Ser conservador es el nuevo punk.
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Diez minutos que pueden cambiarte la vida

La historia es muy conocida. El comandante Chesley B. Sullenberger, ‘Sully’, con 19.663 horas de vuelo a sus espaldas, y el copiloto Jeffrey B. Skiles, con 15.643, hicieron despegar el Airbus A320 de la US Airways que debía transportar a 150 pasajeros desde Nueva York hasta Charlotte y Seattle el 15 de enero de 2009. Apenas llevaban dos minutos en el aire cuando una enorme bandada de gansos canadienses (acaso los más elegantes de esa familia de aves) se cruzó en su camino y, lejos de ceder el paso, embistieron contra el avión, colándose en sus motores, obstruyendo sus turbinas e inutilizándolos.

Enseguida, Sully pasó a los mandos y Skiles inició uno tras otro todos los procedimientos previstos en el manual y en su experimentada cabeza de piloto. Pero para esa situación, un Airbus A320 sin los dos motores, no existe en ningún compendio de aeronáutica. Así que el capitán, Sully, decidió improvisar. Tras pedir pista en el aeropuerto de Teterboro y recibir el visto bueno, cayó en la cuenta de que el avión era demasiado grande para aterrizar en ese aeropuerto y cambió radicalmente de opinión: “Vamos a hacerlo en el Hudson”. Es decir, en el otrora río San Antonio, que desemboca en el Atlántico en Manhattan. Harían un amerizaje de emergencia sorteando barcos y puentes, con los neoyorquinos como boquiabiertos espectadores. En 90 segundos, mientras la tripulación ayudaba a los histéricos viajeros a colocarse a toda prisa en posición de impacto, Sully hizo descender la aeronave con la precisión necesaria para que se posara en el agua suavemente, sin causar peligro a sus ocupantes. Y así fue. Ninguno de los 150 pasajeros del vuelo 1549 de la US Airways sufrió daño alguno. Eran las 15:31 horas y el avión había despegado de LaGuardia a las 15:25.

En unos pocos minutos puede pasar de todo, era lo que queríamos decir. Un viaje quizá rutinario, de negocios (ese día era jueves y el avión estaba lleno de ejecutivos), pasó en 120 segundos a ser la tumba de los pasajeros, y finalmente, en un nuevo giro, a su segundo nacimiento. Los únicos que murieron tras el incidente fueron los gansos: el alcalde de entonces de Nueva York, Michael Bloomberg, ordenó reducir su población a más de la mitad para evitar futuras desgracias aéreas.

Todo empieza con una madre

Historias como ésta, que Clint Eastwood llevó hace unos años a la gran pantalla, suceden muy de vez en cuando, por fortuna para nuestros nervios. Ni qué decir tiene que menos a menudo aún nos ocurren a nosotros mismos, para gozo del médico de cabecera. Pero en cambio, hay otras que son igual de intensas y que tienen lugar, por contra, mucho más a menudo de lo que nos imaginamos. Casi a diario. Y quizá no sea exagerado afirmar que Eastwood encontraría material de sobra para varias películas si hablara con quienes conocen los grupos de Whatsapp llamados Diez minutos con Jesús.

Hallaría varios elementos interesantes, muy parecidos a la historia del vuelo 1549: la épica de lo cotidiano; más aún, de lo invisible, de lo que nadie ve, oye ni sabe; sentimientos encontrados, perdón, culpa, contrición; muchas veces, ternura; redención, alegría, secretos, heroicidades, sentimientos, almas. Un cóctel explosivo encapsulado en un teléfono móvil con conexión a la Red y que se distribuye a la velocidad del 4G entre miles de personas. Así, todos los días. Nos tendría el bueno de Eastwood todas las tardes en el cine.

El origen de Diez minutos con Jesús fue muy sencillo. Tanto como los cientos de mensajes que enviamos a diario a través de la aplicación de mensajería instantánea Whatsapp; probablemente, la más popular en todo el mundo. Una madre (cuántas buenas historias comienzan con una de ellas) estaba muy preocupada por sus hijos. Ellos, estudiantes de los últimos cursos del Bachillerato, habían recibido formación cristiana durante toda su vida. No en vano, el colegio del que habían sido alumnos desde pequeños, en una ciudad gallega, pertenece a la institución Fomento, que encomienda sus capellanías al Opus Dei. Pero, ya se sabe, una cosa es lo que uno escucha en casa y en clase, y otra muy distinta, lo que vive de puertas para fuera y de corazón para adentro. Y la madre veía a sus hijos cada vez más enchufados a Instagram y al pirriaque y más desconectados de Dios. Como quien se sienta a ver La Pasión de Mel Gibson con un adolescente criado a la sombra de la Iglesia y constata, horrorizado, que el chaval no sabe quiénes son buena parte de los personajes. “Juan, ése era el hijo de María, ¿no?”, preguntaría tras levantar la mirada del móvil y soltar una blasfemia.

Nuestra madre no se quedó cruzada de brazos. En julio de 2018, se plantó en el colegio y llamó a la puerta del despacho del capellán. “Aquí hay que hacer algo”, le dijo. Arrancó al sacerdote, después de insistir un poco, la promesa de que colgaría en Internet dos grabaciones de diez minutos cada una donde el cura se limitaría a hablar con Jesús. Ni charlas, ni catequesis, ni teorías; sólo conversación de tú a Tú. Eso era lo que necesitaban sus hijos: charlar con Dios, aunque fuera más un parloteo que otra cosa. La mujer se fue contenta de allí, con sus dos meditaciones en la nube.

