Ser conservador es el nuevo punk.
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El rugido conservador del Rey León

Cuando Podemos irrumpió en la escena política empezaron a circular decenas de vídeos con las declaraciones más delirantes de Iglesias y su camarilla de profesores. En uno de esos archivos virales aparecía Juan Carlos Monedero en un aula mostrando fotogramas de El Rey León. El tipo poco menos que se tiraba de los pelos para demostrar que esta cinta estaba diseñada para inocular ideología conservadora. La peña se partía la caja con el vídeo. ¿La peli de esos animalillos cantando el Hakuna Matata? Después de echarse unas risas, reenviaban el archivo a sus contactos de WhatsApp.

Monedero puede defender ideas dudosas, pero no es ningún simple. Es un ideólogo marxista que estudia a sus enemigos. Y no está solo. Hassler-Forest, un profesor hiperventilado de la universidad de Utrecht escribió en el Washington Post que la nueva versión cinematográfica de la película era “fascista”.

¿Realmente hay razones para que la intelligentsia académica eche espuma por la boca al ver al pequeño Simba trotando por la sabana?

Más allá de los Romanov

El Rey León es, probablemente, la última película clásica de Disney. Es una fábula tradicional, concebida como un musical familiar sano, con influencias de la Biblia, Shakespeare y Kipling, y con un aire similar a Bambi y El libro de la selva.

Es la historia de una traición y un retorno. El malvado Scar sella una alianza con las hienas y mata a su hermano, el rey león Mufasa. No contento con esto, hace creer al pequeño Simba que él es el responsable de la muerte de su padre. Simba, torturado por el sentimiento de culpa, se va al exilio. Años después Simba volverá para rescatar su tierra natal de las garras de su tío.

Los Monedero de turno ven en esta historia una exaltación de la monarquía y del orden feudal en el que el edén africano es solo el telón de fondo. Y, más allá de esto, lo que les provoca verdaderas convulsiones es su lectura de la trama como una parábola contra-revolucionaria.

Ante sus ojos, los leones son los Romanov y la aristocracia rusa, las hienas son el proletariado ignorado y Scar es el propio Lenin. Así, El Rey León sería la historia de una banda de resentidos y feos que, de la mano de un demagogo, buscan cambiar el orden social en beneficio propio. Scar toma el poder como Lenin, a través del asesinato, la traición y una alianza contra-natura. “Apoyadme y nunca más volveréis a pasar hambre” promete Scar a las hienas. El eco de la promesa de Lenin de “paz, tierra y pan” a los campesinos parece bastante obvio.

Pero su desprecio por la clase hiena-proletaria no tarda en salir a la luz: “El vientre de una hiena nunca está lleno”. Las hienas no son su verdadera preocupación, sino simplemente los medios para asaltar los cielos.

Es cierto que en la película hay una crítica clara a la Revolución Comunista, pero el verdadero trasfondo político va mucho más allá.

La vida como legado

Probablemente la escena más mítica de la película es aquella en la que Mufasa y Simba se sientan en la Roca del Rey para ver amanecer sobre la sabana. El padre explica a su hijo todas sus responsabilidades como futuro monarca. Debe respetar a todas las criaturas, “desde la hormiga que se arrastra hasta el antílope saltador”. Cuando Simba objeta que ellos se comen a los antílopes, Mufasa le explica que cuando los leones mueren, se convierten en hierba y el antílope se come la hierba. De esta forma todos los animales están conectados en un equilibrio conocido como el círculo de la vida.

Mufasa trata de inculcar a su hijo el sentido del deber. El león no debe comer más allá de lo que necesita. Su misión en el reino es servir como protector de todas las cosas que baña la luz del sol y en sus acciones debe tener en cuenta la historia. El padre le instruye para que, en los momentos de tribulación que se le presenten durante su reinado, busque la guía de los “grandes reyes del pasado”. Un gobernante fiel a estos principios nunca estará solo.

De una forma amena para toda la familia, Mufasa da las grandes lineas maestras de un pensamiento en el que la acción de gobierno debe seguir un principio moral orientado al bien común, el individuo es un ser portador de un legado y el pasado actúa como una reserva de sabiduría.

En ese momento, parece que la lección del padre cae en saco roto. Simba es un cachorro fogoso, que considera que un rey puede hacer todo lo que le dé la gana, que la valentía es sinónimo de aventura y temeridad y que no entiende por qué el animal más fuerte de la sabana busca el consejo de un toco de pico rojo (el mayordomo real) o de un mono babuino (el chamán). Sin embargo, el tiempo demostrará que las palabras del padre dejaron huella en el corazón de Simba.

“Vive y sé feliz”

Tras la muerte de Mufasa en una estampida de ñus, Simba huye del reino. En tierras lejanas conoce a Timón y Pumba, un par de animales que están “al final de la cadena alimenticia” y que llevan un estilo de vida hippy. El suricato y el focáquero traerán los momentos más divertidos de la película y presentarán a Simba una nueva forma de ver el mundo, totalmente opuesta a los valores de Mufasa. Ellos viven al día sin más aspiración que la del “vive y sé feliz”. Sin responsabilidades, sin problemas, “sin preocupaciones para el resto de tu vida”.

