Historias que harán que el café se te quede frío.
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Grover Norquist: cómo ahogar al Gobierno en una bañera

Grover Norquist durante un evento del Instituto Goldwater, en Phoenix (Arizona). | GAGE SKIDMORE

 

Recuerdo una ocasión en la que Grover Norquist visitó Madrid, y se reunió con un grupo de sospechosos habituales, entre los que me encontraba yo. Durante la reunión, Norquist nos contó con entusiasmo lo que ya sabíamos sobre su labor en Washington. Sus ojos brillaban tras sus gafas, y no se le cayó la sonrisa ni un segundo.

En un momento, nos dijo “¿por qué no ponéis en marcha un juramento como el nuestro? Haced prometer a los políticos que no volverán a subir impuestos“. Recuerdo que le expliqué que el sistema político en España es muy diferente. En los Estados Unidos, los partidos políticos son meras plataformas electorales que tienen unas pocas ideas como nexo en común. Abren un proceso competitivo de candidatos, y el vencedor de las primarias se presenta ante los electores. Son éstos los que le votan directamente, no como parte de una lista. De modo que allí el poder va de abajo arriba.

En España es al revés, le dije. El líder del partido elabora listas para cada circunscripción, y los electores sólo eligen cuál es el último nombre de esa lista que entra en el Congreso. Una vez constituido el Congreso, son los diputados, es decir, los hombres y mujeres que él mismo ha elegido y ha colocado como legisladores, quienes le eligen a él como presidente, y quienes tienen la complicada misión de decir “sí” a todo lo que diga el líder. Un líder, por tanto, que impondrá la política que más le convenga en cada momento. Aquí, en España, el poder va de arriba abajo. Nunca olvidaré su cara de desconcierto. Aunque también puede que el estupor lo produjera mi inglés. Afortunadamente, no fui el único en intentar explicarle cómo nos las gastamos aquí. Desconozco si ha vuelto a pasarse por España.

Americans for Tax Reform

Norquist dijo en una ocasión que quería lograr que hubiese “un Gobierno tan pequeño que pueda ahogarlo en una bañera”. Un objetivo loable, vive Dios, pero que está sólo al alcance de un hombre como él, con un entusiasmo desbordante y contagioso, y con una claridad de ideas sobre cómo funciona la política en los Estados Unidos que no todos poseen. Pablo Pardo, en el mayor éxito periodístico de su carrera, entrevistó a Grover Norquist en 2004, y el activista (nacido en Wenton, Massachusetss hace 62 años), dijo cosas que nos hicieron abrir la boca a todos: “Cada año mueren dos millones de personas que combatieron en la Segunda Guerra Mundial y que vivieron la Gran Depresión. Esa generación ha sido una excepción en la Historia de EEUU, porque ha defendido políticas antiamericanas. Ellos votaron por la creación del Estado de Bienestar y por el servicio militar obligatorio. Ellos son la base electoral demócrata. Y se están muriendo”. Qué cara se le debió de poner a Pardo al escucharle, sólo nos lo podemos imaginar.

Página web de Americans for Tax Reforms.

Lo cierto es que por lo que se refiere a su capacidad para cambiar la política de los Estados Unidos, su influencia está por encima de cualquier legislador, y empieza a medirse con la de los presidentes. Norquist es el creador de Americans for Tax Reform, una organización cuya misión principal es evitar que suban los impuestos y, a ser posible, que se rebajen. Su principal instrumento es el Juramento de Protección del Contribuyente, una promesa firmada por parte de los legisladores de que nunca votarán un aumento de impuestos. En este momento lo han firmado 44 senadores (la mayoría de la Cámara está en 50), 209 miembros de la Cámara de Representantes (la mayoría está en 218) y 12 de 50 gobernadores de Estados. Los demócratas le odian, porque el juramento les impide llegar a compromisos con sus colegas republicanos en el Capitolio. Es decir, les impide obligarles a que suban los impuestos a familias y empresas.

La estrategia de Norquist de dejar hambrienta a la bestia está muy bien, pero no es suficiente. El motivo es que, como explicó David Ricardo hace 201 años, el gasto público es el verdadero impuesto. Y el gasto sigue creciendo, con hambre atrasada. En 1994, cuando Newt Gingrich, Grover Norquist y demás republicanos le aguaron la fiesta a Bill Clinton y controlaron la Cámara de Representantes (la guardiana del dinero), el gasto público total en los Estados Unidos era de 2,5 billones de dólares. Hoy ronda los 6,5 billones, es decir, millones de millones. Mientras, los Estados Unidos acumulan una deuda pública total que supera el 120% del PIB. Todo el gasto se acabará pagando, con ahorros futuros, con impuestos futuros, o con inflación. Pero se pagará.

