Ser conservador es el nuevo punk.
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Millán Astray, la leyenda de un soldado

 

Con solo dieciséis años ya mandaba sobre hombres más bregados que él en las cosas de la guerra, compartiendo con ellos la primera línea en la lucha contra los insurrectos, en el tropical crepúsculo español del siglo XIX. Fue entonces cuando José Millán Astray probó por primera vez el peligro. Debió de gustarle el sabor, pues ya solo pediría ir como voluntario allá donde rondara su más leal compañera, la muerte.

Que rehuyese los destinos de oficina no quita para que su batalla más personal, la que le haría ingresar en los anales de la historia con honores de héroe de las epopeyas clásicas, hubiese de librarla en los pasillos y despachos del Ministerio de la Guerra. Hablamos de la fundación de la Legión Española en 1920.

Para ello, aparte de sortear mil y una trabas burocráticas, Millán Astray se inspiró en la Legión Extranjera francesa, pero también en el código samurai japonés y, como un guiño de continuidad histórica y patriótica, en los viejos tercios de Flandes. Ya en su primera acción de guerra, el socorro de Melilla, la Legión estuvo a la altura de las circunstancias y de las expectativas. No sería su última hazaña bélica. Hoy, el pabellón sigue en lo más alto.

Cien años después de su fundación, lo más asombroso de todo es el material humano con el que Millán Astray construyó la Legión: aventureros venidos de todos los rincones del planeta, desertores del hambre y la pobreza, prófugos de la justicia, niños mal de familia bien o románticos empedernidos que no terminaban de curarse de su último desengaño amoroso.

A todos ellos Millán Astray exigió obediencia perfecta y ciega acometividad, a cambio de ser tratados como quizás nunca antes les habían tratado. Es decir, como caballeros. Como caballeros legionarios. Lo que han sido, son y serán.