Ser conservador es el nuevo punk.
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El taxidermista, el duque y el elefante del museo

 

La pregunta que lo desencadenó todo la hizo alguien en casa de los padres de la ilustradora Ximena Maier, en la fiesta del bautizo del hijo de esta. “¿Es un Benedito?”. Quien hizo la pregunta –Jacobo Fitz James, amigo de Ximena- no se refería a ningún cuadro de la pared. Se refería a una cabra montesa cazada por el abuelo de Ximena y disecada por Luis Benedito, taxidermista del Museo de Ciencias Naturales hace exactamente… la tira de años.

Resulta que Jacobo Fitz James, bisnieto del duque de Alba, había conocido hacía poco al bisnieto de Benedito, el taxidermista. Y aquí habría acabado todo de no llegar esa tarde a oídos de Ximena una historia que casi le deja hablando sola, de lo que le fascinó. Una de esas historias que había que contar, llevase el tiempo que llevase, con palabras pero también con dibujos. La historia del elefante del Museo de Ciencias Naturales. Una gran historia.

Todo empezó durante un safari en África que hizo el duque de Alba y en el que dio muerte a un descomunal elefante. Corría 1913, un tiempo en el que los aristócratas y también los monarcas se hinchaban a cazar elefantes sin tener luego que rendir cuentas a nadie. El caso es que una vez los guías sacaron al elefante los colmillos -el trofeo-, el duque decidió enviar la piel a España, suponemos que no por correo ordinario. Qué buena pieza, debió de pensar el duque, para la todavía incipiente colección del recién inaugurado Museo de Ciencias Naturales, del que era patrono.

¿Sabe usted con quién está hablando?

Cuando tras un largo viaje por mar la piel finalmente llegó a su destinatario, Luis Benedito, este en lugar de preguntarse qué hacer con todo ese mazacote acartonado, pide permiso al director del museo para ponerse manos a la obra; permiso que le fue denegado. Ni hay tiempo, ni hay espacio, ni hay dinero, tres impedimentos que a Benedito no le apearon de su determinada determinación, como tampoco le apeó ver cómo guardaban la piel en una caja y la guardaban en un almacén.

A la espera de que soplaran tiempos más propicios, Benedito volvió a sus quehaceres habituales: por las mañanas, disecar mamíferos para las colecciones del museo, con tanta profesionalidad que pronto sería de los lugares más visitados de Madrid; y por las tardes, realizar encargos a particulares -cazadores y toreros, sobre todo- en el taller que compartía con su hermano José María en la cercana calle María de Molina.

Uno que con frecuencia se dejaba caer por allí era el rey Alfonso XIII y otro que tal, el duque de Alba. Podría pensarse que con padrinos así, cualquiera se bautizaba. O sea, que bastaba una llamada de uno de los dos al director del museo para que desatascar el asunto del elefante. Pero o tal llamada nunca se produjo o si sí, el director era de esos funcionarios como Dios manda indiferentes a la pregunta de si sabe usted con quién está hablando, la hiciera quien la hiciera.

Medio año en remojo

De hecho, no es hasta 1923, una década después de abatida la presa, que diez operarios sacan la piel del almacén (pesaba 600 kilos) y la transportan en un carro tirado por bueyes hasta el único lugar con espacio suficiente para poder trabajar a sus anchas, el Jardín Botánico, entonces en la otra punta de Madrid. Y eso que al duque de Alba se le había metido entre ceja y ceja mandar la piel a Londres, para que la tratasen allí. Pero Benedito le convenció de lo contrario; él se veía capaz de hacerlo. Y lo hizo.

Lo primero fue construir una piscina de cemento donde poner a remojo la piel, tan rígida. De noviembre de 1923 a marzo de 1924 , cambian varias veces el agua del enorme recipiente y le añaden alumbre y sal, para ablandar la materia prima. En abril y hasta el mes siguiente, es el turno del curtidor y sus ayudantes, que chiflan la piel rebajándola de los diez centímetros a uno. Esto ya es otra cosa. Por fin puede extenderse la piel, tomarle medidas (37 metros cuadrados) y volver a guardarla, esta vez debidamente doblada.

Si a estas alturas el relato iba adquiriendo tintes del decimotercero trabajo de Hércules, lo realmente difícil estaba todavía por llegar: naturalizar un elefante africano sin haber visto uno en la vida, como era el caso de Benedito. Aún quedaban muchos años para que se popularizaran los documentales de La 2 -esos que todos vemos por más que no lo reflejen las audiencias-, pero quién dijo pretextos. Benedito, desde luego, no.

