Historias que harán que el café se te quede frío.
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Dalmacio Negro o el peligroso oficio de pensar

Dalmacio Negro, en el despacho de su casa rodeado de libros. | Reportaje gráfico: FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA

 

Pocos discutirán, pensamos, la afirmación, casi el axioma, de que la Universidad, al menos en España, pasa por un mal momento. No sólo por corrupta (véanse los últimos casos de másteres y tesis, digamos, dudosos), sino también por endogámica y en ocasiones incluso sectaria. O en el mejor de los casos desvirtuada, relegando su tarea a mero adiestramiento de técnicas con títulos que ahora se llaman grados. Que levante la mano quien no esté de acuerdo con alguno de estos adjetivos. Reconózcanlo, son pocos.

Como siempre, hay excepciones que nos impiden darnos cabezazos contra la pared en esos momentos nostálgicos en los que suspiramos por un nuevo santo Tomás de Aquino que regenere la Academia. Excepciones que por otro lado confirman la regla, pero que a fin de cuentas nos consuelan y nos conducen a pensar, con esperanza, que no todo está perdido.

Algo así viene al pensamiento del que tiene la suerte de asistir al seminario de Estudios Políticos Luis Díez del Corral. Quienes tuvimos la oportunidad de hacerlo añadimos, desde el primer día que aparecimos por allí algo despistados, un motivo más a la larga lista de agradecimientos, porque de allí sólo puede salir algo bueno. En nuestro caso, nos llevó un profesor de la facultad que nos animaba a cultivar nuestras inquietudes tardoadolescentes participando en los encuentros semanales de quienes todavía apuestan por el noble (y arriesgado) ejercicio de pensar.

No al ‘filósofo estrella’

En este seminario, descubrimos al catedrático Dalmacio Negro Pavón, del que no habíamos oído hablar y al que sólo un ínfimo porcentaje de los españoles conocerán, de lejos. Si el filósofo de profesión es ya de por sí una rara avis de la opinión pública, cuanto más Negro, que ni es mediático ni pretende serlo; al menos al estilo de un José Antonio Marina o de un Fernando Savater.

Negro (Madrid, 1931) desconoce lo que es ser un filósofo estrella y pensamos que si tuviera noticia de esta figura, le aburriría. Él, muletas en mano y lúcida -diríamos preclara- la mente, se dedica a otra cosa. ¿A qué?, preguntamos. A leer, a devorar textos; a escribir, aunque es autor poco prolífico; y, en buena medida, a dialogar, tanto en su seminario como con cualquier persona que tenga a bien sentarse a charlar: desde un colega catedrático hasta el último discipulillo de primero de carrera. Aunque parezca un programa de vida tranquilo, no se confundan, su ritmo es el de un hiperactivo, más aún si tenemos en cuenta el nada despreciable dato de su edad: 86 años. Los que le conocen aseguran que tiene poco tiempo libre, que sigue viajando y que hasta hace muy poco ha conducido.

Sus maestros

En su horario de lecturas cabe el regreso a los clásicos, sobre todo a Hegel, Tocqueville, Guizot, Stuart Mill, sobre el que hizo la tesis, y también a sus maestros: Carl Schmitt, muchas veces denostado por desconocido, Bertrand de Jouvenel, José Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, Rémi Brague, Luis Díez del Corral, su profesor y director de tesis, y Javier Conde.

Con semejante carta de presentación, Negro comienza con mal pie para quienes le acaben de conocer; normalmente, la referencia a Schmitt es suficiente para que le tachen de fanático. Pero aún hay más, señores: su mentor, Del Corral, es el pensador de referencia para el liberalismo español; y Conde, el profesor de Filosofía que ya cuando Negro era estudiante era víctima de escraches y boicots en las aulas. Le acusaban a gritos de fascista porque hablaba de Schmitt en sus clases y porque era diplomático del franquismo. Por cierto, aguantaba los cinco minutos diarios de algaradas sentado a la mesa y en silencio, casi con estoicismo. Más tarde, cuando se terminaba el alboroto, reía. “Ya no quedan profesores pintorescos”, ha dicho alguna vez Negro, un punto melancólico, tras relatar la anécdota.

