Ser conservador es el nuevo punk.
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Miguel Aranguren: “Como novelista, creo en el hombre y su proyección al bien”

Miguel Aranguren, autor de ‘J.C. El sueño de Dios’. | Reportaje gráfico: FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA

 

Lo dice San Juan al final de su Evangelio: “Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían”. Uno de esos libros de los que habla el evangelista lo acaba de firmar Miguel Aranguren. Se trata de ‘J.C. El sueño de Dios’, una novela de 700 páginas y siete años de trabajo. Con ella el autor ha viajado hasta el siglo I de nuestra era, calzándose las sandalias de personajes imposibles y, sin embargo, reales y regresando solo él sabe si con más certezas y menos preguntas de las que partió, o al revés. La novela, en cualquier caso, pasa a engrosar la lista de un autor que, indiferente al éxito o el fracaso, sigue teniendo claro después de tantos años porque se sienta cada mañana frente al folio en blanco.

¿En qué momento empezaste a juntar palabras para contar historias?

Supongo que empecé a narrar muy pronto. En la nebulosa de algunos momentos de la infancia me veo con un lápiz en la mano, mezclando dibujos y palabras. Mejor aún, pidiendo a mis hermanos que me escribieran el interior de los bocadillos que salían de la boca de mis personajes porque aún no sabía escribir.

Eso los primeros años. ¿Y después?

Después el proceso fue más o menos natural: a los 10 años me ovacionaron en clase después de leer una redacción bastante maniquea acerca de ser feliz sin necesidad de consumir, y pensé que aquel éxito me gustaba; a los 13 o 14 descubrí la literatura de Miguel Delibes y entonces comencé a ejercitarme con la mayor de las inocencias, porque no me paré a pensar que de esto pudiera hacerse un oficio o una carrera.

¿Ah, no?

Ni siquiera entraba en mis planes convertirme en escritor; es más, nunca tuve claro a qué podría dedicar mi madurez: quise ser payaso, misionero, aventurero, torero, pintor, dibujante de tebeos, escultor…

Ya vas teniendo edad para hacerte una idea de lo que quieres ser.

Pues sigo sin saber en qué terminaré convertido, porque pico de todo y me distraigo con todo. De hecho, y sin pretensión de ningún tipo, me encantaría que el día durase más, mucho más, para hacer todo lo que me golpea en el pulso. Pero hablábamos del escritor.

Hablábamos del escritor, sí.

Que no existe hasta que cuenta con algún lector desconocido. Y eso me llegó a los 19 años recién cumplidos, cuando publiqué mi primera novela, Desde un tren africano.

El auténtico origen de tu aventura literaria.

Una especie de milagro que me abrió puertas que no correspondían a mi edad ni a mi poquísima experiencia literaria. Es la memoria de un viaje en el que descubrí que soy hijo de Dios en un entorno donde se mezcla la miseria y el Edén. África y su mal, ese veneno que te hace enloquecer de melancolía ante la evocación de lo que allí viviste.

Dios de alguna manera presente en tu primera novela y Dios totalmente presente en la última, empezando por el título.

J.C. El sueño de Dios.

Enseguida vamos con la novela, pero respóndeme antes: ¿eres un escritor católico?

Yo soy cristiano, no un novelista cristiano. Nos sobran los adjetivos; de hecho, de nosotros deberían hablar solo los libros. A pesar de que mi última novela sea una novela protagonizada por Jesús de Nazaret, no me atrevo a arrogarme un propósito evangelizador, que dotaría a mi trabajo de un aire clerical que detesto.

Entonces, tu novela está abierta a más de un público.

La novela no está escrita para el lector cristiano, porque es todo menos una novelita pía. Cabe la posibilidad, incluso, de que algunos lectores se lleven las manos a la cabeza, sobre todo aquellos que recrean los tiempos evangélicos como un belén de azúcar. En este sentido, puede llegar a ser una novela desconcertante, ya que el narrador se cuela en momentos desconocidos o poco recreados de la vida de Jesús y de las personas de su entorno.

Pero, ¿por qué una novela sobre Jesucristo?

