Historias que harán que el café se te quede frío.
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El Via Crucis del Padre Salar

El Padre Salar, dando testimonio en Madrid. | Fernando Díaz Villanueva

 

La escena podría ser la siguiente: un funcionario de aduanas del aeropuerto de Barajas preguntándole a un viajero si tiene algo que declarar, y este respondiendo que sí, que un credo, una fe, al tiempo que abre una maleta y empieza a sacar de la misma objetos religiosos en penoso estado de conservación.

La escena podría ser esa, aunque lo más seguro es que fuera otra. Más que nada, porque no hay equipaje de mano con capacidad suficiente para albergar el sinnúmero de cálices, imágenes y sagrarios que recientemente viajaron de Irak a Madrid para ser expuestas en dos parroquias, tras sendas charlas del Padre Salar, el viajero del comienzo del comienzo de esta historia, el mismo que, imaginariamente, declaraba en aduanas una fe, un credo.

Vaya por delante que no es el Padre Salar experto en arte sacro ni que la gente que se acercaba a contemplar las piezas al final de cada charla lo hacían atraídos por su belleza. Los objetos -profanados, por cierto- eran testigos mudos de la barbarie de Daesh, de la cual el sacerdote iraquí era y es un relator autorizado.

Una fe madurada entre guerras
El Padre Salar, en la iglesia de Mar Quryaqus, en Batnaya (Irak). | AIN

Autorizado, que no único. Muchos de los 120.000 cristianos iraquíes que en el verano de 2014 salieron huyendo con lo puesto de la Llanura de Nínive bien pudieron haber dado, como el sacerdote de visita en Madrid, un testimonio parecido de fe, de esperanza y de caridad.

Porque preferir el éxodo a la apostasía, albergar en todo momento, incluidos los peores, el íntimo convencimiento de que algún día regresarían a sus hogares, y no desear mal por mal a los airados hijos del islam que les habían dado a elegir entre la sumisión y la muerte, ¿qué otra cosa es sino un testimonio de fe, esperanza y caridad?

Pero estábamos en el porqué de la visita del Padre Salar estos días pasados en Madrid y no la de uno de esos 120.000 refugiados. ¿Por su más que correcto español? Bueno, y puede además que porque el Padre Salar nació, creció y maduró su fe en la Llanura de Nínive, cuyo solo nombre trae a la imaginación paisajes y pasajes bíblicos. Pero no solo. También escenarios y crónicas de guerra. Primero fue la guerra de Irán e Irak, luego la primera del Golfo, años después la segunda, y últimamente la del Daesh, con sus hordas como surgidas de lo más tenebroso de la deep web.

Miembro destacado de la Iglesia caldea en Irak

Hizo bien la madre de Salar en bautizarle así, pues su nombre significa “fortaleza”, de la que el joven cura haría acopio cuando, en los peores momentos, que fueron casi todos los de su país, permaneció al lado de su rebaño, siempre acechado por los lobos.

¿Que por qué, insistimos, el Padre Salar en Madrid? Al fin y al cabo, porque es un miembro destacado de la Iglesia caldea en Irak, una de las tres grandes confesiones cristianas en la zona, junto con la siro católica y la siro ortodoxa, creadoras las tres del Comité para la Reconstrucción de las Poblaciones de Nínive, siempre con el apoyo de la muy pontificia fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN).

En un primer momento, la colaboración entre las tres Iglesias locales y la universal -esto es, la Católica-, representada por AIN, consistió en ser instrumento de la Providencia supliendo a los refugiados de lo más básico (alojamiento, comida, medicinas, ropa, educación…), en una rápida y efectiva puesta en práctica de las obras de misericordia, las corporales y también las espirituales.

Un objetivo: hacer realidad el sueño de volver a casa
La Iglesia de San Jorge, en Tesqopa (Irak). | AIN

Una vez liberadas las nueve localidades de la Llanura de Nínive tomadas por Daesh, fue cuando se constituyó formalmente el Comité para la Reconstrucción, cuya objetivo era hacer realidad los sueños de miles de refugiados: volver a casa. Pero antes era preciso hacer una minuciosa evaluación de los daños, en la que participó activamente el Padre Salar.

