Ser conservador es el nuevo punk.
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Calla y reza (por qué leer al cardenal Sarah)

Soy católico, creo en el infierno, y por suerte todavía es mayor mi amor a la Iglesia que las ganas de estrangular a los curas que me obligan a cogerme de las manitas durante el Padrenuestro. A saber. Llevo 30 años huyendo del folklore de la misa dominical de parroquia en parroquia y evitando las celebraciones que se hacen eternas mientras el sacerdote improvisa su propio misal, sometiendo la liturgia a la inspiración de cada momento, a menudo manifiestamente mejorable. Y, por lo general, escapo como del diablo de toda iglesia que tape medio retablo románico con una pantalla para proyectar PowerPoints contra el impacto de los plásticos en el medio ambiente; también huyo si lo que proyectan es otra cosa.

Tengo para mí que toda esa gente armada de buenas intenciones tiene secuestrado a nuestro Dios en una cárcel del mal gusto. Siento una fraternal vergüenza -¡nada ajena!- cada vez que veo a un sacerdote bailar y dar palmas en el altar con el pretexto de hacer la misa más cercana a los jóvenes. Ocurre que el cura que emana del Evangelio está más cerca del médico que del animador infantil y sospecho que a ningún paciente le daría mucha confianza ver al doctor que va extirparle un tumor danzando animosamente en la sala de operaciones.

Bailan y aplauden en el gran show del rito secularizado mientras sus fieles se despeñan de cabeza al infierno sin armas para salvarse; con la marginación de la confesión –hoy reconciliación y a un paso de ser el sacramento de la camaradería-, con la secularización de la liturgia, con los bautismos y bodas convertidos en una especie de servicio municipal para el sostenimiento de la iluminación del templo, y con el resto de ritos languideciendo como consecuencia de lo que el padre Jérôme identifica como ateísmo líquido. Contra esta obsesión paganizante por la aceptación de un mundo cambiante, toma la palabra hoy una de las voces más autorizadas de la Iglesia, con provocadora franqueza: “Ningún esfuerzo humano, por inteligente o desinteresado que sea, es capaz de transformar un alma y de darle la vida de Cristo. Solo la gracia y la cruz de Jesús pueden salvar y santificar a las almas y hacer que crezca la Iglesia”.

La Historia nos lo enseña. Nadie ha muerto por una iglesia sin Dios aunque fuera muy eficaz como ONG contra la pobreza, de la misma forma que nadie emprende una guerra y ofrece su sangre al enemigo por amor al PIB de su país. Los mártires solo dan su vida por Cristo.

La esperanza es el grito de las piedras
Visita del Cardenal Sarah a la Macarena y Santa Ángela

En el Gloria In Excelsis Deo la creación entera alaba a Dios. San Lucas nos cuenta cómo los fariseos intentan que Jesús silencie a las masas que le aclaman como rey. Su respuesta, una profecía: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras”. Y las piedras gritaron cuando la aclamación cesó mientras clavaban a Cristo en la cruz. La escena la recoge el cardenal Robert Sarah en la apertura de su nuevo libro. Basta leer las primeras líneas para entender que no es una cita arbitraria: “¿Por qué tomar de nuevo la palabra?”, se pregunta, “en mi último libro os invitaba al silencio. Pero ya no puedo seguir callando. No debo seguir callando. Los cristianos están desorientados”. Diagnostica con rotundidad que “la Iglesia vive una noche oscura” mientras recuerda a Pablo VI: “nos invade el humo de Satanás”.

Como muchos católicos resignados, siempre he pensado que mi desafección con las innovaciones de las parroquias era una batalla perdida, tal vez una patología mía. Y es que –me repetía -, a fin de cuentas, sólo son diferentes formas de acercarse al mismo Dios, que demuestra tener paciencia infinita por no enviar lluvias de azufre sobre algunas comunidades. Pero el cardenal Sarah me ha hecho cambiar de opinión. Todo aquello que los católicos de Occidente debemos replantearnos sobre nosotros mismos está en estas 428 páginas. Y una advertencia: no son aptas para cobardes.

La lectura de Se hace tarde y anochece es una obligación moral, regalarlo a todos los sacerdotes y obispos que tenemos a mano es un deber en conciencia, además de una obra de caridad. Será un triunfo digno de la más execrable soberbia si consigo en estas líneas explicar por qué es tan importante para el cristiano arrojar sobre nuestra Iglesia tantas oraciones como páginas de este libro logremos recomendar.

