Ser conservador es el nuevo punk.
Ser conservador es el nuevo punk.

Conversaciones en la casa en el árbol

 

 

Son jóvenes, son católicos, tienen un firme compromiso social, patriótico y democrático, y habitan en algún lugar de la tercera vía, más allá del progresismo y el mercantilismo. Son los chicos de ‘La casa en el árbol’, un foro para el pensamiento y la acción.

Uno de los libros de cabecera de ‘La casa en el árbol’ es ‘Lo pequeño es hermoso’, de E.F. Schumacher.

Schumacher había sido profesor en Columbia y Oxford y, en los años 70, era uno de los economistas de referencia en Inglaterra. El tipo era un excomunista desencantado que estaba buscando una alternativa real a la economía de casino. En un determinado momento, un amigo le recomendó que leyera las encíclicas papales. Lo hizo. Y su visión de la economía y de la sociedad no volvió a ser la misma.

¿De qué manera cambió?

Empieza a abogar abiertamente por un modelo económico en el que las necesidades reales de la gente sean el centro. Para ello, propugna la necesidad de volver a la economía local, respetar el medioambiente y desarrollar una tecnología con rostro humano. Schumacher opta por impulsar empresas que respeten una proporción humana.

Recuerda al distributismo de Chesterton.

Es sustancialmente similar. Schumacher y Chesterton llegan a las mismas conclusiones porque, en buena medida, beben de la misma fuente: la doctrina social cristiana.

¿Un tesoro a descubrir por los cristianos?

Sin duda. El pensamiento social católico tiene potencial para cambiar el mundo. Pero los cristianos hemos olvidado que puede llevarse a la práctica. La mayoría de los profesores, periodistas y políticos católicos desconocen los fundamentos básicos de la doctrina social.

¿Por qué el desconocimiento?

Porque no se enseña en los colegios ni parroquias. Los programas de estudio de las escuelas de negocios dirigidas por entidades religiosas son prácticamente idénticos a los de cualquier otro centro no confesional. Como mucho podemos encontrar alguna mención a los valores en la gestión de la empresa o una asignatura de ética basada en una antropología coherente con el cristianismo.

No es eso suficiente, suponemos.

No, porque no se pone en cuestión con todo el rigor necesario la lógica del beneficio, la visión del trabajador como gasto de empresa o la legitimidad de los beneficios obtenidos por el puro oportunismo especulador.

Quizás la doctrina social de la Iglesia no se enseña precisamente por la carga negativa que tiene la palabra doctrina.

La Iglesia no propone un modelo económico único, sino que ofrece orientaciones para que los pueblos las adapten a su realidad política, social y cultural. Pero hay unos mínimos como el acceso de la mayoría a la propiedad privada, la dignidad del trabajador y la preeminencia del trabajo sobre las rentas o el capital como fuente de generación de riqueza. Pura dinamita.

¿Pura dinamita?

Peter Maurin, uno de los fundadores de The Catholic Worker, decía que la doctrina social era la “dinamita sin explotar” de la Iglesia.

Él sí hizo por prender la mecha.

Quiso organizar en Estados Unidos una tercera vía para superar los excesos del capitalismo y las falsas soluciones del comunismo. Creía que la doctrina de la Iglesia tenía el potencial suficiente para volver a ser la dinámica social dominante. Pero que si los cartuchos no llegaban a estallar era porque los pensadores católicos habían cogido la dinamita, la habían envuelto en una palabrería vistosa, la habían metido en una caja hermética y luego se habían sentado encima de la tapa.

Ante eso, ¿qué hacer?

Uno de los grandes retos para un católico con inquietudes políticas sería la organización de un centro para formación de futuros líderes en esa doctrina.

Si los católicos no lo hacen, ¿lo harán otros en su lugar? O por ampliar el espectro: si los conservadores no lo hacen…

Es gracioso, pero Lo pequeño es hermoso ha sido la biblia de ‘hippies’ y ecologistas durante décadas. Esto nos debería llevar a admitir que hoy en día lo conservador puede brotar en lugares distintos a la derecha oficial. Actualmente puede haber más valores de derecha en movimientos como el comercio justo, el slow food, el fenómeno neorural, la causa provida o las redes de apoyo mutuo que en cualquier partido parlamentario de derecha mainstream.

¿Significa eso que la batalla no es exclusivamente política?

Igual que Gramsci, el revolucionario comunista, creemos que la verdadera batalla que debe librarse es la batalla de las ideas. Si conseguimos influir en la cultura dominante, en ese consenso de ideas comúnmente aceptadas, los cambios políticos reales vendrán después de forma natural y gradual. Por propia exigencia de los ciudadanos. Se puede ver en el movimiento LGBTI, que en España, en los años 80, pedía tolerancia y respeto.

