entonaron un sentido Te Deum. Aprovechando que el ejército almohade había sido aniquilado.

La venganza de la derrota de Alarcos… y la reconciliación con Navarra y León

Sólo quedaba saber administrar la victoria. ¿Volvían por donde habían venido o proseguían el avance? Alfonso de Castilla, Sancho de Navarra y Pedro de Aragón decidieron quedarse en la zona para consolidar la posición. Tomaron Úbeda por asedio y los castillos de Vilches, Ferral, Baños de la Encina y Tolosa. Baeza también cayó pero sin esfuerzo, sus habitantes abandonaron la ciudad al enterarse de la derrota de Al Nasir. Alfonso dio así cumplida venganza a la derrota de Alarcos y, ya de paso, se reconcilió con navarros y leoneses.

El regreso a Toledo del gran vencedor de las Navas fue glorioso. La gesta pasó a engrosar el repertorio de los juglares y fue celebrada en toda Europa. Al Nasir, humillado y vencido, volvió a Marrakech, donde moriría años después resentido aún por los palos que le habían dado en Sierra Morena. Era sólo el principio. La puerta del valle del Guadalquivir estaba abierta de par en par por primera vez en cinco siglos. Los cristianos no dejaron pasar la ocasión.