Historias que harán que el café se te quede frío.
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José María Contreras Espuny: “No sé de nadie que se haya arrepentido de tener un hijo”

José María Contreras Espuny, autor de ‘Confesiones de un padre sin vocación’. | REPORTAJE GRÁFICO: FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA

 

Su primer libro, ‘Crónicas Coreanas‘, y ahora el segundo, ‘Confesiones de un padre sin vocación’, confirman que no se parece a ningún escritor de su generación, que es de lo mejor que puede decirse de un escritor generacional. Humorista sin ser cáustico, lecturas acumuladas sin necesidad de hacértelo saber a cada frase, narrativa de sí mismo sin que gire todo alrededor del ombligo, y recta intención sin resultar moralizante. Algunos apostamos fuerte por él por la sola vanidad de poder decir dentro de no mucho “yo lo vi primero”. El problema es que hay otros más y mejor legitimados que nosotros para presumir de cazatalentos. Pero siempre nos quedarán los buenos ratos de lectura, los ya consumidos y los que nos tiene prometidos.

Vaya por delante que no es el tuyo el clásico manual para padres primerizos escrito por un don perfecto, por un sabelotodo.

Los manuales de verdad son soporíferos, distorsionan la realidad y suelen estar escritos con una prosa atroz que provoca diabetes. Este libro, al menos, hará que se sientan mejor los padres y madres que sospechan no estar haciéndolo del todo bien. Hay alguien que les guiña cómplice y les asegura que aún se puede hacer peor.

A franqueza no te gana nadie: reconoces no tener ni hechuras de marido ni vocación de padre. Y sin embargo…

Sin embargo, heme aquí. Casado y con dos churumbeles. Supongo que me dejé llevar. Lo que siempre me ha pedido el cuerpo ha sido vivir solo, alejado, cultivando con mimo y paciencia la misantropía. Luego, y ya sale en el Génesis, aparece la mujer y lo complica todo. También pensé en aquello de “ojalá se cumplan todos tus deseos”, que no sé si es maldición gitana, pero lo parece.

¿Ante eso, qué?

Me dije: bueno, quizás lo mejor sea ir improvisando y vacunarse contra la frustración que deriva tanto del éxito como del fracaso. Como reza el aforismo de García Máiquez que abre el libro: “La vocación es enamorarse perdidamente de tu destino”.

Y el destino, al menos a tu parecer…

… tiene más que ver con la sorpresa que con la querencia.

Para sorpresas que te dejen entrar en Corea después de tus ‘Crónicas Coreanas’ y que no te hayan retirado la custodia de tus dos niños tras ‘Confesiones de un padre sin vocación’.

¿Ahora que les he cogido cariño? No, hombre, no. Además consideremos que este libro no es un diario de paternidad, que tiene partes, elementos que entran directamente en la ficción.

¿Por ejemplo, cuáles?

Digamos que los inconvenientes, los que puedan escandalizar a algún funcionario.

Funcionarios: dícese de esos señores presentes en la vida de las personas, desde su nacimiento hasta su muerte, pasando por el matrimonio. ¿Acaso la mayor cantidad de épica que ofrecen los tiempos modernos es sortear las trabas burocráticas?

No cabe duda de que la burocracia es difícil o, mejor dicho, para mí es difícil. Hay algo en el lenguaje de los documentos oficiales, en sus expresiones perifrásticas, en su sintaxis, que la vuelve ininteligible para mí.

¿Solución?

Creo que habría que hacer una edición comentada del BOE, con sus notas a pie de página y su introducción. De la misma forma que sin Dámaso Alonso no hubiera entendido a Góngora, sería de primera necesidad una edición comentada de los documentos oficiales. Aunque, de nuevo, lo que me pide el cuerpo es vivir en la sombra, ignorado por la Administración como un animal.

¿Pero?

Pero con los niños no se puede porque hay que llevarlos a la guardería (Dios bendiga las guarderías), al colegio, vacunarlos, desnudarlos ante la pediatra y otras servidumbres del mundo civilizado. Y así con todo, porque buenas ganas me entran de alejarme del mundanal ruido y vivir medio asilvestrado en comuna, reaccionaria eso sí, perdido del mundo, pero no se puede.

Insistes tú en tu deseo de alejarte e insistimos nosotros preguntando por qué no.

Porque no quiero que el día de mañana salgan mis niños en un programa diciendo que están tarados porque sus padres les obligaron a retroceder al Medievo y a leer en latín.

Leer en latín es algo tan raro hoy como negarse a afirmar la guapura de un bebé.

No sé si has tenido el privilegio de ver un niño recién desembarcado. Es algo horrible. Las estrecheces del parto lo dejan arrugado, recubierto de sustancias extrañas, con el pelo pegajoso y una piel tan fina como el papel de fumar. Todavía, si es por cesárea, sale menos comprimido, pero incluso en ese caso muestran una mezcla desconcertante entre rasgos propios de un niño y otros de un anciano.

Todo eso, ¿por qué?

Es por culpa de la bipedestación, que obliga a los niños a nacer antes de tiempo. Nacen y siguen siendo fetos. Es siniestro. Al poco se van redondeando y resultan más aparentes, pero de primeras no lo son. Aunque creo que las madres, por algún tipo de embrujo, sí los ven monos. Será una artimaña de la naturaleza para que los alimenten.

Si no su belleza, siempre te quedará como padre cantar la bondad natural de tus recién nacidos. ¿O ni siquiera?

 

Más bien lo contrario, aunque tampoco me hacía falta ser padre para saber que el hombre no es bueno por naturaleza. Pero no yo, eso es algo que sabía hasta Rousseau. El niño es un tirano, muy mono y redondeado, pero un tirano.

¿De dónde viene esa idealización del niño?

