Historias que harán que el café se te quede frío.
Historias que harán que el café se te quede frío.

La historia 101

Se trataba de lograr que el café se quedara frío. Pero no por restarle aroma y sabor al bebedizo, sino por atrapar al lector en la primera línea y no soltarle hasta la última, que en el fondo es lo que pretende todo el que se encierra a parir un texto, y esto desde que el papel es papel. Un año y 100 historias después parece que nos hemos salido con la nuestra, a juzgar por el tiempo medio de permanencia que pasan nuestros lectores en esta su casa, Milenio.

No está mal traído lo de “casa”. No en el sentido de que Milenio sea un sitio donde quedarse a vivir (sí lo es, en cambio, para pasar un buen rato de lectura). Nos referimos a que esta web comenzó a construirse como las casas, o sea, por los cimientos. Cada uno de los que aquí nos hemos ido juntando manejaba sus propias referencias periodísticas, si bien todos teníamos claro que de parecernos a alguien, tendríamos que parecernos a nosotros mismos. Y para eso nada como empezar donde estábamos, usar lo que teníamos y hacer lo que sabíamos. Cualquier planteamiento que no fuera ese estaba condenado, si no al fracaso, sí a la frustración.

Un año y 100 historias después, no nos ha comprado ningún fondo de inversión (la verdad, nunca lo ambicionamos), pero sí hemos logrado cientos de miles de visitas, enmendado la plana a los que dicen que en internet la gente no lee, solo consume vídeos de gatitos, y eso en el mejor de los casos. Tener nosotros finalmente la razón nos llena de orgullo y satisfacción, como rubios reyes eméritos la noche de Nochebuena.

Sin pedir ni permiso ni perdón por existir

Más de los comienzos, hace solo un año. Otra cosa que tuvimos clara era que no sería bueno etiquetarse políticamente nada más salir. No por equidistancia (¿equidistantes, nosotros?). Tampoco por negarnos a una línea editorial, lo cual es tontería. Todo medio tiene una, incluso los que dicen que no, estos más que ningún otro. Por supuesto, nosotros teníamos la nuestra, solo que la hemos querido construir historia a historia, que lo fácil habría sido descolgarnos con uno de esos manifiestos fundacionales o una de esas declaraciones de principios, que suenan como muy rimbombantes, pero que pueden significar una cosa y la contraria y que, encima, luego no lee nadie.

Basta un vistazo rápido a los 100 titulares publicados este año para saber quiénes somos y qué es lo que pensamos. Siempre sin acritud y con buenas formas, pero sin pedir ni permiso ni perdón por exisistir.

Siendo todo lo anterior el planteamiento de arranque, enseguida tocó llenar la página de contenido. El criterio de calidad era que cualquier texto pudiera leerse el día mismo de la publicación o tiempo después, sin que por ello perdiera su vigencia y su sentido. Por eso nunca nos importó llegar los últimos a la historia que fuera; únicamente contarla bien.

Con todo, pronto pudimos apuntarnos un pequeño tanto periodístico al ser de los primeros, sino los primeros, en contar a quién correspondía la sombra barbada que, cada noche, desde un balcón de Sarriá, volvía tarumba a sus vecinos indepes poniéndoles a todo trapo canciones de Manolo Escobar y marchas militares.

No ha sido el hombre del balcón el único personaje que ha desfilado por Milenio: cronistas del gin-tonic, pintores de batallas, napoleones de barrio, directores del Cervantes, cónsules en La Paz, desfacedoras de leyendas negras, señoritas en guerra con el mundo moderno, monjas en hábito vaquero, pastores en mitad de los lobos, triunfadores en la City, vikingos que vinieron a correr los Sanfermines y ya nunca más se regresaron al frío, lejías en pie de guerra (aquí y fuera de aquí), señores a los que las corbatas aún importan, jóvenes madres solteras, chicos en silla de ruedas, youtubers que son más que youtubers, máximos comunes del conservadurismo, centinelas de Piety Hill, peregrinos en tierras de penumbra, startupers del barrio de Salamanca, emprendedores que hacen el ganso, autistas que riman con artistas, guionistas de Hollywood conversos al derechismo, aventureros con boina roja, cazadores entre sierras y rañas, locos de amor en busca de civilizaciones perdidas, yanquis tras las huellas de nuestros conquistadores, poetas de lo pequeño, místicos que susurran a los caballos, polemistas que son máquinas expendedoras de zascas

Para solo llevar un año, no está nada mal, ¿no?