Sarah sabe cómo hablar a la Iglesia. Sabe cómo dirigirse a los sacerdotes y obispos. Sabe espolear a los fieles. Sabe cómo dar una salida a la estupidez que bloquea nuestro espíritu. Y lo sabe, no por ser mejor intelectualmente –que también-, sino sobre todo porque está enamorado de Dios. Y tal vez porque viene de Guinea, de un tiempo y  de un lugar donde Dios era todo para quienes, como él, no tenían nada.

Esto es lo que nos pasa

En el diagnóstico de la Iglesia en Occidente no culpa frívolamente a las sociedades que dejan de lado a Dios. Eso sería demasiado fácil. Antes bien, se señala a sí mismo: a los pastores. Y no se anda por las ramas: “Me duele que tantos obispos y sacerdotes descuiden su misión fundamental, que es su propia santificación y el anuncio del Evangelio de Jesús, para dedicarse a cuestiones sociopolíticas como el medio ambiente, las migraciones y los sin techo. Ocuparse de todos estos debates es un compromiso loable. Pero, si descuidan la evangelización y su propia santificación, se agitan en vano”. Toda empresa católica sin Dios es una pérdida de tiempo.

Detrás de muchas modas y tics sacerdotales está el temor a ser rechazados por la sociedad moderna si predican la existencia del infierno, si visten sotana, si hablan de la necesidad de amar el sacrificio o la vigencia de los Diez Mandamientos. La respuesta es otro aldabonazo regenerador: “Cristo nunca prometió a sus fieles que serían mayoritarios”. El fermento de la Iglesia siempre han sido los santos, un pequeño puñado de hombres buenos capaces de transformar el mundo, ayer y hoy.

El Cardenal Sarah en una visita a un monasterio

El cardenal señala entonces el camino para salir de la noche oscura. Abrazado al Primer Mandamiento, resurge la urgencia de la adoración. Y exhorta a los clérigos: “si se centran en sí mismos y en sus actividades, si se afanan por los resultados humanos de su ministerio, no es de extrañar que los obispos y los sacerdotes descuiden la adoración”. Y sin embargo, justo es reconocer que la caída de vocaciones mantiene a muchos sacerdotes con gran sobrecarga de trabajo, pero también lo es preguntarse lo mismo que el autor del libro: ¿sirve de algo ese esfuerzo sin adorar a Dios? “Nos faltan adoradores”, advierte Sarah, “para que el pueblo de Dios adore, es preciso que los sacerdotes y los obispos sean los primeros adoradores”.

En esta línea recomienda a los cristianos tener presente la inscripción que figura sobre la puerta de la iglesia Santa María in Campitelli de Roma:introibo in domun tuam domine. Adorabo in templum sanctum tuum in timore tuo: entraré en tu casa, me postraré en tu templo santo, en tu temor”. Tal vez porque Dios es Dios y los detalles menores a veces son lo más significativos. Menciona el cardenal, como ejemplo de la importancia del “sentido de lo sagrado”, algo que le impresionó en la Gran Cartuja: la media hora de prosternación que pasan los monjes frente al sagrario antes de cada misa. “Cuanto más espiritual es el hombre, más sentido tiene de la reverencia a la majestad divina”, concluye.

En el capítulo sobre la crisis del sacerdocio, también apuesta por el argumento menos amable: “La luz del sacerdocio se ha apagado. Y lo digo con más pena aún porque sé que son muchos los sacerdotes fieles que se dedican infatigablemente a su misión. Creo que los obispos tenemos una gran responsabilidad”. Y apostilla: “no somos los primeros en orar en silencio y recitar el Oficio en nuestras catedrales. Me temo que estamos demasiado volcados en nuestras responsabilidades profanas y secundarias”.

Si alguien todavía cree que el problema son los nuevos tiempos o la perversión de la juventud, en un mensaje dirigido a sus hermanos sacerdotes el cardenal no duda en traer al presente aquel sincero y severo juicio de Charles Péguy: “No es un secreto para nadie, y en las escuelas no se puede esconder, tal vez solo en los seminarios, que la descristianización vino por culpa del clero. No viene de los laicos, viene del clero”. Con Péguy, echemos una breve mirada -cargada de autocrítica- a los colegios católicos más veteranos de la periferia española: ¿Dónde está Dios más allá de lo ornamental? Lo explica más sutilmente el autor de Se hace tarde y anochece con su habilidad para las figuras poéticas: “cuando la fe del clero se marchita, se produce como un eclipse: el mundo queda sumergido en oscuras tinieblas”.