Creo que en parte del “odio a nosotros” que tanto daño hace en facetas culturales de nuestro país. Nosotros, en este caso los adultos, baqueteados, cicatrizados, peligrosos y malencarados, vemos las mejillas de un niño, sus grandes ojos y creemos que son ángeles que se bestializan conforme crecen. Pero no es así. Son inocentes, pero no buenos.

Y, sin embargo, raro es el padre que no se derrite con sus hijos, costándole los trabajos de Hércules no mimarlos.

Es que a un niño se le quiere mucho. A poco que te sobrepongas a la estupefacción y la extrañeza, crees que su existencia es algo bueno, me quedo corto, algo muy bueno, algo imprescindible.

O sea, que no te arrepientes.

No sé de nadie que se haya arrepentido de tener un hijo, y es que se trata de un golpe encima de la mesa de la vida ante el que no te queda más que decir “amén”.

¿Sí?

Por supuesto, se babea por hectolitros. Incluso después de la tarde más horrible, de una de esas en que los niños han optado por berrear desde la merienda hasta la cena, los acuestas y te desplomas en el sofá. “¡Al fin!”, dices. Pero entonces tu mujer te acerca el móvil y os ponéis, con una sonrisa en los labios, a ver vídeos de esos niños que han hecho de la tarde un calvario.

¿Cómo se explica?

Tal vez sea una especie de síndrome de Estocolmo, tal vez una trampa de los genes, pero lo cierto es que se les quiere mucho; no en vano se utiliza la metáfora paterna para ejemplificar el amor divino. Te dicen que Dios nos quiere como un padre, aunque mejor sería que nos quisiera como una madre, y eso te consuela.

¿De qué, de no haber acabado de niños estampados contra una pared?

Eso sí que es un misterio. Porque hay niños pacíficos, pero son pocos. Lo normal es que se desgañiten sin razón y te boicoteen a cada paso. Además la falta de sueño no es buena consejera. En mi caso la razón de que no haya desconchones en las paredes de mi casa, la tiene mi mujer, Matilde, de una paciencia y un amor maternal providencial. De cualquier forma…

Sí.

Me está bien empleado porque, según cuentan, yo fui un niño escandaloso que aullaba incluso dormido. Mi padre estuvo tentado, como es natural, de tirarme por la ventana. Luego se compraron una casa y enrejaron todas las ventanas. Oficialmente para que no entrara nadie, oficiosamente por lo contrario.

Casa, por cierto, en la que os metíais unos cuantos, lo que nos lleva al tema de las familias numerosas, sus inconvenientes y, si las hubiera, sus ventajas.

Los inconvenientes están claros: tener una familia numerosa exige que los padres pierdan la vida, es un sacrificio. Además, si cada hijo es una herida que jamás se cierra, el que muchos hijos tiene arrastra un martirio.

¿Y ventajas?

Bueno, una vez mis hermanos Juan y Joaquín, con 4 y 5 años, se escaparon de casa. Estuvieron un par de horas vagando hasta que el fontanero los reconoció y trajo de vuelta. Mi madre los recobró antes de darse cuenta que le faltaban. Supongo que eso no hubiera pasado en una casa menos populosa, así que ahí, al menos, mi madre disfrutó la recuperación sin la angustia de la pérdida.

¿Más?

Otra ventaja sea quizás los domingos. Ya somos grandes y cuando nos reunimos es una alegría. También, como somos cerveceros, gana La Parra, un bar de Osuna que vende los litros en su punto ideal. Gastamos litros como si no hubiera mañana.

O sea, que La Parra también sale beneficiada con las familias numerosas.

Al menos con la nuestra.

¿Y, en general, los hijos?

De ese lado hay más ventajas: si rompes algo, es muy difícil que te pillen, sobre todo si, como en nuestro caso, hay un pacto de silencio. También sirve para que la paternidad no te pille por sorpresa. Algunos amigos me han confesado que la paternidad no es tan idílica como prometen los anuncios del huevo kinder. Eso es porque eran hijos únicos o los últimos.

Tú en cambio…

Tercero de nueve, he vivido media vida entre llantos, por lo que tenía una imagen bastante precisa de lo que suponía la perpetuación de la especie.

Si has contribuido a la misma, será porque necesariamente te gustan los niños.

Para nada, los gustos intervienen a la hora de hacerlos, luego no queda más que apechugar. Como se dice en el libro, se trata de amar las causas para luego cambiarle los pañales a las consecuencias.

¿Y asistir a la mujer en el parto? ¿Se trata también de eso? O te lo pregunto de otra forma: ¿cómo estar presente y no perder la compostura?

Es difícil y depende del estómago que tenga cada uno. Lo suyo sería hacer como en las películas: agarrar la mano, jalear, transpirar y gritar al final “¡es una niña!” como si no te lo hubieran dicho en tropecientas ecografías.

¿Cuál es el problema?

Que sin banda sonora queda un poco impostado.

¿Entonces?

Supongo que lo mejor sería esperar en la sala contigua fumando puros y bebiendo whisky, pero creo que te lo impiden las reglas del hospital y el signo de los tiempos. Aunque cada cual busque según su caer natural. Pero que no te pase como un amigo mío.

¿Qué?

Que colocó un trípode, lo grabó todo en primer plano y luego le robaron la cámara con la cinta dentro. Hay algún ladrón por ahí que ha cumplido su penitencia.

Ya que sacas el tema de la penitencia, si el mundo acabara hoy, ¿qué harías, confesarte o, como Fabrice Hadjadj, fecundar a tu mujer, escribir un soneto y plantar un árbol?

Pediría perdón como una metralleta y me confesaría, pero a última hora, justo cuando el meteorito esté a punto de caer, para que no me dé tiempo a pecar antes de que la cosa se finiquite del todo.