Un hombre libre

Pero si quieren más motivos para renegar de Dalmacio Negro, atentos, porque él, licenciado en Derecho, en Ciencias Políticas y en Filosofía, es un hombre libre. Parece una obviedad, podría decir alguien. ¿Acaso no lo somos todos, al menos en España? Y sin embargo, lo extraño es, a nuestro juicio, encontrar hombres que se atrevan a ejercer su libertad estos días, cuando es tan fácil movilizar a una legión de ofendidos en las redes sociales o en la mesa del restaurante por un comentario. Negro es uno de esos hombres que dice lo que piensa, pese a los riesgos de ostracismo social e intelectual que conlleva.

Esta osadía le ha llevado a afirmar públicamente en clases, conferencias, en su seminario y en sus libros que Europa es la única civilización liberal, heredera del pensamiento griego, romano y cristiano. O que hoy día los estados son totalitarios socialistas, con España y Reino Unido a la cabeza del escalafón. ¿Por qué? Porque su poder es ilimitado. No existe asunto que no puedan controlar. ¿Quién le dice a usted que la Administración no puede regular, por ejemplo, la cantidad de aire que respira cada persona? El planteamiento parece una broma, impensable. Pero, si lo piensa un poco más, también se les hacía absurdo a nuestros bisabuelos que se legislara sobre la educación de sus hijos. Y miren, todo se anduvo.

Así las cosas, Negro concluye nada menos que los estados actuales se diferencian muy poco de la URSS, quizá sólo en el uso de la violencia. Pero han encontrado una manera distinta de dominar: si no es mediante la fuerza física, será a través de sanciones. Y así, por medio de leyes y multas, los estados consiguen cambiar las costumbres, el ambiente, la forma de pensar… Sirvan de ejemplo las últimas normas que ha aprobado el Congreso: las injurias a la Corona ya no serán delito, pero sí hacer el saludo franquista. Esto es, traducido al imaginario común de los ciudadanos: el rey merece respeto hasta cierto punto, pero la memoria histórica republicana no admite bromas. Así irán cambiando de opinión; es cuestión de tiempo.

El mito de la democracia participativa

Hay más sentencias políticamente incorrectas de Negro. Como que la democracia participativa, tan de moda en los ayuntamientos de importantes ciudades españolas, es un mito. Porque no es cierto que el pueblo se pueda dominar a sí mismo, sino que son unos cuantos los que lo hacen. Algo que hace unos 5.000 años, más o menos, fue bautizado con el nombre de oligarquía, el gobierno de unos pocos.

Y aún hay más: esa minoría es la que manda, pero uno solo de entre ellos es el que decide. O sea, que los gobiernos no sólo no son democráticos, sino oligárquicos; es que, además, ¡son monárquicos, de uno solo! Parece el colmo, pero piense un momento en cualquier grupo de personas, incluso en una pareja. La tesis de Negro es que hay un líder que es quien decide. El resto puede aplicar su decisión a los demás, pero confían -quizá instintivamente, sin darse cuenta- en el único que se hace con el mando. Que no tiene por qué coincidir con el jefe oficial: cuántas veces habremos oído en clase de Historia que en Atenas corría el rumor de que en la polis no mandaba Pericles, sino su mujer. Alguna alcaldesa vería desmontado su propio programa si leyera a Negro.

Como decíamos más arriba, todo esto no lo puede afirmar un hombre libre sin exponerse a un linchamiento. Podrá ser un ataque más o menos light, si se quiere; más velado, quizá en forma de tuits agresivos lanzados por un troll en pijama mientras devora Westworld; pero se trata de una persecución, fin de cuentas. Por eso no restamos mérito a nuestro personaje.

Si cuando ahondemos en los libros de Dalmacio Negro (Lo que Europa debe al cristianismo, El mito del hombre nuevo, La ley de hierro de la oligarquía son algunos de ellos) nos quedamos con un regusto inquietante al leer por ejemplo que la situación en España es pre-revolucionaria, al menos podemos señalar con cierto orgullo que hemos leído a uno de los pocos hombres que piensa a día de hoy. Y, lo más peligroso de todo, hemos leído a alguien que hace pensar.