La novela se gestó en dos fases. La primera, en el transcurso de una comida con un amigo que trabajaba con adolescentes. Me habló del desconocimiento por parte de las nuevas generaciones de las raíces de nuestra civilización. No saben más allá de unas ideas vagas, de unos tópicos quién es Jesús, eje y origen de la Historia. No lo reconocen ni siquiera en la imaginería, lo que demuestra una tristísima y elocuente ignorancia, muy superior a la de aquellos tiempos antiguos en los que las letras eran exclusivas de nobles y clérigos. Y sin embargo…

¿Sin embargo?

Como en todas las épocas, hay hambre de Verdad y de decisiones radicales vinculadas a Jesús: hace unos días he sabido del ingreso de una muchacha (guapa, lista, políglota, con carrera universitaria y empleo) en un convento de clausura. Pero hablábamos de las fases de gestación de la novela.

La primera ya la has contado.

La segunda coincidió con la Jornada Mundial de la Juventud que reunió en Madrid, durante el mes de agosto de 2011, a cientos de miles de jóvenes de todos los lugares del mundo. Me pregunté qué motivos les habían animado a tomar sus mochilas y recorrer miles de kilómetros para reunirse con un frágil anciano vestido de blanco.

¿Qué explicación hallaste?

Esa misma hambre de Verdad. Benedicto XVI era una representación de Cristo, que se hizo presente en la adoración eucarística más sobrecogedora de la Historia, cuando por la noche se disipó un huracán rabioso que acababa de azotar el cerro de Cuatro Vientos ante la custodia de la Catedral de Toledo, que ostentaba a Jesús en la eucaristía.

En resumen.

Jesucristo es tan actual como siempre, porque despierta la misma necesidad de conocerle que a los hombres de cada una de las etapas de la Historia desde, incluso, muchos siglos antes de que Él naciera. Y como soy novelista, me convencí de que merecía un acercamiento a través de la novela.

No serás un novelista católico, mucho menos un autor de novelitas pías, pero esto que cuentas casa mal con un propósito puramente narrativo.

Antes de responder, quisiera decirte que cada vez estoy más convencido de que somos narrativos. De hecho, nuestro día está cuajado de narraciones: lo que nos cuenta la radio de camino al trabajo, los chascarrillos de la oficina, las anécdotas que compartimos en el almuerzo, las batallas de los hijos en el colegio o en la universidad, la conversación con nuestros cónyuge, el rato que pasamos disfrutando de una película o de una serie, la foto que colgamos o la que vemos en las redes sociales, la llamada de teléfono…

¿A dónde quieres llegar?

A que si la vida se quedara en lo pragmático, en la orden, en el cumplimiento, en la gestión… sería insoportable. Por eso necesitamos contar y que nos cuenten. Y ahí se esconde el germen de todo escritor: la necesidad de narrar la experiencia liviana y la profunda. Y si a eso añades el amor a la palabra, la búsqueda de equilibrio, la inquietud por la belleza, por la verdad…

¿Entonces?

Entonces el escritor está servido. Siempre y cuando su oficio sea, además, la consecuencia de muchísimas lecturas. A escribir no se aprende leyendo wasaps, coletillas para las imágenes de Instagram, titulares de prensa digital ni nada parecido. Es necesario llegar a los buenos libros, a las buenas novelas, a los clásicos de todos los tiempos, también del nuestro.

Y una vez rota esta lanza a favor de la narración.

No sería cierto si afirmara que mi propósito es estrictamente narrativo. Soy un narrador pequeño; mi calidad literaria tiene muchos límites, supongo, pero es a través de mis novelas como doy a conocer mi modo de entender la vida. Esto mismo les ocurre a todos los escritores que son honestos. Y más a aquellos que están comprometidos con un ideal. Quiero que mis novelas estén al servicio del lector.

¿De qué manera?

Quisiera que mi literatura sirviera, de alguna manera, para el dibujo de un mundo distinto en el que la inmediatez, los resultados, este ir y venir desaforado de un sitio a otro, foto va foto viene, no fuesen óbice para mirarnos a los ojos. Además, quiero transmitir algunos elementos que hacen la vida mejor, feliz, trascendente, pero desde un prisma distinto al que ha copado la cultura occidental de los dos últimos siglos.

¿O sea?

Creo en el hombre y su proyección al bien. Creo en la misteriosa razón que da sentido a todo lo que nos acontece. Creo que la vida siempre es susceptible de mejorar, a pesar de que no soy un optimista compulsivo (leo el periódico, me siento a ver un telediario y se me cae el alma a los pies), porque cada uno de nosotros somos capaces de realizar muchos pequeños gestos positivos al día que, sumados, dan un resultado que hay que tener en cuenta.

