Ser conservador es el nuevo punk.
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J. Santamarta: “¿Que España ha llegado siempre tarde? Que me digan adónde”

Tiene publicados dos libros: Siempre tuvimos héroes y Siempre estuvieron ellas. El primero trata de la impagable aportación de España a la acción humanitaria y el segundo es una galería histórica de españolas memorables. La suma de personajes que desfilan por uno y otro título no es numerus clausus, sino apertus. Es decir, son todos los que están, pero no están todos los que son. Hay otros, muchísimos otros, esperando ser rescatados de los archivos y, con las adecuadas técnicas de promoción, lanzados al estrellato.

La española cuando guerrea… ¿es que guerrea de verdad?

Las mujeres en España siempre han sido de armas tomar y han tomado las armas cuando ha sido necesario. Durante la guerra contra el francés -o la francesada, como la llamó Unamuno-, las españolas asombraron a las legaciones diplomáticas. En Madrid, el 2 de mayo, salieron a la calle con tijeras, cuchillos de cocina… A los franceses les llovieron macetas, muebles…

Compatriotas nuestras no solo las ha habido en esa guerra y no siempre arma en ristre. Por ejemplo, Sofía Casanova.

La primera corresponsal de guerra española. La contrató Torcuato Luca de Tena para ABC, cuando estalló la I Guerra Mundial. Sofía empezó a enviar sus crónicas desde Polonia, teatro de operaciones entre alemanes y rusos. Acabaría en Rusia, donde llegó a entrevistar a Trotski. Durante la II Guerra Mundial, siguió enviando crónicas. Si algo fue, es anticomunista. Pero no por eso dejó de contar las atrocidades del otro bando. Siempre se negó a que la atrajesen a causa alguna.

Hay quien le disputa a Sofía Casanova ser la primera corresponsal: Carmen de Burgos.

Carmen de Burgos fue la primera periodista profesional. Pero nunca estuvo contratada como corresponsal de guerra. Es verdad que, enviada a Málaga para conocer las actividades de Cruz Roja, cruzó hasta Melilla. Allí quiso visitar el frente y allí se encontró con una situación de combate de la que salió airosa y la cual contó con su magnífica prosa.

Otra que dejó brillante registro de sí y de sus peripecias fue Egeria.

Hispanorromana del siglo IV a la que Menéndez Pidal se refiere como nuestra primera literata. Egeria peregrinó a los santos lugares. Su viaje no fue estrictamente ni de placer ni religioso (aunque iba con su Biblia), como refleja su itinerario, repleto de consejos, pensamientos, curiosidades, críticas…; itinerario, por cierto, del que conservamos gran parte.

Más completas todavía están las obras de María de Zayas.

Una de las grandes literatas del Siglo de Oro. Como Egeria, nada pacata. En la introducciones a sus obras hace alegatos para que se reconozca el acceso a la mujer a la educación y la cultura. Lo que no significa ni que todos los hombres tuviesen acceso -los había que se deslomaban en el campo- ni que todas las mujeres lo tuviesen vedado.

Entre estas, Isabel la Católica.

Fue la primera reina que formó una corte de damas, donde se fomentó la imprenta y la lectura. Un Luis Vives y un Tomás Moro se sorprendieron con el nivel cultural de Isabel y de sus hijas.

Isabel gozaba también de talento político; igual puede decirse de Malinalli o doña Marina.

La primera novohispana. Habría muchos más, claro. Al fin y al cabo, España es heredera de Roma. Y si uno de Emerita Augusta era ciudadano romano, ¿por qué no habría de ser español uno de Tlaxcala? El papel de intérprete de Doña Marina fue clave para que Cortés conquistara México, una epopeya a la altura de Alejandro Magno. No solo hizo de intérprete. En muchas representaciones, incluso aparece Doña Marina en combate, con un escudo, al lado de Cortés.

De nuevo las españolas en guerra o, si se prefiere, en la guerra.
Fotografía: Fernando Díaz Villanueva

Ejemplo de eso último es Carmen Angoloti, duquesa de la Victoria, una de las aristócratas a la que la reina Victoria encargó la creación del cuerpo de damas de la Cruz Roja. Carmen, como el resto de aquellas mujeres, no tenían ninguna necesidad.

Sin embargo…

Allí se fueron, a la Guerra del Rif, en primera línea, a cuidar a los heridos y a lavar los cadáveres hasta hacerlos reconocibles para poderlos enviar a España de la manera más honrosa. Indalecio Prieto, que de monárquico no tenía mucho, elogia la labor de estas damas en un discurso en las Cortes, después de haber visitado el frente en comisión parlamentaria.

Ya podría don Inda también haberse deshecho en elogios, igualmente desde su escaño, con Clara Campoamor, campeona del sufragio femenino.

