Ser conservador es el nuevo punk.
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José Barros: “El mercado, para China, es algo secundario”

Periodista y consultor especializado en comunicación institucional, política y asuntos públicos, tiene José Barros además densa experiencia en campañas electorales, donde ha trabajado en la definición de estrategias y en la preparación de innumerables intervenciones públicas. Estas funciones reflejan su competencia para transformar datos e información de muy variada procedencia en conocimiento cualificado, estructurado para atraer la atención del gran público. Lector compulsivo, curioso impenitente, irónico irrecuperable, su última obsesión, vertida en un extenso artículo para la revista Cuadernos de Pensamiento Político, que edita FAES, es la estrategia política que hay detrás de la expansión económica china. José Barros defiende el orden liberal que emerge desde Occidente tras la Segunda Guerra Mundial y espera sacar a la luz los no pocos intentos de presencia, más o menos totalitarios, que buscan hacerlo desaparecer en un magma cercano al partido único.

¿Quién manda en China, el mercado, el Estado o el partido?

Quizá la mejor respuesta se encuentre en una constatación de la realidad: todas las grandes y medianas empresas chinas son públicas. Huawei, por ejemplo, no cotiza en bolsa, mientras afirma que sus empleados son sus accionistas.

Sin embargo, John Michael Evans, presidente de Alibaba, ha reiterado por activa y por pasiva a los medios que en su grupo él opera con total independencia del Partido Comunista Chino (PCCh), del que nunca había experimentado interferencias.

Todo resultaba muy persuasivo hasta que en noviembre de 2018 se hizo público que Jack Ma –fundador de Alibaba- pertenecía al PCCh. Por otra parte, y como es bien sabido, las empresas chinas han de tener un número de células comunistas fijo en relación con su número de empleados.

O sea, que en China no hay empresas privadas de importancia.

Las grandes no toman decisiones sin el visto bueno del PCCh y obtienen además financiación oficial, procedente del opaco sistema financiero chino y, en consecuencia, cuando salen al exterior se ven sometidas a riesgos mucho menores a los que afrontan sus homólogos de Occidente. El mercado, tal y como lo entendemos en Occidente, para la política económica china tiene un interés secundario.

¿Qué papel se le reserva pues?

La clave es introducirse en los mercados internacionales para, en una segunda fase, controlar algunas de sus estructuras económicas clave. Pueden hacerlo gracias a que el Ejecutivo chino dispone de una ingente cantidad de liquidez.

Según datos de julio de este año, las reservas de divisas chinas alcanzan los 2.775 billones de euros. ¿Qué supone eso para China?

En primer lugar, actuar como el gran inversor internacional que es. Tales reservas permitían al presidente de la República Popular de China, Xi Yinping, que también es el secretario general del PCCh, anunciar hace seis años, en 2013, el lanzamiento de dos proyectos: la Franja Económica de la Ruta de la Seda (terrestre) y la Ruta de la Seda Marítima. Ambos comparten el mismo objetivo: la expansión de las infraestructuras chinas y de sus iniciativas de inversión.

¿De qué manera?

Conectando al gigante asiático con el resto del globo mediante una enorme red de puertos, carreteras, aeropuertos y ferrocarriles; por supuesto, también a través de redes 5G y de la futura 6G. El presupuesto total supera los 800.000 millones de euros. Es uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos jamás concebidos.

¿Hablamos de un proyecto o de dos?

Los dos proyectos -el terrestre y el marítimo- han pasado a concebirse como dos facetas de uno solo; y por tanto se les ha dado un único nombre: la Nueva Ruta de la Seda. Hoy con más frecuencia denominada por su nombre en inglés, The Belt and Road Initiative (BRI).

¿Es un proyecto a corto plazo?

Pekín realiza estas inversiones no para obtener beneficio económico inmediato, sino para lograr el control de dos inmensas vías de tráfico internacional, que son de uso común por numerosos Estados y grandes compañías del planeta, y llegar así hasta el Océano Atlántico, en cuyas dos orillas encuentran los mercados más productivos para la venta de sus productos.

¿Son solo negocios o hay algo más?

Este componente económico podría tener valor también por sus capacidades estratégico-militares. Por ejemplo, un puerto profundo, que recibe pesados portacontenedores, de igual modo podría albergar submarinos u otros buques militares. Por ello, desde el punto de vista estadounidense, indio, japonés y francés, la voluntad china suscita preocupación geoestratégica.