Y por si todo esto fuera poco…

Estoy convencido del papel que juega la cultura en la construcción de una sociedad. Ahora mismo somos un caldo que mezcla individualismo, anonimato y globalización, tres elementos desazonadores. Es posible que de cada uno de ellos podamos sacar algún aspecto positivo (la manida lección de que internet, por ejemplo, puede utilizarse de una manera correcta), pero la suma no me gusta porque rompe los lazos con todo lo anterior, con eso que llamamos civilización occidental.

Vamos uno a uno: individualismo.

Evita el amor por el pueblo, por las raíces, la búsqueda de un futuro común, el esfuerzo por mejorar aquellas situaciones que nos afectan a muchos. El rechazo de los jóvenes al compromiso, al matrimonio, a la llegada de los hijos (es decir, su resolución a vivir solos, a morir solos), es la terrible consecuencia de una cultura hedonista.

Algo parecido sucede con el anonimato, ¿no?

Característico de la vida en las grandes ciudades. No sé quién es mi vecino y no me importa no saberlo. Es más, no saberlo me garantiza no tener que atenderle, evitándome problemas. El campo se ha abandonado, y con él la enseñanza de la naturaleza, que hoy se comprende como un parque temático por el que hay que pagar una entrada. Muy pocos saben en qué posición saldrá la luna al caer la noche, ni los efectos que tiene el astro en el devenir de la Tierra. No nos interesa.

¿Y la globalización?

Individualismo y anonimato son la consecuencia de la democratización de la cultura y su banalización, del arte como producto de consumo, una multinacional ética y estética gracias a la cual se han globalizado las costumbres. Mejor dicho, se han universalizado ciertas costumbres de ciertas sociedades, en detrimento de la tradición, del acerbo de los pueblos.

Hablabas antes del papel de la cultura en la construcción de una sociedad.

La cultura es una función propia de las élites, aquellas personas que tienen capacidad para imponer un estilo determinado de vida. La dejación en su liderazgo es una cobardía, como cobarde es el adulto responsable de pinchar el sueño de sus hijos. Para muchas cosas la vida es larga, y poco importa lo que se haya estudiado (salvo, quizás, en el caso de las profesiones técnicas) frente a las posibilidades que nos depara el futuro.

¿Te refieres a esos hogares, vamos a mal llamarlos conservadores, donde no hay inconveniente en que los chicos se aficionen al arte y la cultura, siempre que no se lo planteen como una vocación vital?

Esos hogares de los que hablas no soportan la falta de control parental respecto a las decisiones que toman los hijos, especialmente las relacionadas con los estudios. Para muchos padres el arte y la cultura siguen siendo espacios de hambre, peligrosos, con sesgos ideológicos y hasta con la sombra del escándalo. Muchos conducen a sus hijos al éxito, interpretado solamente en parámetros económicos y de poder, un éxito que creen garantizado después de haber costeado una universidad de pago.

A la vista está de que tus mayores no pincharon ese sueño tuyo de ser escritor; tus mayores y tampoco tu mujer.

Sin la participación de mi mujer, no podría haber llevado a cabo mis proyectos. Ella me permite vivir por y para mi arte (parezco una flamenca…), y a la vez me ayuda a ser realista. Ella debió de valorar que no reunía el perfil de un triunfador, que no soy hombre de acción, de negocios y arriesgadas empresas. Y me quiso así, lo que ha permitido que nuestra vida sea algo distinta a la habitual.

¿Cómo de distinta?

Mis hijos tienen un padre sin jefe, que no ficha ni recibe pagas extraordinarias ni cestas de Navidad. Tienen un padre que puede llevarse el trabajo a cuestas, y por eso disfruta de un verano más largo que las tres o cuatro semanas preceptivas. Y es un padre que, además, se embarca en aventuras curiosas.

Por ejemplo.

Un viaje anual a Kenia, para pintar frescos en las iglesias pobres; distintos pasajes a la India o a Perú para ambientar diferentes novelas; un tiempo vivido en un zoológico por exigencias de un argumento; una pasión desmedida por los animales, la talla en madera, la pintura a la acuarela y el acrílico, así como por los toros, la Fiesta, el último reducto de los héroes.