Timón explica a Simba que la metáfora del círculo de la vida en la que le instruyó su padre es errónea. Para el suricato nihilista la vida es, en realidad, una línea sinuosa y sin sentido. Por eso, cada cual es libre de hacer lo que le dé la gana, sin ningún tipo de deber moral ni responsabilidad social. Simba ve que sus convicciones más íntimas se ponen en cuestión y, al principio, opone algunas objeciones. Al escucharlo, Pumba, el cerdo salvaje de buen corazón, comenta con nerviosismo que si todo está conectado “hacer lo que queramos podría no ser tan genial”.

Timón y Pumba no son personajes malos que pretenden corromper a Simba. Simplemente llevan el único estilo de vida que conocen. El choque cultural de las dos cosmovisiones entre las que se debate Simba aparece en la escena de las estrellas. Después de pasarse todo el día haciendo el zángano, los tres colegas se tumban en la hierba para ver las constelaciones. Ante la pregunta de qué son las estrellas, Timón da una explicación fantasiosa, Pumba una científica y Simba les atribuye una dimensión mítica. “Alguien me dijo una vez que los grandes reyes del pasado nos observan desde las estrellas”. Timón y Pumba se tronchan de risa ante la idea de que allí arriba pudiera haber cientos de momias reales viendo lo que hacen.

“Creo que necesitas una nueva educación”, zanja Timón. Y se la dan. Vaya si se la dan. Nihilismo y hedonismo a ritmo tribal. Hakuna-matata 24 horas al día. Puro mayo del 68 en versión herbívora. Simba abraza la nueva ideología y cae en una existencia bajuna, en la que la buena vida prometida se acaba reduciendo a chapotear en el barro, reírse de los pedos ajenos y darse atracones de bichos y gusanos.

Recuerda quién eres

Los años pasan y el pequeño cachorro se acaba convirtiendo en un joven león. Melenudo, vegano y dado a las “juergas de león”. Simba es aparentemente feliz, pero sus ojos traslucen una sombra de tristeza por llevar una vida contraria a su propia identidad.

Su mundo se derrumba el día que se reencuentra con Nala, su vieja amiga de la infancia. La leona creía que Simba había muerto junto con su padre en la estampida. Le cuenta que Scar y las hienas han saqueado el Reino y lo han dejado sumido en la miseria. Nala le pide que regrese a su tierra y recupere el trono que le pertenece.

Nala es un personaje fuerte. Pura aristocracia del espíritu. Noble, decidida y dispuesta a arriesgar la vida para enfrentarse a la tiranía de Scar y sus hienas. Ella ha mantenido vivos los valores de Mufasa en un régimen hostil.

La leona cazadora no puede creer que el príncipe de la sabana se haya convertido en un pasota flower-power y se niegue a cumplir con las obligaciones propias del animal más privilegiado de la naturaleza. Nala sigue viendo al rey vivo en su interior.

El reencuentro entre Simba y Nala, con una banda sonora a cargo de un activista LGBTI como Elton John, no tiene desperdicio. Es una de esas deliciosas paradojas que a veces nos regala el séptimo arte.

Nala generará en Simba las primeras dudas, pero la sacudida final se la dará un excéntrico mono babuino. “¿Quién eres?”, pregunta el león al viejo chamán que le aborda en la jungla. Pero Rafiki le sorprende devolviéndole la pelota: “La pregunta es quién eres tú”. “Creí que lo sabía, ahora no estoy seguro”, responde Simba.

Rafiki lleva a Simba a un río y le pide que mire su reflejo en el agua. Allí ve la cara de Mufasa superpuesta en sus propias facciones. “Eres más de lo que ahora eres”, le reprende la voz de su padre con pesadumbre. “Me has olvidado … Has olvidado quién eres y, por lo tanto, me has olvidado a mí”.

Del progresismo también se sale

La ideología sesentayochista se derrumba finalmente. Si Simba no se convierte en el rey como debiera, entonces el Reino quedará destruido a manos de un tirano. La ideología hakuna-matata de Timón y Pumba deja de ser molona y pasa a ser dañina para los demás.

En los cuentos infantiles tradicionales cada rol lleva aparejada una obligación. El camino de Simba hacia la recuperación del orden perdido comienza con el reconocimiento de su propia identidad. La tensión entre el deseo y el deber (el “destino” personal) marca el desarrollo del personaje y el desenlace de la película.

Simba deja el paraíso donde creció y regresa a casa. Para sorpresa de todos, Timón y Pumba deciden acompañarle en su lucha. La amistad y el sentido de la responsabilidad por los seres queridos vence al hedonismo (“Bueno, Simba, si es importante para ti, estamos contigo hasta el final”). El suricato y el focáquero abandonan la filosofía “libre de problemas” y se dirigen voluntariamente a una guerra entre leones. Una guerra entre dos formas contrapuestas de entender el gobierno: la jerarquía de servicio de Mufasa y el elitismo extractivo de Scar.

Construido sobre roca

El final de la película lo conocemos todos. Simba vence y ruge en la sabana para marcar el inicio de un nuevo tiempo.

 

Las palabras que el padre dirigió al hijo en la Roca del Rey no se perdieron. Arraigaron en el corazón del cachorro y, años después, brotaron y dieron su fruto. El legado del padre acabó siendo más fuerte que la re-educación a la que fue sometido Simba.

Veinticinco años después de su estreno, la nueva versión de El Rey León sigue siendo una buena fuente de inspiración. También hoy el Reino se encuentra en decadencia y está siendo saqueado por unas élites voraces. La regeneración vendrá de una juventud que sepa romper con mayo del 68 y responda a la llamada de la política. Entre tanto, el reto es no olvidar quiénes somos.