Clara Campoamor no era del agrado de Indalecio Prieto ni de Manuel Azaña. En general, no era del agrado de la izquierda, que creía que las mujeres votarían lo que les dijesen sus maridos y los curas.

¿En tan poca consideración las tenían?

En tan poca, sí, pues culparon de la derrota en las elecciones del 33 al sufragio femenino, nunca al fraccionamiento de la izquierda.

 Otro nombre de mujer que parece incomodar a la izquierda es el de Mercedes Formica.

A una parte de la izquierda. Porque mientras Kichi, el alcalde de Cádiz, mandó retirar el busto de Mercedes que había allí, Manuela Carmena, ex alcaldesa de Madrid, le puso una más que merecida calle en la capital.

¿Por qué la disparidad de criterios, al menos en este punto?

Porque para Kichi Mercedes Formica era solo una falangista. Y es verdad que lo fue, pero de la Falange de verdad, la de José Antonio, la de antes del decreto de unificación, la Falange de la primera hora, los camisas viejas, la conciencia social y el pensamiento revolucionario.

 Eso respecto a Kichi. ¿Y Carmena?

Para ella Mercedes Formica es de las primeras mujeres que estudia Derecho, colegiándose como abogada en Madrid. Pero no solo eso. Formica también se preocupa por la cuestión de la violencia doméstica. ¿Qué ocurre cuando un marido maltrata a su mujer? Que se le da la razón a ella, pero el domicilio conyugal pertenece a él. Con lo que a la mujer se le depositaba en casa de sus padres o en un convento. Mercedes lucha para acabar con la injusticia.

Con grandes resultados.

Logra llegar hasta Franco. Franco sería un dictador, pero también era persona. Quiero decir con esto que venía de un hogar con un padre que golpeaba a la madre y hacía burlas de su hijo. Esa realidad le afectó mucho. Sabía, por tanto, de lo que hablaba Formica. Por eso apoyó la reforma legal. La reformica, como se la llamó, haciendo un tosco chiste.

Una adelantada a su tiempo, esta Mercedes Formica, igual que Ángela Ruiz Robles, solo que en otro orden de asuntos.  

Ángela fue una maestra rural leonesa, afincada en Galicia desde 1928. Cansada de ver a los chicos cargar con los libros del pueblo a la escuela, piensa que tiene que haber algo más práctico y diseña lo que ella llama una enciclopedia mecánica, patentándola nada menos que en 1949.

¿Algo así como el precedente del libro electrónico?

¡Y de la tablet también! El prototipo final, fabricado en los astilleros de Ferrol y que hoy puede verse en el Museo de La Coruña, lo quisieron comprar los americanos. Pero Ángela dijo que de España no salía. Aquí no se comercializó por falta de fondos. Pero llegó a haber un reconocimiento del Ministerio de Educación y Cultura.

Para reconocimiento, su libro Siempre estuvieron ellas, donde reivindica a Ángela Ruiz Robles, al resto de mujeres de las que hemos hablado y a alguna más.

Todas ellas -¡y tantas otras!- permanecen ocultas, que no escondidas, esperando ser reivindicadas, no para la ideología, sino para la historia. ¿Que las mujeres han estado muy condicionadas? Pero en todo el mundo, no solo en España. De hecho, aquí es quizás donde menos. Hablábamos antes del voto femenino.

Efectivamente.

Pues bien, llegó antes a España que a Francia, Italia o Suiza. Nuestro problema es que solemos pensar que determinadas situaciones históricas solo las ha habido en España.

¿Por ejemplo, la Inquisición?  

Por ejemplo. Inquisición hubo en toda Europa, no solo en España, con la diferencia de que aquí fue residual.

¿Y la caza de brujas?

También fue residual, en buena parte gracias al burgalés Alonso de Salazar y Frías. Un inquisidor, precisamente. Pero es que la Inquisición española tenía mucho de garantista. Entre eso y que España ha sido siempre un país muy burocratizado, con grandes cuerpos de funcionarios, pues queda registro de todo. Sin ir más lejos, del célebre proceso de las brujas de Zugarramurdi.

Esas sí que ardieron en la hoguera.

Porque a Alonso de Salazar le envían a Logroño a ver qué escándalo es ese cuando ya es demasiado tarde. No puede salvar a las brujas de la hoguera, pero sí establece un planteamiento de lógica deductiva, casi detectivesco: si el diablo existe, tiene cosas más importantes que hacer. Eleva sus conclusiones a la Suprema de la Inquisición y, a partir de entonces, se acaban los procesos de brujería en España.

Mientra, en otros países…

Siguieron ardiendo por miles. En la protestante Alemania, por ejemplo. O en la calvinista Suiza, donde algunas sentencias obligaban a los padres a constituirse en brazo secular de la Inquisición, matando a sus hijos, supuestamente embrujados. O en la puritana Salem, en Massachusetts, entonces colonia inglesa.