Que no hay dinero

Nuestro héroe, al que imaginamos con un sempiterno guardapolvo blanco, propone a sus superiores un viaje de dos semanas a Londres, para visitar el zoo, donde hay ejemplares vivos, y una tienda en Picadilly donde venden huesos de elefantes africanos. Pero se lo vuelven a denegar alegando lo de costumbre: que no hay dinero.

¿Qué hacer? De nada sirve visitar los circos que acampan en España pues todos sus elefantes son indios, lo mismo que los de la Casa de Fieras, entonces en el Retiro. (Por cierto, que en una ocasión una elefanta, llamada sin atender a su sexo Pizarro, se escapó calle Alcalá abajo, entro en una panadería -hubiera sido el colmo una ferretería- y arrambló con todos los bollos.)

Cierto es que en el mismísimo museo había un ejemplar africano, solo que disecado con mejor intención que pericia, dando como resultado un elefante como los de peluche. Llegados a este punto, a Benedito no le quedó sino escribir a su maestro en la cosa esa de la dermoplastia: Johannes Ter Meer.

Un dibujo a tamaño natural

Ter Meer le contestó a vuelta de correo, es decir, de inmediato. El viejo profesor reconocía a su discípulo amado que él tampoco había visto nunca un elefante africano. Eso sí, le hizo llegar una réplica de un hueso de cadera, otra de un cráneo y las medidas del esqueleto de una elefanta hembra.

Con eso más las fotos que proporcionó el duque del safari, algunos grabados y esculturas y una pila de libros, ya podía hacerse Benedito una idea aproximada de qué aspecto tenía un elefante africano. Aunque de nada le valdría la aproximación, pues lo que la tarea exigía era exactitud, ya que si la piel no encajaba como un guante nada habría servido de nada. Por cierto… ¡la piel!

Pues nada, que entre parón y parón había vuelto a acartonarse, con lo que tocaba sumergirla de nuevo en un baño de agua, sal y alumbre. Y mientras recuperaba la elasticidad, Benedito y sus hombres se pusieron a la labor de dibujar al elefante a tamaño natural, para no errar luego en los cálculos.

Madera, escayola y mucha pericia

Basándose en el dibujo, en marzo de 1925 se construye un armazón de madera; el elefante tiene que ser lo más hueco posible o pesará tanto que será imposible moverlo. Para la cabeza, se prepara un vaciado en escayola (aparte de taxidermista, Benedito era un notable escultor). Los colmillos, de madera, se encargan a un escultor. No era cosa de pedirle al duque, allá en el Palacio de Liria, los auténticos, los de marfil, pues pesarían tanto que darían al traste con el armazón. Poco a poco, el elefante -africano, por supuesto- va tomando cuerpo. Ya puede extenderse la piel húmeda, encolarla y fijarla con alfileres (llegan a usarse hasta 77.000). Pero rápido, no sea que vuelva a secarse y se endurezca.

Por fin, en 1930, 17 años después de aquel safari, pudo contemplarse -o mejor: admirarse- el resultado. Tocaba trasladarlo desde el Jardín Botánico hasta el que será su hogar definitivo, el Museo de Ciencias Naturales. Y eso se hizo una lluviosa mañana de octubre, en la que el alcalde dio permiso para cortar el tráfico, infinitamente menos denso que en tiempos de su homóloga Carmena.

La más asombrosa comitiva que ha recorrido nunca el Paseo de la Castellana, llegó ese mismo día a su destino, el museo, situado entonces a la altura de los Altos del Hipódromo, hoy Nuevos Ministerios. Para meterlo en el interior, hubieron de desmontarse las puertas. La plataforma de madera en la cual lo transportaron es la misma sobre la que hoy reposa.

Toda una gesta

Porque ahí sigue, el tío, enorme, majestuoso, casi real si no fuera por un pequeño detalle: los elefantes machos llevan los testículos por dentro y este los tiene tan bien puestos y grandotes como los del caballo de Espartero. Pero qué queremos, si Benedito no había visto un ejemplar africano en su vida. Bastante tuvo el hombre con ser capaz de lo que fue capaz: de toda una gesta de su tiempo. Como del nuestro lo es el libro de Ximena Maier.

No le bastó a nuestra ilustradora con que en el bautizo de su hijo su amigo Jacobo le contara la increíble y alegre historia del elefante del museo. Sino que durante ocho años buceó en bibliotecas y archivos, documentándose, y sometiendo luego sus trabajos y sus días al parecer de maestros taxidermistas. La jerezana Paula Fernández de Bobadilla, editora de Nido de Ratones y loca maravillosa también, apostó por el proyecto desde el primer momento.

El resultado, un tomito para leer con los niños antes de dormirse, también idóneo para lanzárselo a la cabeza –¡toma, lee!– a los pesados que dicen que ya no se hacen libros como los de antes; algunos, como este, son incluso mejor.