Hoy en cambio…

Hoy dirigen talleres de reeducación sexual en los colegios y hay leyes que sancionan a los que no comulguen con sus ideas. La bandera del arco iris ha llegado a desplegarse en el Congreso de los Diputados y la derecha oficial se ha plegado a la ideología de género. La estrategia seguida es admirable.

¿En qué sentido?

En el de que lo han hecho sin necesidad de constituir un partido político propio, sino influyendo en la sociedad. A través de películas, canciones, obras de teatro, novelas, programas de televisión, tertulias. Gota a gota han cambiado la percepción de amplios sectores de la sociedad.

Sin embargo, y paralelamente, la alternancia de partidos seguía su curso.

En las últimas décadas, las derechas liberal o democristiana europeas ganaban elecciones pero cada vez debían aguar más su discurso para adaptarlo a la hegemonía de la izquierda en el terreno cultural. En España, la derecha oficial es un conglomerado de intereses políticos, mediáticos y económicos cuyo único objetivo es llegar y mantenerse en el poder, aun a costa de asumir la agenda social del progresismo. Esa derecha de los intereses no nos representa.

¿Y cuál sí, la que aguarda al hombre fuerte, al cirujano de hierro?

Tampoco. La derecha necesita superar la mentalidad de los personalismos. Son muchos los que se pasan la vida esperando a que llegue el líder providencial que arregle los problemas. Y, mientras tanto, no hacen nada. Esto es un gran error.

¿Dónde queda la solución?

Creemos que la nueva política se construye desde la base. Más que un Bismarck en La Moncloa, necesitamos dotarnos de esa red de asociaciones culturales, deportivas, peñas de fiestas, grupos de teatro, de música o parroquiales, blogs locales, asambleas de barrio. Eduardo Galeano, autor de referencia de la izquierda alternativa, dice que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

Se adivina en la cita cierto respeto por el adversario.

Sin duda. Además de enfrentar al adversario, debemos respetarlo en términos políticos y, sobre todo, aprender de él. El 15-M, Podemos y el procés son tres fenómenos recientes que tienen algo en común: cogieron vuelo gracias al motor de la ilusión. Con mucha inteligencia, sus promotores fueron capaces de canalizar el descontento de amplias capas de la sociedad y llevar ideas minoritarias al centro del debate político.

¿Y dicen que el motor fue la ilusión?

El librito Indignaos, de Hessel, no dice gran cosa, pero lanza una idea muy clara: sólo la ilusión tiene fuerza para mover a la gente. La crítica pura, sin un proyecto alternativo que la acompañe, lleva al pesimismo y la inacción. Creo que los conservadores tenemos que aprender esa lección. Nosotros también estamos a tiempo de ofrecer una respuesta a las carencias de la cultura actual.

Veo que son de los que piensas que sí se puede.

La sociedad de la información nos ofrece nuevos canales para superar la censura mediática y difundir nuevas ideas. Sobre todo entre los jóvenes, que aún son idealistas y todavía no han sucumbido ante el pragmatismo y la presión social. No debemos tener miedo a ir a contracorriente.

Y si no se obtienen resultados inmediatos… ¿Qué?

Creemos firmemente que para conseguir cambios significativos hay que trabajar a largo plazo. El libro Curso general de disidencia, de José Javier Esparza, empieza con una frase genial: “Para que nuestros hijos vean lo que nosotros soñamos”. Es necesario que nosotros sembremos semillas hoy, con la esperanza de que otros vengan detrás y puedan recoger los frutos.

¿Sin prisa pero sin pausa?

Es necesario tomar un poco de distancia respecto de las noticias de actualidad, los nombres y las siglas del momento y trabajar con calma a largo plazo. Las prisas y la ansiedad por tener un cierto número de escaños o estar en tal o cual ayuntamiento nos pueden quitar la serenidad necesaria para construir una alternativa de futuro. Es bueno que unos se dediquen a la acción política inmediata, pero otros deben estar ocupados en la reflexión, la formación y la pedagogía.

¿Y en la narrativa?

Los argumentos teóricos no mueven a nadie, por muy fundamentados que sean. Cualquier proyecto político necesita un relato emocional, épico, transformador. Frente a una realidad gris, sólo un discurso capaz de generar una ilusión colectiva puede llevar al compromiso personal.

¿Un ejemplo que no sea el 15-M o el procés?

Barcelona 92. No funcionaron los eslóganes tecnócratas que apelaron a una ciudadanía responsable ni las cifras sobre los ingresos que podían generar el turismo. Fueron las ganas de renovar la ciudad, de demostrar que la ciudadanía era capaz de hacer lo que se propusiera y de volver a ser un orgullo para el mundo. Los iconos de Mariscal, las canciones sobre la ciudad y la mística de los voluntarios hicieron el resto. Ese relato de unidad fue brillante.