Una Iglesia a la medida del mundo

El mundo occidental ha ido borrando la fe en Dios para, en libre paráfrasis de Chesterton, acabar creyendo en cualquier cosa. Denuncia el autor la pasión en Occidente hacia “las religiones paganas, incluidas las animistas” así como hacia la filosofía oriental. “Lo cierto es que hay que ser africano”, dispara, “para atreverse a decir sin complejos que estas religiones tradicionales paganas son espacios de temor y falta de libertad”. A los que flotan en ese cóctel de buenismo, ecumenismo y adaptación a lo políticamente correcto para hacerse adoptables por el el mundo, Sarah dedica un sopapo cardenalicio que podría convertirse en zasca-trending-tropic en Twitter: “Jesús nos ha dicho que somos la sal de la tierra, no el azúcar del mundo”.

Si se trata de cambiar la Iglesia, Sarah apuesta por dos lugares donde comenzar la reforma por uno mismo: la liturgia y los monasterios. Para lo primero cita a Benedicto XVI, poniendo el dedo en la llaga: “la causa más profunda de la crisis que ha derruido a la Iglesia reside en el oscurecimiento de la prioridad de Dios en la liturgia”. En cuanto a lo segundo, cree que la renovación de la Iglesia vendrá de los monasterios: “Invito a todos los cristianos a compartir durante unos días la experiencia de la vida en un monasterio”; considera que son una muestra de “lo que debería ser toda la Iglesia”.

Es posible que aún haya dudas sobre esta reforma, tan diferente a la que defienden quienes quieren mundanizar al clero ordenando curas casados y, en general, disolver a los pastores de la Iglesia en cualquier magma laicista. Y es que Sarah no se cansa de dar ideas a los sacerdotes jóvenes que quieran renovación. Les pide, primero, que sean santos, pero también deja caer, por ejemplo, que el Vaticano II defendió preservar la lengua latina con éxito fácilmente descriptible. “¿Hemos sido fieles al concilio?”, la pregunta de Sarah es retórica, “el empleo del latín en determinadas partes de la misa puede ayudar a recuperar la esencia más profunda de la liturgia”, dice; y saliendo al paso de los obispos que se estarán ya llevando la mano a la mitra, añade: “la comprensión de los ritos no consiste en la obra de una razón humana que tiene que captarlo todo, entenderlo todo, controlarlo todo por sí sola”. Ni el latín, ni los salmos, ni todas las palabras y ritos de la liturgia deben ser íntegra e inmediatamente comprendidos por los fieles. Y es que la liturgia no es una clase; es más, lo decisivo en el Sacramento lo obra el Espíritu Santo.

¿Quién es este cardenal guineano?

Se hace tarde y anochece cierra una trilogía abierta con Dios o nada y continuada con La fuerza del silencio (frente a la dictadura del ruido). Tres libros con el mismo formato, entrevistas realizadas por el periodista Nicolas Diat, y con los que Sarah se ha convertido en un inesperado bestseller mundial después de años de dedicación anónima y silenciosa a la Iglesia. Sacerdote desde 1969, fue Arzobispo de Conakri a los 34 años y, desde 2001, alto cargo de la Curia nombrado por Juan Pablo II. Benedicto XVI lo creó cardenal en 2010 y Francisco lo nombró en 2014 Prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos.

La claridad con la que aborda los asuntos más comprometidos, sus posturas tan disonantes con el progresismo eclesial –sus críticas, como africano, a la inmigración ilegal- han llevado en ocasiones a mostrarle como alguien enfrentado al Papa Francisco. Cualquier lector de su obra desechará tal sospecha en las primeras páginas, cuando fija su total fidelidad al Sumo Pontífice en el epígrafe El amor a Pedro.

“[A veces] nos sentimos tentados de purificar la Iglesia con nuestras propias fuerzas”, afirma, “esa es la tentación más grave: una división tapada con oropeles. Con la excusa de hacer el bien, nos dividimos, nos criticamos, nos destrozamos. Y el demonio se ríe”. Habla con una transparencia inusual entre los cardenales. La misma que emplea para enviar un mensaje a los católicos de crítica fácil, como yo: “El sacerdote más indigno sigue siendo instrumento de la gracia divina cuando celebra los sacramentos. ¡Hasta ese extremo nos ama Dios!”. Y por si aún conservaba el aliento después del correctivo cardenalicio: Haced penitencia, ayunad en reparación de sus faltas y de su cobardía”. O bien, dicho en cristiano: cállate y reza.