Ojo, que como siga por ahí le van a acusar de blanquear nuestro pasado, siquiera por la vía de la comparación.

¿Que España ha cometido burradas? Como todos los países. Pero ¿y las primeras Cortes o Parlamento -León, 1188- y la primera universidad -Salamanca- conocida con tal nombre? Para que luego digan que llegamos siempre tarde. ¿Tarde? ¿Adónde, exactamente? Por no hablar de los muchos hospitales que fundamos, junto con decenas de universidades, llevando también la imprenta a América.

Lo de los hospitales podemos clasificarlo en eso que ahora se llama acción humanitaria, área en la que tampoco somos unos primerizos.

La primera expedición filantrópica de la historia -la expedición Balmis- es española. Dio la vuelta al mundo de 1803 a 1806, con el propósito de que la vacuna de la viruela alcanzase todos los rincones del imperio. Sufragada con fondos públicos, contó con el apoyo expreso de Carlos IV.

Un rey tremendamente impopular, igual que Alfonso XIII, quien, curiosamente, también demostró una preocupación humanitaria.

La labor de Alfonso XIII al frente de la Oficina Pro Cautivos durante la I Guerra Mundial fue tal que le valió su nominación al premio Nobel de la Paz. Al estallar la guerra, empiezan a llegar al Palacio Real cartas del extranjero, de un lado y del otro.

Fotografía: Fernando Díaz Villanueva
Supongo que de familiares y allegados de combatientes preguntándose por el paradero de estos.

Uno de los que escribe preocupado por el destino de su hijo es Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura.

La pregunta es por qué las cartas iban dirigidas a Alfonso XIII y no, en este caso, a Jorge V.

Porque la guerra interrumpe las comunicaciones en los países beligerantes (España, como se sabe, era neutral), algo que no cuenta del todo bien Hollywood. Por ejemplo, en 55 días en Pekín vemos a David Niven en el papel de embajador británico y pensamos: ¡qué héroe!

¿Y no?

Sí, solo que el embajador era en realidad español: Bernardo Cologán. Volviendo a la Oficina Pro Cautivos, esta ocupaba un pequeño espacio en el Palacio Real, con un reducido número de funcionarios y el cuerpo diplomático como informador. Lo que no significa que contase con una partida de los presupuestos del Estado. Se trató de un empeño personal del rey, que lo financió de su peculio.

Ateniéndonos a su fama, su mala fama, quién lo diría.

La mayoría de los reyes en España han pasado a la historia con sobrenombre. Alfonso XIII también: el Africano.

Eso no rememora una gesta, sino un desastre.

El primero de muchos. Luego vendría la dictadura de Primo de Rivera, la salida del rey, la llegada de la República, el estallido de la Guerra Civil…

Súmese a eso, insisto, su mala fama.

Que si era un vago y un frívolo, que si coleccionaba cintas porno, que si huyó de España como un cobarde… Y junto a eso, su lado positivo: la Oficina Pro Cautivos. Todos somos poliédricos. Alfonso XIII también.

La pregunta es quién se acuerda de lo bueno.

Recientemente, una exposición en el Palacio Real. Y mucho antes, los franceses que le recibieron como a un auténtico héroe en los muelles de Marsella e igual los ingleses en la estación Victoria de Londres. Y eso que su labor humanitaria durante la Gran Guerra no entendió de bandos.

Contó con tipos de rompe y rasga: Fidel Pagés, por ejemplo.

El inventor nada más y nada menos que de la anestesia epidural.

Pagés no ha sido el único médico militar que ha dejado el pabellón español bien alto por el mundo.

“No hay un puñado de tierra/ sin una tumba española”, dice la oda al 2 de Mayo. España ha estado representada de manera excepcional por los militares de muchas maneras, no solo por las armas.

En fechas no demasiado lejanas…

Decimos misión humanitaria y lo primero que pensamos es Bosnia. Pero en los 80 nuestras fuerzas armadas ya se la jugaban en zonas catastróficas o de conflicto. Y antes también: Vietnam. Se habla poco de los equipos médicos que, en repuesta a la petición de Johnson de unir banderas frente a los comunistas, Franco envió a Vietnam. Fueron varios reemplazos de 12 y regresaron todos. Se ganaron el respeto de los americanos y también del Vietcong.

Hazaña, en efecto, desconocida, a pesar de que vivan algunos de sus protagonistas.

Cuando le pregunté a Antonio Velázquez -hoy general en la reserva, teniente cuando lo de Vietnam- por qué fueron allí y cómo logaron regresar todos, se limitó a contestar: “España nos dijo que había que ir y España nos dijo que había que volver. Eso hicimos”. Así son nuestras fuerzas armadas.