Ahora en cambio…

Cataluña está dividida en dos. Por eso es urgente construir un relato alternativo que vuelva a recuperar los lazos rotos. No basta con argumentos de miedo como la fuga de empresas o la aplicación del artículo 155.

¿Qué tal un sugestivo proyecto de vida en común?

En La casa del árbol nos encantan los cómics de Astérix y Obélix. En sus historietas vemos las bondades de una comunidad cohesionada en torno a vínculos de solidaridad, arraigo y basada en una economía de proximidad. Los irreductibles galos no odian a los romanos. Simplemente defienden su derecho a seguir siendo ellos mismos. No pretenden que sus asados sean los mejores ni sus canciones las más musicales. Solo quieren seguir disfrutando de su gastronomía y su arte.

Lo que los descarta como nacionalistas.

Los paisanos de la aldea no buscan en su terruño y su tribu un refugio frente a la modernidad. Solo son un pequeño pueblo que quiere seguir siendo el protagonista de su futuro y que desea que las decisiones que afectan a su vida diaria sean tomadas por sus vecinos y no por oficiales de la lejana Roma.

¿La aldea pues como unidad básica de toma de decisiones? O si lo prefieren: la Comarca, con mayúscula.

La Comarca, tal y como la imaginó Tolkien, es una buena fuente de inspiración política. El pueblo hobbit es una comunidad de gente sencilla, ligada por fuertes vínculos familiares y vecinales, cuidadosa de sus costumbres y con un contagioso amor por el ocio y buena vida.

¿A qué se debe?

A que no hay Gobierno más allá del alcalde cuya principal responsabilidad es presidir los banquetes. No hay intrusismo del Gran Estado ni de la Gran Corporación. Existe la propiedad privada, pero muy distribuida en pequeñas granjas y minifundios. La organización social se basa en familias y clanes. Esta comunidad “autogestionaria” se inspira en el principio de subsidiariedad propio del pensamiento social cristiano.

¿Por eso algunos autores han visto en La Comarca el ideal del modelo distributista que definió Chesterton y que Tolkien conocía bien?

Sin duda. El Señor de los Anillos es un buen ejemplo de que la gente pequeña que vive en lugares pequeños puede cambiar el mundo. Que se lo digan a Sauron.

O, ya puestos, a Soros, adalid del mundialismo. ¿No les asombra que su antagonista sea Donald Trump? ¡Un especulador inmobiliario erigido como campeón del Estadonación y la clase trabajadora!

Suponemos que el sistema político estadounidense está tan blindado que, probablemente, el único ‘outsider’ que podía burlar todas las barreras de entrada era un millonario excéntrico y con delirios de grandeza.

Sin embargo, supo capitalizar el hartazgo de los estadounidenses con el establishment.

Lo que no significa que los americanos se hayan vuelto antisistema, sino que han percibido que el sistema se estaba volviendo antiamericano. Todos pensábamos que Trump se había aprovechado de las clases medias para llegar a la Casa Blanca, pero Guilluy en su libro No society afirma que han sido las clases medias quienes han usado a Trump.

¿Usado contra quién?

Contra las élites. Christopher Lasch, autor de La rebelión de las élites, sostenía que, hoy, las élites políticas e intelectuales constituyen la principal amenaza para la cultura occidental porque han dejado de creer en los valores que la sostienen.

¿Y las élites económicas?

Igual. El mundo de los negocios también ha abandonado hace tiempo cualquier noción basada en el compromiso con la sociedad. Así, muchas de las grandes empresas fabrican en los países más baratos, venden en países con mayor poder adquisitivo y tributan en las jurisdicciones más laxas.

Visto así, tiene sentido lo que dijo Trump en campaña.

Que quería ser “el campeón de la clase trabajadora” y que tendría “el coraje de enfrentarse a Wall Street”. Ya veremos cuál es el balance al final de su legislatura.

¿Trump es lo más y mejor a lo que pueden aspirar los amigos del orden natural de las cosas?

Lasch, a quien acabamos de mencionar, afirmaba que las élites actuales mantienen muchos de los vicios de la aristocracia sin ninguna de sus virtudes. Se refiere a que las élites políticas y económicas de hoy carecen del sentido del honor y del equilibrio entre privilegios y obligaciones propio del antiguo orden. Por eso, puede que para regenerar la política no sea suficiente con fortalecer la democracia.

¿Qué más?

Tal vez debamos repensar también la aristocracia. Obviamente, en pleno siglo XXI la nueva aristocracia sería social, basada en el mérito, la ejemplaridad y el compromiso comunitario, no en el privilegio hereditario. A fin de cuentas, el gobierno de los mejores no significa que deban gobernar siempre los mismos, ni los mismos clanes ni los mismos apellidos.