Historias que harán que el café se te quede frío.
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Al Capone… ¿que estás en los cielos?

Los interrogantes del titular son para evitar meternos en honduras teológicas. Según la ortodoxia católica, únicamente puede afirmarse con rotundidad que están en los cielos aquellos de los que se ha probado, tras el correspondiente proceso de canonización, que vivieron con heroicidad las virtudes cristianas. El resto, solo Dios lo sabe.

Bueno, hay un caso que no precisó de tal proceso, por ser el mismísimo Cristo quien avaló su entrada en el reino de los cielos: Dimas, el buen ladrón que compartió con el Hijo de Dios los padecimientos de la Cruz en el monte Calvario aquel viernes por la tarde en que la Historia se partió en dos, como el velo del templo.

De entonces acá, el caso del buen ladrón ha supuesto una esperanza para pecadores de toda condición, incluso los de la peor estofa (sobre todo estos), pues es la prueba de que por mucho mal que hayas hecho, si te arrepientes en el último momento, tu salvación es tan segura como la de aquellos de vida virtuosa y ejemplar, entre los que nunca se encontró el protagonista de esta historia: Alphonse Gabriel Capone, en adelante, Al Capone.

Criado en las calles de Brooklyn

Como tantos hijos de italianos emigrados a América, Al Capone fue bautizado en la fe de sus padres, incluso hizo la Primera Comunión. Pero poco más. Al menos, en lo que a vida de fe se refiere. Sus primeros años no transcurrieron en una sacristía, ayudando a vestir a un sacerdote para celebrar los sagrados misterios.

Ficha policial de Johnny Torrio, mentor de Al Capone.

Transcurrieron, más bien, en las calles de Brooklyn y en uno de esos llamados centros sociales, donde los jóvenes italoamericanos mataban el tiempo charlando, jugando a las cartas o al billar, leyendo los tabloides o haciendo prácticas de tiro. Estos centros solían llevar el nombre de alguna región, ciudad o pueblo de la ‘mamma’ Italia, de algún personaje histórico de allá, o de algún caudillito de barrio del nuevo mundo. En el caso del joven Capone, el centro social que frecuentó se llamaba Johnny Torrio, quien fue su mentor en el mundo del hampa.

Pero antes de convertirse en el rey del crimen, el siempre precoz Capone pasó por el altar, no sin antes haber embarazado a una muchachita irlandesa llamada Mae. Al y Mae se conocieron trabajando en una fábrica de cartón -uno de los pocos empleos legales que tuvo él-, donde ella era la encargada de controlar los horarios de los empleados. Se dice que Sonny, el único hijo del matrimonio, fue concebido en un rincón oscuro de la fábrica, uno de tantos donde la pareja aprovechaba para amarse furtivamente, detalle que los aleja de las vidas ejemplares de los santos.

Chicago y la irresistible ascensión de Capone

Una cosa sí es cierta: a su manera, Capone fue un hombre de familia. La prueba es que cuando Johnny Torrio lo mandó a Chicago, se llevó consigo a su mujer y su hijo, por supuesto, pero también a su madre, hermanos, hermanas, y a cualquiera que acreditara un parentesco en línea recta o en línea colateral. Chicago, por cierto, fue el escenario de la irresistible ascensión de Capone. Allí empezó de gorila en uno de los muchos tugurios de Torrio, para pronto convertirse en su brazo ejecutor y finalmente sucederle al frente de su banda –The Outfit, o sea, La Organización- a la temprana edad de 25.

Su reinado duró solo seis años, tiempo más que suficiente para erigir un emporio al nivel del rascacielos más alto de la ciudad de Chicago. En este tiempo, son pocas por no decir ninguna las estampas edificantes de Capone, pues todos sus afanes se centraron en el negocio de los placeres prohibidos: alcohol, juego y prostitución, no dudando en liquidar a quien se le opusiera en su irresistible ascensión al poder y la gloria.

Los muy fans -que haberlos, haylos- todavía le atribuirán el don de la bilocación y el de la profecía, los cuales suelen predicarse de los santos muy santos. Lo primero trae su origen de la cantidad de hoteles y restaurantes que aún hoy aseguran que el famoso gángster durmió y comió allí. De ser cierto, Capone no habría hecho otra cosa en la vida, sin un segundo libre para el crimen. Al final, todo es más sencillo. Se trata de un burdo reclamo turístico, no en vano el italoamericano sigue siendo uno de los iconos más populares de los Estados Unidos, guste o no.

Generoso con los pobres
Al Capone durante un partido de beisbol junto a su hijo Sonny.

En cuanto a lo segundo, lo de la profecía, es verdad que cada vez que Capone asistía a un partido de béisbol, una velada de boxeo o una carrera de caballos, muchos en el público le pedían un soplo, pero no porque le creyeran ungido por ningún don de lo alto, sino porque sospechaban que tenía comprado el resultado de antemano.

