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Clint Eastwood, una estimulante anomalía

El pasado jueves 3 de octubre celebramos en el Espacio Encuentro el primer Encuentro Milenio del curso con Eduardo Fort para hablar sobre “Clint Eastwood, una leyenda viva”. Para quien no pudo asistir, o desea refrescar lo comentado en el coloquio, sirvan estas líneas para acercarse a la figura de Eastwood: 

Pese a contar con una existencia relativamente reciente (que no llega doscientos cincuenta años), los Estados Unidos de América son, desde mediados del siglo XX, una superpotencia indiscutible en todos los planos posibles (económico, militar, político, etcétera). A este considerando debe sumarse la inmensa influencia cultural dirigida a todos los países del planeta y que configura un auténtico, en palabras del profesor Joseph Nye, soft power o “poder blando”. La capacidad estadounidense para crear un auténtico universo o imaginario cultural está sobradamente demostrada en las distintas áreas de la creación, desde la literatura hasta el cine, pasando por la fotografía, el teatro y la música.

Este acervo cultural, esta “Americana”, se compone, en palabras de Tomás Fernández Valentí (citadas por Carlos Aguilar en su gran biografía de Clint Eastwood), de “(…) ética y moral, béisbol y tarta de manzana, caza y pesca, coches y motos, diners y gasolineras, pueblos y rascacielos, ausencia del padre y omnipresencia de la madre, jazz y country, rock y religión, William Faulkner, George Gershwin, Aaron Copeland, Norman Rockwell, Elvis Presley, melting pot, ética protestante y la frontera como un desafío a superar (…)”.

Desde mediados del siglo XX, el cine se convirtió en una referencia ineludible a la hora de entender el devenir social, económico y político de las distintas sociedades humanas, ocupando un lugar de privilegio junto a otras artes como la literatura, el teatro y demás.

El cine estadounidense, nacido ya a finales de 1890, se consolidó como una de las principales usinas culturales del quehacer universal. El paso del tiempo implicó la aparición de diversos géneros cinematográficos que, en algunos casos (verbigracia, el wéstern) se convirtieron en auténticas señas de identidad de, en este caso, los Estados Unidos de América. La industria cinematográfica, con Hollywood como epicentro, pasó a ser un generador de ideología, historia y cultura popular. Los diversos directores, guionistas, actores y productores se metamorfosearon en figuras legendarias de la Historia de los Estados Unidos y su quehacer profesional los elevó a categoría de próceres del siglo XX y XXI.

Clinton Eastwood Jr. (San Francisco, 1930), con una carrera cinematográfica iniciada en 1955 es, sin duda, una de las figuras cumbres del cine estadounidense y reúne las condiciones adecuadas para representar un icono cultural de nuestro tiempo. Así las cosas, es inevitablemente interesante analizar su obra (con sus luces y sus sombras) a través del prisma de la historia política estadounidense. Creador con más de seis décadas de trayectoria (delante y detrás de cámaras), Eastwood tuvo, incluso, una fugaz carrera política, al alcanzar la alcaldía de la localidad californiana de Carmel-by-the-sea con más del 70% de los votos.

La particularidad de la obra del realizador californiano no reside, sin embargo, en su aspecto ideológico o -al menos- no exclusivamente. Eastwood toma posición en cada uno de sus filmes, desde la música que elige hasta los escenarios que recrea. Su cine es, más que un mensaje político e ideológico, un discurso cultural y espiritual.

En definitiva, estamos ante una inusual combinación de auteur, ideólogo y exegeta de “lo americano” en todos sus aspectos posibles, digno heredero de directores prolíficos y multipremiados como John Ford o Howard Hawks.

Sin embargo, no existe un estudio acabado de las vinculaciones entre su obra y las diversas corrientes histórico-políticas que originaron lo que podría denominarse “pensamiento político estadounidense”. Unánimemente considerado un auténtico “creador” a la altura de directores como Federico Fellini, Ingmar Bergman o Akira Kurosawa, la filmografía de Eastwood -sin embargo- carece de un estudio politológico crítico que abarque todas las aristas de su pensamiento, así como de la producción que de él emana.

Por otra parte y como detalle para nada menor, es más que probable que la falta de estudios sistemáticos y organizados sobre la vertiente política y filosófica de la obra de Eastwood se deba a dos vertientes del desdén académico ante los fenómenos populares: por un lado, la sempiterna visión de Eastwood como “fascista” o “reaccionario” y, por el otro, la asunción de géneros como el wéstern, thriller o el cine policial como cuestiones menores y alejadas de la presunta calidad cinematográfica, más allá de textos imprescindibles como los del profesor Robert B. Pippin, de la Universidad de Chicago, pionero en el estudio del cine a la luz de la filosofía política.

Los comienzos de un antihéroe

La carrera de Clint Eastwood comenzó, como no podía ser de otra manera, en el Wéstern, género literario, radial, televisivo y cinematográfico estadounidense por antonomasia. Luego de una fulgurante consolidación en la televisión, encarnando al rudo vaquero Rowdy Yates en Cuero Crudo (Rawhide, CBS, 1959), la carrera de Eastwood toma un camino sinuoso hasta que acepta encarnar al Hombre Sin Nombre en la “Trilogía del Dólar” de Sergio Leone, esto es: Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964); La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) y la portentosa El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), todas ellas rodadas en España y auténticos fenómenos revolucionarios en la Historia del Cine en general y del género de los revólveres y los forajidos en particular, de lo que da buena cuenta el fascinante e imprescindible documental Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2017). El estreno de estos filmes implicaría, a la postre, la instalación de un estilo y el nacimiento de una industria que extendió sus tentáculos hasta bien entrada la década del ’70.

