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László Passuth, el húngaro que conoció al dios de la lluvia

 

László Passuth.

 

Otoño de 1944. En el ocaso de la guerra en Europa, el Ejército Rojo sitia Budapest, capital de uno de los últimos aliados de Hitler. Casi un millón de civiles se vio atrapado bajo el fuego de artillería. En diciembre empezó a acabarse la comida y la carne de caballo se convirtió en el principal sustento de la dieta. En aquellos meses de frío y de inquietud, un libro pasaba de mano en mano y se leía en voz alta en los refugios. Era una historia de aventuras llena de nombres evocadores, de paisajes exóticos y de grandes batallas.

Aquel best seller se titulaba ‘El dios de la lluvia llora sobre México’, había sido publicado cinco años atrás y su autor era un joven empleado de banco húngaro llamado László Passuth. Después de la contienda fue traducido a más de una decena de idiomas y hoy sigue editándose en varios países: ha sobrevivido incluso a la desconfianza con la que se miran las gestas imperiales, con perdón.

Retrato de Hernán Cortés.

Sobre las peripecias de Cortés, que desembarcó en las playas aztecas hace 500 años, se han escrito páginas inolvidables. Además de las crónicas de su tiempo, son de lectura obligada las novelas Cuando los dioses nacían en Extremadura, de Rafael García Serrano, y El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga. Pero la epopeya de Passuth, una de las grandes obras maestras del género histórico, tiene un mérito especial: no sólo es anterior a las citadas, sino que su autor procedía de un país culturalmente lejano, no había pisado América y no tenía prácticamente experiencia literaria alguna.

Un escaparate en Oxford Street

Nacido en 1900 en lo que todavía era el Imperio Austrohúngaro, Passuth estudió Derecho y al terminar la carrera comenzó a trabajar en un banco local. A los 26 años, con sus primeros ahorros, planeó un viaje a Londres. Allí, en el escaparate de unos grandes almacenes de Oxford Street, se cruzó con dos tomos gemelos que le cambiarían la vida: la Historia de la conquista del Perú y la Historia de la conquista de México, ambos del hispanista norteamericano William H. Prescott.        

“No conocía el autor, pero me fascinaron los títulos”, contó nuestro protagonista muchos años después. No sabemos si tuvo tiempo de visitar la Torre de Londres o el Museo Británico: parece que se pasó el resto del viaje en la habitación de su hotel, disfrutando de aquellos libros. Aunque leyó primero la historia de Pizarro, el personaje de Cortés le resultó todavía más fascinante. “Así empezó todo, como un capricho que se convirtió en verdadera pasión”.

Durante más de 10 años de investigación, Passuth leyó todo lo que cayó en sus manos sobre la aventura de Cortés y sus hombres. Empezó, claro, por hincar los codos y estudiar español en profundidad para entender en versión original las crónicas de indias de Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia, Cervantes de Salazar o las cartas de relación del propio Cortés. Incluso pudo acariciar en Viena varias cartas de puño y letra del conquistador y contemplar el majestuoso penacho de plumas de quetzal que Moctezuma envió como regalo al emperador Carlos. También visitó España para conocer los escenarios de la juventud de su héroe. Poco a poco, viajando entre archivos, bibliotecas y museos, aquel caudal de conocimientos fue tomando forma de libro.

“Haz una novela”

Hasta entonces, Passuth sólo había terminado una novela fallida y había publicado unos pocos cuentos en una pequeña revista literaria. Su director, Zsigmond Móricz, defensor del realismo social, se enteró de sus ideas y le dijo que el tema difícilmente podía interesar a alguien en la convulsa Hungría de los años 30. También le dio un consejo: “Cuando un escritor joven se obsesiona con un asunto tan extravagante, la única forma sacarlo de su cabeza es escribiéndolo. Haz una novela con todo lo que tienes dentro, guarda el manuscrito en el fondo de un cajón y así te aliviarás y podrás seguir adelante con otros temas”.