¿También para la Unión Europea?

Para la Unión Europea, como para el resto de Occidente, China, además de ser un interlocutor para cooperar y un socio comercial, es un rival sistémico en asuntos de gobernanza. La UE, en pocos años, ha pasado de una postura más posibilista y abierta a otra más escéptica, vistos algunos efectos de la Ruta de la Seda como instrumento de control, también político.

Sin embargo, la China de hoy no es la China de Mao.

Mao fundó la China comunista en 1949 y la gobernó con puño de hierro hasta su muerte en 1976. El maoísmo había semidestruido China mediante el Gran Salto Adelante (1958-1961) y la Revolución Cultural (1966-1976), que costaron decenas de millones de vidas. Estas políticas provocaron el hundimiento de la economía y de la cultura nacional; también de la iniciativa individual, paralizada por la imposición del terror público.

Y en eso llegó Deng Xiaoping.

Líder del PCCh desde 1978 hasta al menos 1992. Deng entendió que era preciso sacar a la población del pozo de pobreza donde se ahogaba. Convenía alentar las opiniones de los técnicos, impulsar a una cierta economía privada y estimular la iniciativa empresarial y comercial individual, incluida en el ADN chino desde hacía tres milenios.

A la vista de los resultados, la política de Deng Xiaopin ha superado todas las expectativas.

China ha logrado durante los últimos treinta y cinco años crecimientos económicos inéditos, derivados del comercio exterior de todo tipo de productos: desde los que conforman el mundo de los bazares hasta la más alta tecnología.

Cifras, cifras.

Entre 1978 y 2018, el Producto Interno Bruto de China pasó de 150.000 millones de dólares a 12.240.000 millones de dólares, según datos de la ONU. Al mismo tiempo, han sacado de la pobreza a 740 millones de personas y creado una clase media de más de 300 millones de personas.

Hasta aquí la cara de la moneda. ¿Y la cruz?

China no ha renunciado a la dureza ideológica, la cual sigue estructurando la nación, quedando salvaguardada por una Seguridad del Estado omnipresente y una justicia ajena a la división de poderes. Por si fuera poco, desde Deng Xiaoping y hasta el día mismo de hoy, China carece de una Seguridad Social comparable a la europea -también en lo relativo a pensiones- y paga unos salarios ínfimos.

¿Y por lo que respecta a sus relaciones comerciales con terceros?

China permite que sus fabricantes olviden los derechos de propiedad intelectual de Occidente para así copiar sin cortapisa alguna. Además, las empresas chinas aprovechan la apertura del mercado libre y globalizado, en el que actúan con entera libertad, para desarrollar su trabajo y vender sus productos, en tanto que las empresas extranjeras, incluidas las españolas, sólo pueden acceder a áreas limitadas del antiguo Imperio del Centro.

Con el añadido a su favor de que las chinas son empresas estatales, controladas por el PCCh.

Su naturaleza pública permite concluir que actúan como cauces no sólo de la política económica oficial, sino de la más densa y permanente política exterior del país. Es evidente su interés en reforzar su soberanía en el Pacífico, lo que alarma a los Estados democráticos asiáticos, entre ellos Japón, país con el que mantiene conflictos territoriales.

También multiplica su presencia naval en el Mar de la China, tanto al norte como al sur.

Lo que suscita nuevos interrogantes a sus vecinos, a los que también se enfrenta en discrepancias territoriales. En el Océano Indico, China cuenta con el respaldo de una armada cada día más potente, lo que inquieta -entre otros- a la India. En este último contexto China ya controla el principal puerto pakistaní.

Para control, el que ejerce en el África Subsahariana.

Una de sus fuentes de materias primas hoy. Allí ha construido numerosos Palacios del Pueblo o centros públicos de convenciones para los actos de los antiguos partidos únicos nacionales. Su avance en Iberoamérica resulta igualmente notable.

¿Y en España?

España no ha firmado formalmente su participación en la Nueva Ruta de la Seda. Sin embargo, en la práctica somos un interlocutor favorable.

Supongo que el excelente emplazamiento de la Península Ibérica hace que China muestre un especial interés geopolítico por España.

