Ser conservador es el nuevo punk.
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60 años después, Astérix resiste

Pocos anuncios han causado tanta indignación en Francia como uno de McDonald’s en 2010. El cartel mostraba a Astérix, Obélix y sus amigos celebrando una gran fiesta en el interior de una hamburguesería de la franquicia estadounidense. Los franceses no entendieron que su héroe cambiara el suculento jabalí por un vulgar Big Mac con Coca-Cola y expresaron su ira en las redes sociales, hasta que la editorial tuvo que aclarar que aquello era una iniciativa puntual y que el héroe de la Galia no volvería a anunciar comida rápida. Al margen del chauvinismo, en la polémica parecía latir algo más profundo: mientras la identidad de Francia está sometida a un intenso debate, el héroe galo, el único personaje capaz de unir a una de las sociedades más divididas del mundo, se entregaba a la propaganda de una compañía icónica del capitalismo global.

Albert Uderzo y René Goscinny

Se cumplen ahora 60 años desde que el dibujante Albert Uderzo y el guionista René Goscinny idearan el personaje de Astérix, que salió a la luz en la revista para adolescentes Pilote. Según explicó Urdezo, la serie “fue un encargo de un editor, François Clauteaux, que nos dijo que estaba harto de que sus hijos sólo pudiesen leer historietas con héroes estadounidenses. Quería que los niños tuvieran a su alcance historietas francesas, con personajes franceses e impregnadas de una cultura no menos francesa”. A Goscinny, responsable también de El pequeño Nicolás y de El gran visir Iznogoud, hay que atribuirle el mérito por el tono de parodia chispeante, mientras que Urdezo supo dar a los dibujos de los personajes el punto justo de color y expresividad.

Desde su pequeña aldea, la historieta se ha convertido en un éxito sin parangón: publicado en más de 107 lenguas, incluidas el latín y el griego clásico, y adaptado al cine y a los videojuegos, Astérix rivaliza incluso con Tintín por el puesto de gran figura del cómic europeo.

La poción mágica del general De Gaulle 

Pese a que la serie está llena de humor, desde los retruécanos de los nombres propios hasta el juego con el anacronismo histórico, se han escrito muchas páginas en serio sobre la identidad de Astérix e incluso sobre sus ideas políticas. Ni siquiera él, tan acostumbrado a otro tipo de combates, se ha librado de la guerra cultural, cuyos combatientes recorren las viñetas buscando argumentos para exaltarse o para ofenderse.

En realidad, el mito fundacional de los galos era una creación republicana, laica y nacionalista, dirigida a buscar referentes que no entroncasen con la cristiandad medieval. Durante la III República, la figura de Vercingétorix, de la que en realidad sabemos muy poco, era estudiada en los colegios como el primer gran líder de la patria francesa y como un referente por encima de, pongamos, Juana de Arco. El mérito de la serie es tomarse a broma esa fábula, historiográficamente muy endeble, y convertirla en un instrumento para hablar del siglo XX con buen humor y la ración justa de puñetazos.

La leyenda dice que Astérix nació gaullista, y lo cierto es que la cronología invita a pensarlo. “Es verdad que él llegó al poder en 1958 y nuestro primer álbum es de 1959, pero se trata de una simple coincidencia”, se ha defendido Uderzo. A De Gaulle, cuentan, le gustó tanto el tebeo que se afición a bautizar a sus ministros con apodos terminados en ix en las reuniones del Consejo, y nombró “Astérix” al primer satélite francés, puesto en órbita en 1965. En aquellos días pareció que el general había encontrado su poción mágica y que Francia podía volver a ser un país independiente y respetado. Duró poco. La deshonrosa huida de Argelia, que para muchos fue una traición, y las revueltas de mayo del 68 marcaron el rumbo de un país quebrado, autodestructivo y lleno de complejos. De aquella época fugaz de autoestima sólo quedó Astérix, el galo, el irreductible.

Le Pen en el Parque Astérix

Los políticos, sobre todo los de derechas, no dejaron de fijarse en las historietas de la serie. Jacques Chirac utilizó su imagen en varios carteles siendo alcalde de París y recibió el apoyo público de Uderzo, mientras que Nicolas Sarkozy, bajito y narigón como el héroe, intentó identificarse con él de forma apenas disimulada. Por su parte, Jean Marie Le Pen le respondió con un ataque directo en la campaña para las elecciones europeas de 2009: desde el Parque Astérix, le acusó de visitar un “parque americano, Eurodisney”, en lugar del producto nacional. Ya en el campo de la izquierda, pocos han recordado tanto al personaje como José Bové, activista agrícola, antiglobalización y enemigo declarado de McDonald’s, cuyo mostacho rivaliza con el del guerrero.