Passuth cumplió con la primera parte. Ordenó toda su información y le salió un libro largo, bello y redondo. Su Cortés es tridimensional y humano, tan lejos de un superhéroe como del villano sanguinario que pinta últimamente la Historia oficial. Un tipo con hambre de gloria, pero capaz de hacer la primera guardia ante la puerta de Moctezuma, envuelto en su capa, hasta el amanecer, para dar ejemplo a su esforzada tropa. En cuanto al Gran Señor de los mexicas, su personaje, lleno de misterio y melancolía, brilla con luz propia. Pocos momentos más turbadores que ese en el que una pedrada surge de la multitud enfurecida, le acierta en la frente y destroza su diadema de plumas en los prolegómenos de la Noche Triste.

Dicen los historiadores que el relato de la expedición, pese a los adornos propios de la ficción, es sorprendentemente riguroso, desde la primera mirada a Tenochtitlan hasta las escenas de combate, pasando por las intrigas y enfrentamientos entre españoles que estuvieron a punto de hacer descarrilar la empresa. Hay, claro, historias de amor, como la de Cortés con Doña Marina, que sabe tratar con ternura pero sin invadir los dominios de Corín Tellado. Tampoco pretende hacer competencia a Dan Brown: es una novela histórica, sí, pero narrada con la muñeca firme del cronista.

¿Pero quién es ese Tlaloc?

Pese a la opinión de Móricz, un editor visionario creyó que la novela podía venderse. Le sugirió, eso sí, un cambio de nombre: la propuesta original, ‘Tlaloc llora sobre México’, le parecía tan impronunciable como poco comercial. Passuth optó por bautizar a la deidad con su principal atributo, y así, casi por casualidad, surgió uno de los principales encantos del libro: su título extraño y sugestivo. Curiosamente, en Húngaro tiene sólo tres palabras.

Acabó la guerra. A los jerifaltes comunistas, por supuesto, no les gustaba la obra de Passuth, llena de extravagancias burguesas, así que fue expulsado de la Federación de Escritores Húngaros y trabajó durante décadas en el burocrático Instituto Nacional de Traducción. Por entonces, además del húngaro y el español, dominaba el latín, el inglés, el francés, el alemán, el italiano, el griego y el portugués.

Penacho de Moctezuma.

Después de su rehabilitación, a mediados de los 50, Passuth siguió escribiendo novelas históricas, dirigidas sobre todo al mercado extranjero: Señor natural, sobre Felipe II; Juana de Nápoles, Diente de dragón o El músico del Duque Mantua son algunos de sus éxitos. Muchos de ellos están ambientados en nuestro Siglo de Oro y en la España de los 60 se vendían como churros bajo el sello de Luis de Caralt. En su país, lo etiquetaron como artista tolerado. Con las regalías se compró una casita a orillas del lago Balatón, muy lejos del de Texcoco que un día atravesara Hernán Cortés.

Una discreta placa roja

En 1970 sonó el teléfono: era una invitación del Gobierno mexicano para visitar el país. Las autoridades húngaras, a regañadientes, le extendieron un pasaporte.  Del viaje nació otro libro, Mi encuentro con el dios de la lluvia, donde narra su emoción al pisar, tantos años después, los lugares que habían inspirado su primer éxito. El autor prueba las comidas típicas, se cuela en fiestas y recorre los restos arqueológicos de los tiempos legendarios. Fue una de las últimas alegrías antes de su muerte, en junio de 1979.

Me acordé de Passuth hace pocos años, ante la tumba de Hernán Cortés, en el Hospital de Jesús Nazareno de la Ciudad de México. Es una discreta urna empotrada en los sillares de la iglesia. Sin iluminación y sin posibilidad de visitas turísticas, sólo la identifica una discreta placa roja con el nombre del muerto. Al verla, me costó pensar que los huesos que acoge protagonizaron uno de los momentos estelares de la historia humana: su encuentro con el Tlatoani de los mexicas en la ciudad-isla de Tenochtitlán. Y me resultó aún más incomprensible que un discreto oficinista de Budapest, más de cuatro siglos después de los hechos, hubiera tenido el impulso necesario para documentarse durante años y convertir su vida en una espléndida novela.

Como tantas joyas de la literatura, su libro es el resultado de una obsesión improbable y contagiosa. Por eso, le pese a quien le pese, sigue cautivando a los lectores de hoy igual que a aquellos que lo disfrutaron por primera vez en los refugios, con la banda sonora de los obuses soviéticos.