Leave us alone

Pero es cierto que la presión de un Congreso de mayoría republicana (más la inoperancia de Obama), han contenido el gasto público en la última década. Y eso es gracias en parte a Norquist.

Pero el juramento no es su proyecto político más interesante. Norquist ha logrado crear una coalición de electores de amplio espectro, que tiene el nombre de un grito de orgullo: Leave us alone, dejadnos en paz.

El razonamiento político de Norquist le define con precisión: corta la realidad con un filo aguzado y penetrante, y es eminentemente práctico. Parte de la idea de que hay muchos grupos sociales que no se van a poner de acuerdo sobre cómo sería una sociedad buena, pero sí pueden coincidir en una cosa: que sería mejor si el gobierno les dejase en paz. Y ahí caben los contribuyentes cabreados que representa Norquist, pero también la derecha religiosa que no quiere que el Estado o el Gobierno federal se meta en asuntos familiares y morales, homosexuales que buscan exactamente lo mismo, dueños de armas que no quieren que el Gobierno viole la Segunda Enmienda o padres que quieren educar a sus hijos en casa.

Espíritu norquistiano

Como dijo hace 11 años en nuestro país: “Si preguntas a 100 personas ¿por qué no votas a la izquierda?, lo más seguro es que obtengas 50 ó 60 respuestas distintas. Está bien. No es necesario que todo el mundo esté de acuerdo en por qué votan al mismo candidato. Lo que es necesario es que todo el mundo vote en contra del otro candidato, y por tanto a favor de la alternativa”.

No hay una jerarquía. Todos ponen en común ideas y proyectos para lograr una mayor libertad. “Teníamos 15 personas en los comienzos; 40 en 1994, 60 en 1996, 80 en 2000, y hoy hay 120 personas en la habitación, alrededor de una gran mesa”, nos dijo entonces. Cómo es posible que Hazte Oír y organizaciones liberales LGTB no hayan dado contenido a una coalición igual en España, solo Dios lo sabe. Pero Norquist lo propuso.

El Tea Party es un movimiento muy heterogéneo, pero en parte refleja ese espíritu norquistiano, ese orgullo entre desenfadado y arrogante que le dice al poder que no se meta en sus asuntos, gracias.

Una coalición de mamones

La alternativa es inviable. La alternativa, como dice Norquist, es una coalición de mamones [coalition of takers]. Todos quieren sacarle el máximo provecho a la ubre del erario público, y poner su apabullante poder al servicio de sus intereses, contrapuestos a los del resto de mamones. Así no hay quien pueda.

“Los progresistas ven al Gobierno como los niños a Santa Claus“, dice Grover. Rojo y gordo, cabe pensar. Y está bien visto; le rebosan las lorzas e impone a la sociedad una visión del mundo colorada como un tomate, que es lo que le beneficia. Sólo que, a diferencia de los niños, los progres cuando se hacen mayores “no se dan cuenta de que Santa Claus es ficción”. Y que los que son de verdad son los Reyes Magos, aunque esto no lo llega a decir el bueno de Norquist.

Norquist es un conservador casado con una mujer musulmana. Uno de sus múltiples proyectos políticos pasa por mejorar la imagen que tienen sus compatriotas de los seguidores de Alá. Quizás el más complicado de sus numerosos objetivos políticos. Es también directivo de la Asociación Nacional del Rifle.

Una vida dedicada a lograr que los políticos no decidan por nosotros

Para Norquist, el futuro esplendoroso que ha estado predicando décadas ha llegado de la mano de Donald Trump. Y eso que Trump para él no tiene mucha importancia; fijarse en su elección es “como ver los árboles pero no ver el bosque”. Este árbol “es de lo más especial. ¡Tiene el pelo naranja! Pero es sólo un árbol”, le dijo a Jonathan Ernst, en una metáfora desastrosa.

Pero Grover no se dedica a la literatura, sino al análisis político. Y es de los que saben separar el grano de la paja. Para él todo de lo que hablan los medios, los tiros en el pie del propio Trump con sus comentarios ruines en Twitter, la histeria sobre la influencia de Rusia en las elecciones presidenciales, el ‘impeachment’ y su posible auto perdón, el nativismo y el nacionalismo rampante… Todo eso no tiene importancia. Lo importante son las medidas que cambian la vida de la gente.

Norquist, que ha dedicado su vida a lograr que los políticos no decidan por nosotros, ha dado con un presidente que ha impulsado una desregulación que sin duda es lo mejor de los dos años que lleva en la Casa Blanca, y una importante rebaja de impuestos. No está nada mal.