Ser conservador es el nuevo punk.
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Fabrice Hadjadj, todo lo que de carne hay en el espíritu

Si tomas un libro cualquiera sin fijarte en el autor, lo abres al azar y encuentras una defensa del valor metafísico del eructo, empiezas a sospechar. Si unas páginas después topas con una explicación de cómo la erección es trascendente en su verticalidad, ya puedes apagar cualquier rescoldo duda: estás leyendo a Fabrice Hadjadj.

El filósofo francés (aunque luego veremos la coctelera de su estirpe) lleva unos años, y otros tantos títulos, desplegando un estilo teológico de sello inconfundible; una prosa que deliberadamente opta por el género menor para asaltar los temas mayores. Esa es, posiblemente, su característica definitoria: la absoluta falta de decoro a la hora de mezclar en la misma página… Qué digo en la misma página, en la misma línea, lo más espiritual con lo más terrenal. Para él, la línea que separa las dos esferas está agujereada; y por esos agujeros se cuela Hadjadj y va de lo terrenal a lo espiritual y viceversa con una desenvoltura por la que se le reconoce.

Siguiendo un ánimo paradójico que seguro aprobaría, diremos que su obra es un constante afán de escarbar para llegar al cielo. En una entrevista concedida a Fabrizio Rossi, cita al poeta Yves Bonnefoy para reivindicar que la trascendencia es lo más ordinario que hay; después recalca: “Todas las cosas son signos y remiten a algo que está más allá de ellas mismas. Incluso las raíces de una pequeña flor como el diente de león se hunden en el Misterio”. No hay un hiato entre el cielo anhelado y el mundo indeseable, sino una continuidad más o menos desapercibida. Bien visto, todo transparenta a Dios, y la obra de Hadjadj es un constante ejercicio de enfoque para que esa presencia sea vista con nitidez.

El enemigo, el gnosticismo

Y si algo, incluso dentro del catolicismo, ha estado siempre en entredicho por ser demasiado terrenal; si algo, amén del demonio y el mundo, guerrea con el alma, es nuestro cuerpo serrano, de tan dudosas inclinaciones. Desde La profundidad de los sexos. Por una mística de la carne (Nuevo Inicio, 2010), Hadjadj dejó claro que él había venido a reivindicar esta carcasa que excreta, suda y pasea por el mundo sus fluidos; pues si Cristo se encarnó, por algo sería. Así, los libros de Hadjadj son de un catolicismo muscular, óseo, visceral y palpable. Lo ha dicho en varios momentos: el enemigo del cristianismo no es el ateísmo, sino el gnosticismo, entendido como una tendencia a considerar que sólo es bueno, bueno espiritualmente, lo descarnado. Supongo que, si ha tenido la suerte de leer a Unamuno, asentiría al llegar a aquello de que “gracias al amor, sentimos todo lo que de carne hay en el espíritu”.

Desde la Humanae vitae, publicada en 1968, ha habido un intento por parte de la Iglesia de entender la sexualidad como un instrumento de la Gracia y no tanto como aquello necesario pero indeseable que se hacía cuando los curas no miraban. Dentro de esa línea iniciada por Pablo VI y continuada por la teología del cuerpo de Juan Pablo II, Hadjadj es, sin lugar a dudas, la cabeza más visible y prolífica. Ya no sería cuestión de considerar el sexo como algo tolerado a regañadientes por Dios –tampoco como un ramalazo de nuestra animalidad–, sino de celebrarlo como algo fervientemente querido por Él, incluso un reflejo de su misterio trinitario. Lejos quedaría san Agustín y su defensa del matrimonio como una forma, no perfecta pero tolerable, de vallar la concupiscencia.

Sin embargo, según señala Enrique García-Máiquez (quien más y mejor ha escrito en nuestro país sobre el francés), puede que esa reivindicación de lo sexual le venga de casta al galgo. El propio Hadjadj recoge la siguiente cita de Rozanov: “Todo pensamiento referente al sexo despertaba en el semita el pensamiento de Dios”. Y él, hijo de judíos de origen tunecino, ha dedicado buena parte de su obra a sacar al sexo de dos emboscadas. La primera tendida por la propia beatería espiritualista que sueña, siempre para nuestra salvación, con un mundo de castrados. La segunda por la propia modernidad, que lo ha desarmado y descafeinado hasta el punto de convertirlo en un pasatiempo ligeramente antihigiénico.

“La palabra en carne, en hueso y en espíritu”

Y si Hadjadj se mete en este charco y en cualquier otro que encuentre, es porque tiene el desparpajo y la impertinencia del converso. Siempre se ha mostrado reticente a relatar su conversión porque, asegura, no le gusta “ser anecdótico y retrospectivo”. Pero, como a nosotros nos encanta, diremos que con 25 años, habiendo mamado las simpatías maoístas de sus padres y respirado las miasmas del mayo francés que aún flotaban en el ambiente parisino, Fabrice era un perfecto ateo; no un indiferente, sino un anticatólico cocido en el caldo nietzscheano.

Con intención de burlarse de la Biblia, cometió entonces el “error” táctico de leerla.  El primer impacto lo sufrió con las lecturas de Isaías y Job (figura a la que posteriormente dedicaría su obra de teatro Job o la tortura de los amigos –BAC, 2015–), ya que ninguno de los dos libros se dejó ridiculizar como él esperaba. Ambos estaban atravesados por un conocimiento profundo de la condición humana y un soplo divino que no pudo soslayar. Luego, para colmo de la insensatez, releyó los Evangelios: “¡Cuánta sencillez unida a tanta profundidad! La palabra de Jesús no era una palabra como cualquier otra: era la palabra en carne, en hueso y en espíritu”.