Nuestro país ocupa, como es sabido, la intersección entre el oeste atlántico, que conecta con las Américas, y el este mediterráneo, abierto hacia Suez y el área indo-pacífica; entre un norte, que apunta hacia los grandes puertos europeos, y un sur, que lleva la mirada a África desde la Península y las islas Canarias.

Todo indica que China quiere hacer de España su gran centro de operaciones -en principio, económicas- con el resto de Europa.

Desde aquí buscan llegar al resto de la UE, al Atlántico, al norte de África y al África Subsahariana y al conjunto del Mediterráneo, hasta el Mar Negro, Oriente Medio y Suez.

¿Y Rusia? ¿Dónde queda Rusia en todo esto

China y Rusia han sido enemigos durante años. En 1969 los ejércitos chinos y de la URSS se enfrentaron en una dura batalla fronteriza a lo largo de meses. Aquello marcó las relaciones entre ambos países en los decenios siguientes, reflejo de la distancia entre la Revolución Cultural de Mao, que transcurrió de hecho desde de 1966 hasta la detención de la Banda de los Cuatro en 1976, y el presunto revisionismo comunista de la URSS.

Más de medio siglo después, aquellos enemigos en tensión militar parecen haberse convertido en excelentes amigos con Xi Yinping y Vladimir Putin.

Ambos líderes afirman haberse reunido una treintena de ocasiones a lo largo de los últimos seis años. En el pasado mes de junio, en una cumbre bilateral, que quisieron celebrar ante las cámaras de todo el mundo en San Petersburgo, firmaron alrededor de treinta acuerdos y prometieron reforzar la cooperación entre los dos países.

El ambiente lo marcaron las siguientes palabras del presidente chino: “Rusia es el país que más veces he visitado, y el presidente Putin es mi mejor amigo y colega; hemos logrado llevar nuestra relación al nivel más alto de nuestra historia”.

China no ha criticado la anexión rusa de Crimea. Durante la cumbre de San Petersburgo, Putin ofreció a Xi la posibilidad de establecer a través de Huawei la red 5G de toda Rusia.

En esa cumbre misma Putin aseguró: “Estamos listos para ir de la mano con ustedes”.

Ambos líderes comparten un análisis común sobre las tensiones en Corea, Venezuela y Siria. En paralelo, y en el marco de la iniciativa de la Franja y la Ruta, Pekín ha invertido 373 millones de dólares en la construcción de su parte de un puente sobre el río Amur, destinado a unir la provincia de Heilongjiang con la ciudad fronteriza rusa de Blagoveshchensk. A China le interesa el petróleo, los minerales y el mercado ruso.

¿Y a Rusia?

Rusia, que prácticamente rompió con Occidente tras su invasión de Crimea en 2014, por lo que se encuentra sometida a sanciones de las ONU y de la Unión Europea, ha decidido pasarse con armas y bagajes al bloque de los contrincantes sistémicos de Occidente. La alianza creciente de Rusia con China, que va más allá del plano económico, pudiera adentrarse también en el terreno militar.

¿Tal y como vimos durante las maniobras Vostok-2018?

En efecto, el pasado año, en el este de Siberia, y en un momento de elevada tensión con la OTAN, Rusia desplegó 300.000 soldados, 36.000 tanques y vehículos armados, más de 1.000 aeronaves y 80 buques de guerra. Fueron uno de los ejercicios militares más impresionantes de los que se tenga registro histórico. La novedad ha sido que China participó en estos ejercicios con 3.200 soldados, más blindados y aviones. Mongolia, por su parte, entró con algunas unidades militares.

Esta nueva cercanía entre Pekín y Moscú…

…significa un entendimiento en contra de Estados Unidos, pero, sobre todo, es una puesta en cuestión rusa y china del orden liberal establecido desde Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, cuyos pilares son la democracia representativa y el Estado de Derecho, los derechos humanos, la comunidad de defensa y la libertad de mercado.

¿Podemos, en definitiva, hablar de un plan secuenciado?

Que consiste, sí, en promover intercambios económicos, construir y/o controlar infraestructuras bajo su dominio para facilitar dichos intercambios y fomentar las inversiones masivas en sectores estratégicos. Una vez adquirida la posición de fuerza, comienzan las presiones diplomáticas y políticas para incidir sobre la capacidad de decisión de los Estados en beneficio de la autocracia china. En síntesis, subvertir las dinámicas de liberalismo empleando la propia lógica liberal.