Viaje con nosotros a mil y un lugar

Como tampoco están nada mal los sitios que de un año acá hemos visitado (“viaje con nosotros a mil y un lugar”, podría ser nuestro lema): la Roma del poniente, la delgada línea que separa Corea del Norte de Corea del Sur, parroquias resplandecientes en lo alto de colinas, laboriosos conventos en mitad de la estepa castellana, aguerridas asambleas de barrio, camerinos pop antes de un concierto, el mundo entero tras la pista de los Reyes Magos, el Museo del Prado como nunca antes te lo habían enseñado, casas en el árbol repletas de novelas de aventuras, pequeñas iglesias a escasos kilómetros de la frontera en movimiento del Estado Islámico, viejas y hermosas catedrales que no se resignan a dejar de ser lo que son desde hace siglos, clubs de exploradores donde lo cortés no es llegar puntual (es llegar el primero), parques temáticos cruzar cuyos tornos supone un auténtico viaje en el tiempo

Bueno, de eso, de nave en el tiempo, también tiene mucho Milenio. Solo que los viajes organizados por nosotros tenían -y tienen- un propósito, el de revisitar nuestros grandes episodios nacionales –Covadonga y las Navas de Tolosa, por ejemplo- y conocer en persona a sus protagonistas, comenzando por la heroína con la que empezó todo, Isabel la Católica, cuya toma de Granada inauguró un año repleto de aventuras como ningún otro, 1492. También contamos la historia de Osio, el obispo que, en latín pero con acento cordobés, redactó el Credo, la oración que, domingo tras domingo, desde el siglo IV hasta hoy, rezan los fieles en misa. O la historia de Fernando III, rey, guerrero y santo. O la de Cortés y Pizarro, los héroes del tiempo español, aquel cuando los dioses nacían en Extremadura y el dios de la lluvia lloraba sobre México. O la de Donoso, gran tribuno del orden permanente de las cosas. O la de Millán Astray, un romántico samurai en continuos amoríos con la muerte.

Porque hay que ver lo que le gusta a nuestros lectores la sucesión sucesiva de sucesos sucedidos sucesivamente, esto es, la Historia; tanto les gusta, que el texto más leído de Milenio ha sido el de las reflexiones de un filósofo de la izquierda ‘buenista’ (buenista de Gustavo Bueno, entiéndase) acercar del acontecer de España a lo largo de los siglos. No ha sido nuestra única entrevista. Hasta una treintena hemos publicado (y las que nos quedan por publicar). Por el lado de las preguntas cabe destacar la labor de documentación para, por lo menos, estar a la altura de las respuestas, siempre inteligentes. De hecho, ese era el criterio de selección de personajes: que tuvieran algo inteligente que decir, fuesen o no conocidos por el gran público.

Quizás no es el mejor de los mundos posibles, pero es nuestro mundo

No son, ahora bien, las entrevistas cosa ininteligible, como nada lo es en Milenio. Es más, siempre hemos procurado que la suma final de preguntas y respuestas dé como resultado una pieza hilada con su planteamiento, su nudo, su desenlace, sus escenarios, sus mensajes, sus cambios de giro, sus antagonistas y sus protagonistas. O sea, una historia.

Que haberlas, haylas, a la vuelta de cada esquina, e incluso detrás de cada propia historia. Por eso le hemos dedicado alguna atención al gran ejercicio narrativo del siglo XXI: las series de televisión. Pero no para hacer un análisis de las mismas, sino para contar la historia detrás de la historia. Por eso nos atrevimos a cruzar el espejo oscuro de Black Mirror, nos metimos en la mente de un cazador de asesinos en serie o celebramos el regreso a las pantallas del rubio malote de Karate Kid. Dentro de este bloque, que en Milenio llamamos de desengrase, hubo espacio para las confesiones de un fan de Los Planetas, los despechos de una grupie de Taburete, la pregunta de si Los Nikis eran fachas o no y el perfil del chico tan raro con el que vas. Todo transido en no pocas ocasiones de la mejor de las nostalgias: la nostalgia por la EGB y la década de los 80.

Sin perder de vista nunca nuestro propósito primero y último: contar las cosas desde el punto de vista del héroe, el disidente o el mártir, y no del canalla, el apparatchik o el césar. Por eso no nos sumamos a la histeria colectiva que pretende llevar a los altares laicos al narco Pablo Escobar y sí, en cambio, dimos voz a una de sus principales víctimas: su propio hijo. Por eso para explicar qué cosa fue el comunismo no nos fuimos hasta los farragosos textos de sus clásicos, sino que hicimos la crónica, con 50 años de retraso, de la Primavera de Praga, en 1968. Y por eso cuando el fin de ETA no caímos en la trampa de hacer el cantar de gesta de los supuestos gudaris, más bien optamos por el relato de las mil y una hazañas de los hombres de verde del Duque de Ahumada.

Siendo siempre muy conscientes de que quizás no vivamos en el mejor de los mundos posibles (tampoco en el peor). Pero es nuestro mundo, en él suceden a diario cosas asombrosas, y nosotros nos conformamos con poder seguir contando algunas.