Su ateísmo, ya renqueante por el contacto con la Escritura, recibe el golpe de gracia unos meses más tarde. Su padre enferma y, rebelándose contra su incapacidad para ayudarle, acude a la iglesia de Sant-Séverin, donde, curioso al menos, había estado burlándose de los feligreses unos días atrás. “Entonces oré y fue una revelación”. Sintió la respuesta, la presencia de Dios que le devolvía la mirada y lo hacía sentir, por primera vez, criatura. Al igual que le sucediera a otros conversos súbitos (de los que ya hablamos en este mismo medio), sintió una enorme paz que descendía y le abrazaba. Una experiencia inefable y definitiva de la presencia amorosa de Dios que marcaría el devenir del joven Hadjadj.

El único Inocente era Cristo

Con todo, aún queda una última experiencia en su proceso de conversión que él considera como signo inequívoco de Dios en su vida. En este caso fue con el juicio de Paul Touvier, quien perteneció a un cuerpo policial filonazi bajo el régimen colaboracionista de Vichy. Como represalia a un atentado de la Resistencia, Touvier fue el encargado de elegir a siete judíos inocentes que serían fusilados el 29 de junio de 1944. Tras un tiempo en la clandestinidad y un perdón parcial en los 70, en 1994 Touvier fue juzgado y hallado culpable de crímenes contra la humanidad.

Por amistad con uno de los abogados del proceso, Hadjadj acudió al juicio. “Vi a ese tipo en el banquillo de los acusados, un tipo como tú y yo”. No vio en aquel hombre al instrumento diabólico que esperaba. Entonces se preguntó si él habría sido mejor; si, en la situación de Touvier, hubiera reaccionado de otra manera; y descubrió que el único Inocente, el único que estaba libre de culpa, era Cristo que “vino para redimirme con toda la humanidad manchada por el mal, para salvarme con todos, víctimas y verdugos”. Un lustro después, cuando Hadjadj entraba en su tercera década de vida, se bautizaba en la Abadía de Solesmes. No supo hasta tiempo después que, precisamente en aquella abadía, Touvier había estado oculto tras la victoria de los Aliados.

Así llegamos, o más bien regresamos, al Hadjadj maduro, padre de familia numerosa, profesor de Filosofía, autor de libros como La fe de los demonios (Nuevo Inicio, 2011), director del Instituto Europeo de Estudios Antropológicos, miembro del Pontificio Consejo para Laicos; llegamos, en definitiva, a una de las voces más escuchadas del catolicismo actual, tanto por estilo como por pertinencia. Su crítica a los nuevos gnosticismos le ha hecho entrar en los debates contemporáneos sobre la familia, el matrimonio homosexual, la reproducción asistida, la ideología de género o el aborto. Impulsado por esa misma inspiración, las ramificaciones de su pensamiento han alcanzado también el transhumanismo y las consecuencias del paradigma tecnocrático.

Preservar lo humano

Ese fue el cometido de ‘La suerte de haber nacido en nuestro tiempo’ (Rialp, 2016). Su germen se encuentra en una conferencia que pronunció para abrir el III Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, que luego desarrolló hasta completar este pequeño libro que condensa su diagnóstico sobre nuestro tiempo. Concretamente, advierte contra la desmaterialización de nuestra vida y la necesidad de redescubrir la carne, especialmente en la mujer, “figura principal del apostolado en tiempos de apocalipsis”.

En esa misma línea va ‘Últimas noticias del hombre (y de la mujer)’ (Homo Legens, 2018), donde se compendia una serie de artículos semanales, aparecidos entre 2015 y 2017, en los que analiza las consecuencias de las tecnologías en la condición humana. Como defiende García-Máiquez en el prólogo, es un formato que facilita el lucimiento del francés: “Este libro es un conjunto de apabullantes ‘sprints’ de un velocista nato”, atina el prologuista.

Como el propio Hadjadj afirma en la introducción, una idea hilvana todos los artículos: la crítica al paradigma tecnológico y a la transformación de la condición humana, ya que empezamos a estar capacitados para cambiar algo que ni remotamente entendemos. Y en la denuncia de ese afán, Hadjadj dice una de las cosas más terribles –especialmente terrible por ser verdadera– que se le recuerdan: “La caridad está llamada a parecer cada día más cruel, la misericordia cada vez menos compasiva”. Y no queda más remedio que así sea porque ha llegado la hora de “predicar que es bueno envejecer, sufrir, morir, nacer del azar de los sexos“. Defender que estamos hechos de carne y que los problemas inherentes a esa condición serán dolorosamente añorados cuando se erradiquen.

Porque, según están las cosas, la tarea de la Iglesia se reduce, cada vez más, “a preservar lo humano“, a proclamar las verdades de Perogrullo, a abanderar una cordura tan elemental que empieza a resultar escandalosa en estos tiempos descabellados. Es Winston en la novela Orwell; y es, por supuesto, Chesterton: “Se encenderán hogueras para atestiguar que dos más dos son cuatro. […] Lucharemos por prodigios visibles como si fueran invisibles. Miraremos la imposible hierba y los cielos con un extraño valor. Seremos de aquellos que han visto y sin embargo han creído“. En esas anda Hadjadj.