Al margen de lo que el despectivamente llamado spaghetti western significó para el Séptimo Arte, estas películas marcan el progresivo interés de Eastwood en la dirección y la realización, así como la búsqueda de un mensaje y un discurso, ambos difusos aún. Sus primeros largometrajes como director exhiben ya un ansia de decir y explicar aunque las particularidades aparecerían nítidamente recién en su quinta obra: El fuera de la Ley (The outlaw Josey Wales, 1976). Aunque ya había apuntado maneras en su loable Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973), El fuera de la Ley marca la preferencia de Eastwood por un subgénero polémico y provocador: el wéstern revisionista. Nacido a mediados de la década del ’60, sus creadores (Sam Peckinpah, Arthur Penn, Robert Altman, entre otros) se lanzaron a cuestionar el formato tradicional del wéstern, con buenos y malos (casi siempre, indios o delincuentes y vaqueros) y optaron por mostrar el lado oscuro de la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), así como la cara amarga del bando vencedor, discutiendo la historia canónica según la cual una Unión ilustrada, bondadosa y antiesclavista se enfrentó a una Confederación ignorante y explotadora.

En El fuera de la Ley, Eastwood encarna a Josey Wales, un forajido sin bando que decide unirse a un grupo de soldados sudistas que son capturados por militares nordistas. En el filme no hay buenos totalmente buenos ni malos totalmente malos; plagado de grises en un rasgo que será marca de fábrica de Eastwood, los hombres se enfrentan en un conflicto que los excede y, como dice el protagonista, “quizá los hombres puedan convivir sin matarse los unos a los otros”.

Harry el Sucio, ¿En defensa del orden establecido?

El segundo personaje-estrella en el firmamento eastwoodiano es, sin duda, un inspector del Departamento de Policía de San Francisco de nombre Harry Callahan y de apodo Harry, el sucio.

Protagonista de una saga compuesta por cinco películas, Harry el sucio se convertiría en el arquetipo del policía recio, descarnado y poco respetuoso de las sutilezas legales a la hora de combatir a la delincuencia. En un Estados Unidos que abandonaba los dulces años ’60 (la época del pacifismo, los hippies y el flower power), Eastwood encarnó a una figura acusada de fascista, violenta e intolerante; un análisis, como veremos, simplista y apresurado.

Los primeros dos largometrajes, o sea, Harry, el sucio (Dirty Harry, 1971) y Harry, el fuerte (Magnum Force, 1973) fueron dirigidos por Don Siegel y Ted Post, respectivamente; directores de confianza y respetados por Clint Eastwood. La tercera, Harry, el ejecutor (The Enforcer, 1976) y la quinta, La lista negra (The Dead Pool, 1988) cumplirían la misma regla con James Fargo y Buddy Van Horn, respectivamente, detrás de las cámaras. Eastwood reservaría para sí la realización de Impacto súbito (Sudden Impact, 1983).

Un análisis exhaustivo del personaje excedería el objeto de esta conferencia. Sin embargo, la entrega que desdobla el relato maniqueo del policía violento y fascista (que luego encarnarían, con diversos matices, actores como Charles Bronson, Sylvester Stallone o Bruce Willis, en una escueta nómina) es Harry, el fuerte. En esta ocasión, Callahan es tentado por un grupo de policías que pretenden hacer justicia por cuenta propia y (al negarse) demuestra que su ruptura con la Ley tiene sus límites precisos: el quiebre de esa misma Ley. Como suele decirse en política, que se doble, pero que no se rompa.

Así las cosas, queda patente que Eastwood (quien colabora en el guion y la construcción del personaje) no cree en la revolución violenta. A lo sumo, se inclina por el respeto a las tradiciones y las libertades individuales. La defensa de la legalidad vigente (mientras esté vigente) es una regla de oro.

Tradición, familia y propiedad

El paso del tiempo marca una reafirmación de la sobriedad y la sequedad en la filmografía de Clint Eastwood. Durante los años ’80, ’90 y la primera década del siglo XXI, su cine aborda todas las temáticas que hacen a la existencia humana (el Amor, la Muerte, la Familia, la Comunidad, etcétera) y da sobrada cuenta de lo que Eastwood opina o, al menos, quiere decir sobre estos asuntos.

Tanto en Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993), Río místico (2003), Million Dollar Baby (2004) y Gran Torino (2008), por citar algunos hitos de la producción eastwoodiana, se advierten algunas maneras y sentires que son mandamientos para el ya provecto y venerable creador.

En todas ellas, Eastwood deja en claro la importancia de la familia (natural o adquirida) y los amigos como base de la sociedad, llegando a marcar el destino inexorable que una crianza determinada puede conllevar. Para Eastwood, los lazos emocionales y sentimentales son infinitamente más potentes e importantes que los vínculos legales o jurídicos. En cuanto a la relación con los extranjeros, los foráneos y los forasteros, en la maravillosa Gran Torino Eastwood explicita su respeto por aquellos llegados a Estados Unidos en busca del Sueño Americano y que trabajan por él en un marco de respeto a la Ley y a los principios de (por decirlo así) los Padres Fundadores.

La producción finisecular de Clint Eastwood lo consagra como uno de los creadores más importantes del cine estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.

Algunas conclusiones a modo de final

Planteado el escenario anterior, queda claro que Clint Eastwood no es un director sencillo de asimilar (aunque sí, para mayor gloria de Hollywood, muy disfrutable). Detrás de planteos que pueden parecer básicos y directos para el espectador distraído, se esconde un mensaje contundente, directo y profundamente estadounidense.

En definitiva, y en palabras del ya citado y eximio historiador del cine Carlos Aguilar, Clint Eastwood puede ser considerado, con toda justicia, “una estimulante anomalía en el Hollywood de los cuatro últimos decenios”.