Nadie podrá negarle, eso sí, su generosidad con los pobres, para los que construyó comedores, escuelas y hospitales. Solo que para ser actos de caridad perfecta les sobraba una cosa: la publicidad. Por otro lado, lo que Capone destinaba a la beneficencia eran solo las migajas que caían de su mesa, pues solo en comida para él y los suyos gastaba 1.000 dólares semanales, algo que muchas familias no podían permitirse ni en un año, menos todavía en los tiempos de la Gran Depresión. En la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, Capone habría bordado el papel del segundo, sumando a su prodigalidad, el ser capaz de todas las violencias.

No pocos de los cadáveres de sus enemigos aparecían con ni un solo hueso en su sitio ni un centímetro de piel sin moratón. Por supuesto, eran asesinatos encargados a su legión de matones, que no iba a mancharse él las manos de sangre, si bien alguna vez lo hizo, y no necesariamente cuando ocupaba los puestos más bajos del escalafón gangsteril. Ya en la cúspide, mató a batazos -no era nada personal, solo negocios- a los mafiosos Scalise y Anselmi, escena que Brian de Palma recreó libremente en su película Los Intocables.

Inauguró Alcatraz

Sin embargo, y como es de sobra conocido, Capone no fue a dar con sus huesos en la cárcel en 1931 acusado de asesinato, sino de evasión de impuestos, por la sola razón de que las autoridades disponían de evidencias suficientes para probar lo segundo, mas no lo primero. Cosa distinta era su convencimiento de que el italoamericano estaba detrás de tantísimos asesinatos. Tal es así que la Administración Roosvelt se encargó de que Capone formara parte de la primera cuerda de presos que inauguró la prisión de alta seguridad de Alcatraz, otorgándosele a su llegada el número 85.

En Alcatraz se le aplicó el reglamento penitenciario en todo su rigor, incluso más allá, hasta el extremo de no tratarle adecuadamente la sífilis, enfermedad venérea que había contraído con anterioridad en una cama que no era, no, la que compartía con su mujer. La sífilis terminaría afectándole al cerebro, retrotrayéndolo a la edad mental de siete años, con tímidos avances hasta los 14. La sífilis también fue la causa subyacente de la bronconeumonía que le llevó a la tumba en 1947.

El Capone de Alcatraz en nada se parecía al que se había enseñoreado de las calles de Chicago no mucho tiempo atrás. Si bien siempre se preocupó y ocupó de los suyos, nunca había supuesto un problema para él vivir largas temporadas separado de ellos, sustituyendo el hogar por uno de esos hoteles -el Lexington, el Hawthorne, el Metropol- que convertía en fortines armados, vaciándolos de clientes y llenándolos de sicarios malencarados y de prostitutas.

Y volvió a la fe
Carta de Al Capone a su hijo Sonny escrita en Alcatraz.

En Alcatraz, en cambio, echaba terriblemente de menos a su familia, en especial a Mae, su mujer, y a Sonny, su hijo. El único consuelo a su soledad eran las cartas de amor que les escribía, prometiéndoles una vida feliz tan pronto saliera en libertad, juntos de nuevo los tres, lejos de todo tipo de líos.

Otro consuelo fue la vuelta a la fe. La fe de su niñez. La fe de sus mayores. La fe. No era extraño verle en misa los domingos, las fiestas de guardar y algún que otro día entre semana, confesándose y comulgando. Qué no hubiera pagado J. Edgar Hoover, director del FBI, por tener como agente al jesuita Joseph Mahoney Clark, capellán de la prisión, con quien Capone tenía largas conversaciones, todo lo profundas que le permitía su salud mental.

Deirdre Bair, la penúltima biógrafa del gángster, atribuye la vuelta a Dios de este a un efecto secundario del retraso provocado por la sífilis. Bueno, a esto siempre se podrá responder con el precepto evangélico: quien no se haga como un niño, no entrará en el reino de los cielos. Pero como decíamos al comienzo, no es nuestro propósito meternos en honduras teológicas. Ni tampoco escrutar lo inescrutable. Únicamente relatar aquello de lo que se tiene noticia cierta, como que Al Capone salió por fin en libertad en 1939, tras ocho años preso.

25 de enero de 1947

Muchos de los que habían prosperado a su sombra, hubieran dado lo que fuera por verle de nuevo al frente de La Organización. Él, sin embargo, no. Parecía disfrutar como un niño -en cierto modo, lo era- con su nueva vida, sufragada sin grandes derroches por los nuevos hombres al cargo de la banda; vida en la que lo más excitante que podía sucederle era que le llevasen al cine a ver alguna comedia romántica o al drugstore de la esquina a comprar chicle de la marca Dentyne o pastillas de regaliz Sen-Sen. Al final, iba a resultar cierto aquello que solía repetir de que, en lugar de traficar con alcohol, debió haber vendido leche.

Capone murió en su residencia de Miami, habiendo recibido los santos sacramentos. Sus restos descansan en el cementerio de Mount Carmel, en Chicago, bajo una lápida donde figura su nombre completo –Alphonse Gabriel Capone-, su fecha de nacimiento -17 de enero de 1899-, la de defunción -25 de enero de 1947- y una leyenda que, más que leyenda, es jaculatoria, oración, ruego: “Jesús mío, tened compasión de mí”.

Dios quiera que haya sido así.