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Mito y realidad de Isabel la Católica

No soy el mayor experto sobre Isabel la Católica, pero soy un periodista especializado en la historia que se enfrenta a diario a frases de políticas y a tergiversaciones sobre quién fue ella y qué fue el imperio español. Esta imagen tan negativa sobre la España imperial que fundó Isabel evidentemente tiene que ver con la famosa y repetidísima leyenda negra, que no hay que plantear como algo extremadamente racional, sino como prejuicios irracionales vinculados a lo español, a lo católico y, en general, al mundo hispánico. Es decir, la gestación de esos mitos fue racional, tanto como lo puede ser un ejercicio como la propaganda, pero los tópicos actuales no.

Isabel en el cine y en el imaginario popular roza casi siempre la caricatura de una señora fanática, empobrecida y que, como dijo el probable vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias, no se cambió de camisa durante años.

“La rendición de Granada”, de Francisco Pradilla

Y ese es el primer mito que quería abordar. El tema de la higiene, la leyenda que sostiene que Isabel prometió no cambiarse de camisa hasta que se conquistara Granada.  En verdad quien lo juró –aunque de forma simbólica- que no se cambiaría de camisa hasta pacificar Flandes fue su tataranieta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y gobernadora de los Países Bajos. Isabel no dijo nunca esa frase, era de hecho una persona extremadamente limpia. Su confesor, fray Hernando de Talavera, le reprochaba a menudo el excesivo cuidado que, según él, prestaba a su cuerpo y a su alimentación. El cronista Hernando del Pulgar afirma literalmente que “era mujer muy ceremoniosa en los vestidos y arreglos, y en sus estrados e asientos, e en el servicio de su persona”.

 

Otra historia recurrente es que era una monarca pobre, de un reino pobre, y que a su corte le salvó un navegante italiano que bien podría haber ido a Francia o Inglaterra. De ahí la falsa anécdota, en apariencia bien intencionada, de que vendió sus joyas para financiar una empresa que, al menos económicamente, le quedaba grande. Y ciertamente, el éxito de Cristóbal Colón fue una carambola, como lo fue que acudiera a España. La opción más obvia para el navegante hubiera sido usar los barcos de Portugal, que había protagonizado grandes hitos de la navegación a mediados del siglo XV. Sin embargo, Castilla no era para nada un país pobre ni manco en cuestiones navales. Tres carabelas no era, en cualquier caso, un esfuerzo hercúleo. Solo seis meses después del primer viaje, la corona autorizó otra expedición de 17 barcos y 1.500 personas embarcadas. Siguiendo la anécdota falsa: ¿cuántas veces tendría que vender Isabel la Católica sus joyas para pagar aquella otra flota?

Entre los mitos no puede faltar el de que era una genocida, una mujer que causó un brutal derrumbe demográfico en América. No se puede calificar de genocida a una mujer que ya en el segundo viaje ordenó “tratar a dichos indios muy bien y con cariño, y abstenerse de hacerles ningún daño, disponiendo que ambos pueblos debían conversar e intimar y servir los unos a los otros en todo lo que puedan”. En caso de que Colón conociera algún maltrato, debía “castigar al maltratador con severidad”, en virtud de su autoridad como almirante, virrey y gobernador. Cuando Colón volvió con 1.600 nativos esclavizados, Isabel se puso furiosa y ordenó al marino que devolviera como fuera a aquellos hombres y mujeres al Nuevo Mundo, lo que para muchos de ellos fue demasiado tarde, debido al frío ibérico y la exposición a enfermedades desconocidas. En su lecho, la reina insistió: “No consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados”.

Otro mito recurrente es el de Isabel y Fernando como los reyes que llevaron a la ruina a Cataluña, que los nacionalistas catalanes cultivan desde hace un siglo. Según apunta la guía turística que se distribuye por Barcelona, la región fue “privada de oportunidades comerciales con América y se convirtió en una tierra empobrecida”. Se trata de una mentira basada en que la Corona estableció un monopolio estatal controlado en Sevilla. Solo en Sevilla. Esto se hizo para preservar la seguridad de las flotas y mantener cierto control. Cientos de catalanes se desplazaron hacia esta ciudad y a América donde pudieron comerciar libremente, de la misma manera que lo hicieron los castellanos no residentes en Sevilla. Que Cataluña, concretamente Barcelona, sufriera esos días una crisis económica y demográfica tiene que ver con otras razones ajenas a los Reyes Católicos. Entre 1462 y 1472, la ciudad de Valencia alcanzó un mayor desarrollo y superó comercialmente a Barcelona.

Colón en la corte de Fernando el Católico. Óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX.

¿Existía España en la época de los Reyes Católicos? Existió una unión dinástica, existió un intento de unificar instituciones y crear un Estado moderno. Pero, evidentemente, no se puede hablar de España como un único reino. Lo cual no es razón suficiente para ver a España como una creación casual o para ser alérgicos a hablar de España o de las Españas… Hay que recordar que tanto Fernando como Isabel eran Trastámaras, que era una dinastía autóctona del país y que la unión dinástica era el sueño de los cristianos de la reconquista. Castellanos, navarros, catalanes y aragoneses participaron hombro con hombro en América y en Italia. Y eso es mucho más de lo que tuvieron italianos y alemanes, cuyas estados son muy recientes. Y, sin embargo, con ellos no dudamos en reconocer que existía ya entonces una territorio alemán con esqueleto nacional. ¿Por qué con España somos tan recelosos?

Por último, el mito de que era una fanática, una ignorante extremista, que estaba día y noche rezando, no se sostiene. Isabel era una mujer “cultísima” a la que Antonio de Nebrija dedicó la que es la primera “Gramática de la Lengua Española”, que acarreaba baúles de libros allá dónde iba y que recibió clases de Beatriz Galindo (1465-1535), considerada la primera mujer que accedió a los Estudios Generales de Salamanca. Era profundamente religiosa, como la mayoría de Europa, y tan tolerante o tan intolerante como cualquier monarca de Europa. Lejos de las críticas que siglos después ha recibido en la historiografía extranjera, la expulsión de los judíos de 1492 que impulsó fue vista como un síntoma de modernidad y atrajo las felicitaciones de media Europa. La Universidad de la Sorbona de París transmitió a los Reyes Católicos su satisfacción por una medida de aquella índole. La mayoría de los afectados por el edicto eran, de hecho, descendientes de los expulsados siglos antes en Francia e Inglaterra.