Ante eso, ¿qué piensan tus hijos de ti?

Cuando eran pequeños, presumían ante sus amigos de tener un padre famoso. Sofía, la pequeña, todavía tiene la sencillez inconsciente para vender mis libros a cualquiera. Pero crecen, claro, y aunque son maravillosos y preguntan por la marcha de mis proyectos, han normalizado todo lo que llevo entre manos.

Entre lo que se encuentra, Excelencia Literaria, una arriesgada empresa, por más que digas que no eres hombre de acción.

Cuando publiqué mi primera novela, a los 19 años, me invitaron a numerosos foros para hablar de su génesis. Esto me ayudó a mantener contacto con otros jóvenes que también escribían. Llegaron nuevas novelas y más encuentros (conferencias, tertulias, cursos…), en los que chicos y chicas menores que yo me pedían que leyera sus escritos e, incluso, me manifestaban el deseo de vivir una experiencia parecida a la mía.

Fue pasando el tiempo…

… y se hizo habitual la manifestación de ese deseo, así como mi frustración al no poder indicarles qué hacer para mejorar su escritura y mucho menos para publicarla. Fue entonces cuando ideé Excelencia Literaria. Para sacarlo adelante renuncié a muchas seguridades y de nuevo conté con el aval de mi mujer.

¿Cómo funciona?

Muy sencillo. Visito colegios de España, México y Perú en busca de chicos y chicas que, a la edad en la que encontré mi vocación literaria, quieran contar con mis consejos, con mis correcciones, para mejorar su escritura de relatos breves y artículos de opinión. Es un método de trabajo muy exigente para ellos y para mí.

¿Y merece la pena?

En estos 15 años se acumulan sucesos que me hacen creer que sí.

A ver.

Desde participantes que han optado por carreras universitarias de Humanidades, a otros que están trabajando en editoriales, o aquellos que estudian cine al tiempo que realizan sus primeros cortometrajes, o aquellos que se dedican a la enseñanza escolar y universitaria, o aquellos que siguen escribiendo y publicando mientras trabajan en ámbitos tan distintos como la medicina, la empresa o el derecho, y sobre todo aquellos que han publicado sus primeros libros.

¿A todos ellos les contaste la ‘cara b’ del oficio de escribir o solo la parte buena?

El proceso creativo de una novela es muy complejo y largo, a veces desesperante cuando no se logran cumplir los plazos de entrega porque la historia todavía no nos pide un final. Por si fuera poco, el éxito, como en cualquier otra actividad, no lo tenemos asegurado.

A ti no te ha ido mal del todo, en el sentido de que vives de lo que escribes.

Al menos lo intento, por más que sea una utopía. Aunque este vivir es doble. Por un lado está lo fungible, los ejemplares vendidos, los derechos de autor, el pago por conferencias, artículos y ejercicios varios. Y por otro la necesidad de relatar, que también es un modo de vivir de la escritura.

¿Y la frustración?

Unas veces la sientes por no haber satisfecho las aspiraciones de algunos de tus lectores. Otras, por la incomprensión de un editor o el desdén de aquellos que antes apostaban por ti. Pero las más de las veces, el desaliento tiene que ver con la tensión creativa, con la dificultad de traducir en palabras una idea, una escena.

Esto qué es, ¿un lamento?

No tengo derecho a quejarme, ya que si publicar y vender es casi imposible, publicar, vender y gustar es casi una utopía que se cumple cada vez que alguien me confiesa su experiencia con cualquiera de mis novelas. Esos momentos lo compensan todo.

¿También el esfuerzo narrativo?

Cuando finalizo una novela, siento que lo he contado todo, que no me queda nada en mi interior. Y me entran sudores fríos, como si mi oficio de pronto hubiese perdido su razón de ser.

¿Qué hacer?

Eso mismo me pregunto. Porque el tintero se me ha quedado vacío, seco. Pero de pronto pasa por delante de mis narices un hilo volador, puede que meses después del último punto final, incluso que necesite un año para darme cuenta, pero el hilo está, y con él la historia. Me corresponde observarlos, preguntarle, tirar de él… Sé que me llevará a un nuevo universo literario. Y entonces da comienzo el fatigosísimo proyecto de construir una nueva novela.