Según datos facilitados por AIN, de los 13.088 hogares dañados por Daesh, 8.291 lo estaban parcialmente, 1.234 totalmente, y 3.551 quemados. Y de las 363 iglesias dañadas, 191 lo estaban parcialmente, 34 totalmente y 132 quemadas.

Semejante labor de inspección -minuciosísima, como decimos- lo ha sido, en ocasiones, a un muy alto precio. Que Daesh haya sido desalojado de la zona, no significa que en su huida no haya sembrado de minas el terreno, en sentido literal, pero figurado también.

Informar acerca de la Iglesia perseguida en el mundo

En sentido literal, por los artefactos explosivos descubiertos en muñecas o en camiones de juguete, sin duda, los primeros objetos a los que correría a abrazarse cualquier niña y niño, tras años de separación forzosa. En sentido figurado, por la discordia sembrada por Daesh entre los que regresen ahora a casa y los que nunca se vieron obligados a abandonarla.

Párrafo aparte merecen las amenazas de muerte que recibe el Padre Salar cada vez que entra en una Iglesia liberada y, de subida al tejado, donde hace tañer gozoso las campanas, retira de allí las banderas de Daesh, aún ondeando violentas al viento. O las amenazas también cuando una familia de cristianos le pide ayuda para desalojar a los musulmanes que, en su ausencia, han ocupado su casa, pues ni la policía ni los tribunales islámicos tomarán cartas en el asunto a su favor.

Estas y otras cosas vino a contar a Madrid estos días pasados de Cuaresma el Padre Salar, invitado por AIN. Quien acuse a la fundación pontificia de dispendio por costear al sacerdote iraquí un billete de ida y vuelta, ha de saber dos cosas. La primera, que el precio del viaje, estancia incluida, es ridículo si se lo compara con los más de 34,5 millones de euros con que AIN ha intensificado desde 2014 su ayuda a los cristianos iraquíes. La segunda, que entre las misiones de la fundación, aparte de financiar proyectos pastorales y de emergencia en 145 países, está también la de informar de manera fidedigna y veraz acerca de la Iglesia perseguida en el mundo, y quién mejor en el caso de Irak que el Padre Salar.

Un testimonio desgarrador
El Padre Salar, en Madrid. | F.D.V.

A propósito, otra misión de AIN es fomentar la oración por todos aquellos que sufren a causa de su fe. Eso hizo el Padre Salar en su visita a España. Y lo hizo en arameo, su lengua y la lengua de Jesús, la lengua en la que se rezó por primera vez el Padrenuestro. Oírselo rezar al sacerdote iraquí en una parroquia de Madrid, pidiendo a los cristianos de aquí que fueran ejemplares como lo son sus hermanos allí, y pidiéndoles también que en la medida de sus posibilidades no permitan que la más grande historia jamás contada llegase a su punto final en la tierra donde comenzó hace 2.000 años, oírle rezar el padrenuestro en arameo, decíamos, fue estremecedor.

Como estremecedor hubiera sido escuchar a Maryam Waleed, cristiana refugiada de Irak, quien a sus seis años tuvo que huir junto a su familia de la ciudad de Qaraqosh. Cuatro años después, este es su testimonio:

“Si pudiera, volvería mañana. Alguna vez lloro porque ya no estamos allí. Estoy triste porque Daesh nos sacó de nuestra casa. Nos quitó todo lo material, pero no nuestra alma, nuestro amor, nuestra vida. No siento odio hacia los terroristas, les perdono. Pido a Dios que les perdone y le rezo para que nos lleve de vuelta a nuestra ciudad y así seamos felices. Le doy gracias porque me ha hecho sentir en paz y porque ahora somos mejores cristianos que antes. Dios nos quiere y no dejará que Daesh nos mate. Jesús nos dijo que no todos nuestros días serían buenos. Reza por mí y por mi familia. Para que tengamos paz en nuestro país. Tú rezarás por mí y entonces yo rezaré por ti. Así seremos como amigos aunque no nos conozcamos”.