Historias que harán que el café se te quede frío.
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Al salir de clase… hay mucha gente buena

 

La nostalgia que se lleva ahora es la de los años 80. Eso explica que Eduardo Aldán lleve 12 temporadas de gira con su espectáculo Espinete no existe o que los libros Yo fui a EGB hayan agotado edición tras edición. Pero es inminente que al revival de los 80 suceda el de los 90. Así, si hoy se hacen lecturas políticas de Verano Azul, cuando le llegue el turno a los 90 se hará lo mismo con ‘Al salir de clase’. O, por no salir de las 625 líneas televisivas, con el magacín ‘Lo+Plus’ o el programa ‘Las noticias del guiñol’.

Los títulos anteriores no están escogidos al azar. Comparten los tres un mismo nombre, el de Antonio Cuadri. Puede que el tipo ni tenga ni vaya a tener un espacio dedicado en ningún hall of fame. Cosa que parece traerle absolutamente sin cuidado. En la feria de las vanidades que dicen que es la industria del cine, el único sitio que reclama Cuadri es frente a la pantalla, como espectador. Claro que tampoco va a colarse en la sala, tendrá que pagarse la entrada. Por eso lo de ponerse detrás de la cámara.

A ver, no es que Antonio reduzca su oficio a una manera de hacer frente a las facturas de fin de mes. Va mucho más allá de eso. De hecho, su primer gran amor fue el cine, al que parece seguir siéndole fiel. A Cuadri uno se lo imagina de chaval en la Sevilla de la Transición -porque la Transición aconteció en toda España, no solo en la barriada de San Genaro, la de los Alcántara- haciendo sus pinitos con un tomavistas Super-8 (de la misma manera que los futuros cineastas hoy graban sus primeras historias con un iPhone).

Luego vendría el colectivo cinematográfico El Bodrio, la facultad de Imagen y Sonido de la Complutense, la tele -fue de los pioneros de Canal Sur-, otra vez Madrid, la publicidad, los videoclips, su faceta de docente itinerante, las productoras, los premios, dirigir a Salma Hayek, Carmelo Gómez, Jordi Mollà, Paz Vega, su nombre en los títulos de créditos de series como Manolito Gafotas, Cuéntame, Fugitiva, la comedia de enredo, el dramón de toda la vida, el cine épico… Y en medio de todo este no parar, su cortometraje Hay mucha gente buena. Solo que antes de hacer la sinopsis, toca poner al lector en contexto.

Un viaje al interior de sí mismo

Verano 2011. Madrid. Jornada Mundial de la Juventud. Por esa fecha, Cuadri había retomado contacto con Patricio Gómez, viejo amigo y compañero de fatigas desde hacía la tira de años. Patricio acababa de regresar de una larga estancia en América. “Hizo un viaje tan largo que viajó al interior de sí mismo”, dice Cuadri de su amigo. Sin necesidad de cruzar el Atlántico, nuestro protagonista también parecía estar en camino motivado por circunstancias familiares, cuestionamientos internos, historias varias. La vida, en fin.

En las largas conversaciones que los dos amigos mantuvieron aquel verano, una de ellas giró alrededor de algo que había dicho Benedicto XVI en El Escorial: que estábamos viviendo un eclipse de Dios. La siguiente escena es Cuadri y Patricio yendo a ver al padre Esteban Munilla, entonces director de Radio María. Querían ofrecerse para hacer lo que llevaban haciendo: contar una historia con imágenes y sonidos. Gratis, claro. Que si Radio María la sacaban adelante voluntarios, no iban a aceptar Antonio y Patricio ser menos. O más.

El título del corto, Hay mucha gente buena, lo tomaron sus autores de uno de los programas de la cadena. En él se cuenta cómo un grupo de personas altruistas, cada una con su vida, se las apañaban para emitir todas las semanas un espacio de testimonios. Todo con las debidas licencias ficcionales, emotivas, incluso paródicas, sellos de la factoría Cuadri.

Qué supuso para Antonio Hay mucha gente buena, solo él lo sabe. Es verdad que alguna pista ha dado. Así, en el estreno del corto Cuadri dio las gracias, emocionado, a su nueva familia de Radio María. Por lo demás, Antonio es de esa clase de tipos que no gustan hablar de sí mismos, no sea que la contemplación prolongada de su ombligo le distraiga del que considera el mayor espectáculo del mundo, a veces también el más místico: la realidad.