 

No sabemos qué ocurrió con los chavales descarriados; con los audios, sí. En pocos días, ya habían pasado por los móviles y correos electrónicos de prácticamente todos los padres y alumnos del colegio. Y con buena acogida. Para no morir de éxito, el sorprendido capellán decidió grabar más meditaciones de ese estilo y que siguieran difundiéndose. Pidió ayuda a dos sacerdotes amigos: Mariano, gallego, y Javier, párroco en Madrid. Éste colaboraba desde su rincón de la Villa y Corte. Un día, en concreto, el 22 de agosto, charlaba con una chica joven, feligrés de la parroquia. Ésta le manifestó la necesidad que tenía de formarse más, que le faltaba piedad en su día a día. Javier estuvo al quite y se acordó de las grabaciones que le había pedido su amigo para sus alumnos gallegos. Tuvo una idea: “¿por qué no creamos un grupo silencioso de Whatsapp, donde sólo una persona pueda enviar mensajes, y mandamos allí todos los días la meditación?”. Así lo hicieron. Esa tarde, los cincuenta y tantos jóvenes de la parroquia y sus amigos recibieron un mensaje en sus móviles: “te han agregado al grupo Diez minutos con Jesús”.

De Whatsapp al cielo

A partir de ahí, la historia de esta pequeñísima iniciativa es fulgurante. El mismo 22 de agosto, Javier envió al grupo el primer audio. Como los anteriores, no contenía una sesuda conferencia sobre cuestiones de Teología moral. Simplemente, un cura hablaba con Dios Hijo durante diez minutos. Al día siguiente, la respuesta fue demoledora: los parroquianos querían más. Pero no sólo los jóvenes: los más mayores también reclamaban sus notas de voz, y se fueron creando más grupos de Whatsapp de oración. A las tres semanas, cuando acababa de comenzar el curso, ya eran cerca de 4.500 las personas que recibían el audio todos los días. Hoy, son más de 65.000 en lengua hispana y más de 5.000 en lengua inglesa. En agosto se lanzó la versión británica, a petición de varios grupos de católicos residentes en Londres. Aunque se han pedido audios en más idiomas, por el momento no los habrá: los curas ya no dan abasto.

El crecimiento ha sido exponencial. Como apunta Javier, es difícil, por no decir imposible, dar una cifra exacta de a cuántas personas llegan los audios. A día de hoy, existen 273 grupos de Whatsapp, cada uno con 257 participantes. Pero no se puede averiguar a cuántos contactos se han reenviado esos audios y qué número de oyentes real existe. Además, gracias a la espontaneidad descontrolada de laicos que tomaban la iniciativa, existe un canal de vídeo en YouTube (con 20.500 suscriptores), de audio en Spotify (5.000) e iVoox (2.000). Recientemente, se ha creado un canal en otra aplicación de mensajería móvil, Telegram, donde se han unido ya 1.300 personas. Un buen día, un oyente de Jalisco (México) se puso en contacto con estos sacerdotes y les informó de que había creado por su cuenta una página web para Diez minutos con Jesús. En este caso, el fenómeno fan va más allá del clásico: ha evolucionado hasta convertirse en un auténtico imán para voluntarios que dedican su tiempo y esfuerzo a dar difusión a estos modestos audios, cuyo coste es cero. El proceso consiste en, previa preparación del guión, pulsar el gráfico del micrófono en la pantalla del móvil y empezar a hablar.

Junto con los oyentes, el equipo de sacerdotes también ha crecido: a día de hoy, 12 curas españoles y 10 británicos se reparten las grabaciones. Actualmente, el grupo está cerrado, pero hace unos meses, cuando todavía se necesitaban predicadores, existía un pequeño grupo de laicos que hacían de filtro y ayudaban en la selección de candidatos a clérigos de Diez minutos con Jesús. No vale cualquiera: el perfil que se buscaba era de buen comunicador y doctrina perfectamente asentada. El estilo es concreto: claro, cercano, directo pero sin ser severo, ilusionante, optimista, sin entrar en polémicas ni debates sobre temas más o menos opinables, que transmita lo esencial de las verdades de fe, y muy práctico, de fácil aplicación en la vida diaria. Para distribuir los turnos de prédica, existe una comisión de cuatro curas y periódicamente se establece una manera concreta de dirigir los rezos. Por ejemplo, en Semana Santa, las meditaciones serán crónicas de cada día de la Pasión; en Navidad versarán sobre un personaje del evangelio… La idea es adaptar cada nota de voz al calendario litúrgico y así facilitar el rezo al oyente.

Un rato de charla con Dios

Porque de esto trata Diez minutos con Jesús: de pasar un rato de charla con Dios, ni más ni menos. El resultado, más allá de los números, son los cambios en la vida de las personas. Una piloto de la US Army reenvía a diario los audios a sus colegas, que no pueden ser otros que astronautas o militares de misión en Afganistán. Un universitario que era frío como el acero se está planteando ahora su entrada en el seminario. Después de 22 años sin confesarse, una oyente se puso de rodillas ante un sacerdote y pidió perdón a Dios. Un matrimonio joven que sufre por ver a su hija, de sólo cuatro meses, con un tumor cerebral, asegura que saben llevar esa carga porque todos los días tienen diez minutos para Jesús.

En definitiva: una muestra de que la Iglesia está viva porque no se está quieta. Porque mientras haya una sola alma con fe, los Whatsapp y demás inventos serán aprovechados para dar cauce a Dios. Ya ocurrió con el fuego, la rueda, la imprenta y un largo etcétera. Que tiemblen los adlátares del progreso ateo. Morirán ahogados en su propia huida. Cuanta más tecnología desarrollen para ocultar lo cristiano, mayor será su contribución a su expansión. Una maravilla.