Alain Duhamel, autor de Le complexe d’Astérix

Pero, ¿cuáles son las ideas de Astérix? Según el analista y académico Alain Duhamel, autor del ensayo Le complexe d’Astérix, nuestro personaje sería  “un tipo de derechas, la encarnación del individualismo, del mito del salvapatrias, el campeón de la aldea, lo que hoy se llama en política el hombre providencial”. Es un análisis de brocha gorda, cierto, pero puede que en él haya algo de verdad. Los galos están orgullosos de su identidad y de su terruño, siguen fielmente sus tradiciones y no rehúyen nunca el combate.

En el contexto de la Guerra Fría en que nació la serie, el paralelismo entre el imperio romano y las dos grandes potencias parecía obvio: la aldea gala era una representación de un país deseoso de proteger su identidad en un mundo bipolar. Hoy la metáfora no está tan clara. Muchos criticarían la empalizada del pueblo porque, ya se sabe, los muros no tienen muy buena fama, y otros tantos recomendarían, en aras al libre intercambio de ideas y mercancías, la rendición ante las legiones de Julio César.

¿Están locos estos globalistas?

Puestos a jugar a los anacronismos, es posible que hoy Obélix usara sus menhires para hacer papilla a los globalistas, empeñados en que la vida de un galo sea exactamente igual que la de un egipcio, en que los normandos dejen de beber calvados en los cráneos de sus enemigos y los godos abandonen su irritante hábito de hablar en letras góticas. Lo cierto es que, pese a que los protagonistas son grandes viajeros –entre otros muchos lugares, visitaron la Hispania desarrollista en 1969-, el objetivo de cada viaje es regresar a su hogar, al que aman sinceramente, no porque sea mejor que el resto, sino porque es el suyo.

Tanto la derecha alternativa como la izquierda anticapitalista, si es que esto último sigue existiendo, tienen ciertos argumentos legítimos para reivindicar su conexión con la serie de Uderzo y Goscinny. Pero en la obra hay otros guiños políticos más sutiles. Los recaudadores de impuestos no salen muy bien parados, lo que podría satisfacer a los libertarios, mientras que cuesta no ver en el bardo Asurancetúrix, siempre amordazado, el prototipo del cantautor progre, pagado de sí mismo y de dudoso talento. El peso social del druida Panorámix irritará a los laicistas, mientras que a los animalistas más recalcitrantes la dieta de la aldea no les hará mucha ilusión. En cuanto a los pacifistas, puede que lo de masacrar legionarios romanas no encaje en su concepto de sana diversión.

En todo caso, aceptemos o no la tesis de Duhamel según la cual Astérix es de derechas, lo cierto es que en sus álbumes se refleja, entre coña y coña, todo el debate intelectual que divide a los conservadores del otro lado de los Pirineos: la identidad, el multiculturalismo, el sentido de comunidad o el nacionalismo económico, entre otros, están presentes entre los problemas de la aldea.

La icónica aldea gala que resiste ante los romanos
Toda la Galia está ocupada. ¿Toda?

Por eso nos divierte tanto Astérix: porque, con la excusa de la Historia, es capaz de hablar de su tiempo sin tomárselo en serio, y porque deja el suficiente espacio a la imaginación del lector. Sólo tras la muerte de Goscinny hubo unos años grises en los que los álbumes se llenaron de chistes políticos demasiado obvios y facilones, pero hoy, con una nueva generación de guionistas, la serie parece haber recuperado el tono que le dio la fama, hecho de estereotipos, juegos de palabras, argumentos disparatados y referencias sutiles a la actualidad.

Si Francia tiene arreglo, el antídoto habría que buscarlo en los tebeos de Uderzo y Goscinny más que en las obras de Sartre o de Foucault, aunque seguramente a Macron le falta sentido del humor para lograr esa hazaña: saber reírse de los propios estereotipos es un requisito imprescindible para vivir en comunidad.

No sabemos a quién votará Astérix en las presidenciales de 2022, aunque es probable que prefiriese dedicar el domingo a una buena pelea y a un suculento banquete que hacer cola en el colegio electoral. Pero mientras una pequeña aldea de galos resista todavía a los invasores, sean estos quienes sean, habrá esperanza para los franceses y el cielo no terminará de caer sobre sus cabezas.