Historias que harán que el café se te quede frío.
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A orillas del Betis, la Roma de poniente

¿Sabía usted que el origen de la grandeza, prosperidad y esplendor de Córdoba se debe a los romanos, no a los musulmanes?

Pocas ciudades en Europa tienen una historia tan dilatada y rica como Córdoba, centro neurálgico del valle del Guadalquivir y cabecera de una fértil vega habitada y cultivada desde muy antiguo. Como es habitual en lugares donde la presencia humana se remonta a miles de años, cuesta datar con precisión cuándo se asentaron las primeras comunidades estables.

Los arqueólogos apuntan hacia el cuarto o quinto milenio antes de Cristo. Tribus íberas atraídas por la cercanía del río que, aparte de agua fresca y alimento, les permitía aprovechar su curso como vía de comunicación para acceder de un modo rápido y seguro tanto a la desembocadura como a la parte alta de la depresión bética.

En Córdoba, el Guadalquivir forma un pronunciado meandro tras el cual se abre un llano con dos pequeñas elevaciones. En una de ellas nacería Córdoba, la Corduba turdetana. Los turdetanos eran un pueblo íbero que dominaba el curso medio y bajo del Guadalquivir. Herederos de la próspera Tartessos, formaban con diferencia la tribu más civilizada de toda la Península.

Turdetania, estación termino

Los antiguos turdetanos llenaron el valle de centros urbanos. La densidad e importancia de éstos era mucho mayor que en cualquier otro rincón de la Iberia vieja, incluidos los emporios levantinos auspiciados por el comercio con griegos y fenicios. La situación geográfica de Turdetania, en los confines del mundo conocido, les reportaba muchas ventajas.

Era la estación de término de los comerciantes del mundo antiguo. Tenían a mano las ricas minas de Sierra Morena y las explotaban con gran provecho gracias al río, que les permitía transportar el mineral desde tierra adentro. No es casual que la ciudad de Cádiz, situada estratégicamente en una isla entre la desembocadura del Guadalquivir y el estrecho de Gibraltar, naciese como un asentamiento fenicio para comerciar con esta zona.

Pero esas minas terminarían siendo su perdición, porque agitaron la codicia de los grandes imperios de la época: primero el cartaginés y más tarde el romano. Ambos deseaban controlar el valle, disponer a placer de sus riquezas agrícolas y mineras, y valerse de su privilegiada situación como llave para acceder al resto de la Península.

Aníbal, Roma y la Península Ibérica

Romanos y cartagineses midieron sus fuerzas en Hispania durante la Segunda Guerra Púnica. Los romanos llegaron para cortar la retaguardia del ejército de Aníbal, que se había internado en Italia y amenazaba los muros de Roma. La suerte de los turdetanos estaba echada. Y la de la Corduba primitiva, una pequeña ciudad en el curso medio del río, también.

Marco Claudio Marcelo, un patricio romano que vivió en la primera mitad del siglo II antes de Cristo, estaba llamado a grandes empresas desde la cuna. Su padre y su abuelo habían sido cónsules, éste último hasta cinco veces. Pero en la Roma republicana en plena expansión por el Mare Nostrum, encadenando victorias una tras otra, la gloria sólo se alcanzaba por la vía de las armas. El consulado, máxima magistratura romana, era la consecuencia, no la causa. Sólo se llegaba a él a través de batallas victoriosas y la conquista de nuevas provincias.

En aquel entonces Roma atravesaba un momento dulce. Acababa de derrotar a los cartagineses. El botín de guerra era una provincia entera, la de Hispania, acaso la más rica de cuantas contaba la moribunda Cartago. Pero sacar de Hispania a los cartagineses no significaba haberla ganado. O no, al menos, del todo.

La llave de Hispania
Imagen del meandro del Guadalquivir a su paso por Córdoba.

El propio Aníbal y su padre habían pasado las de Caín para someter a los correosos hispanos, pueblos orgullosos y en algunos casos tan ricos y civilizados como los propios romanos. Un siglo antes, Amílcar Barca se había conformado con llegar a un acuerdo con los caudillos turdetanos para explotar sus minas, pero solo en calidad de franquiciado. No eran suyas, y los Barca lo sabían.

Marcelo y el Senado no se conformaban con una simple franquicia que hoy se gana y mañana se pierde. Lo querían todo, querían hacer del opulento valle del Betis un trasunto del valle del Po, en el norte de Italia, una zona profundamente romanizaba y plenamente integrada en el incipiente Imperio que estaba convirtiendo a Roma la ciudad más poderosa del mundo conocido.

Pero para hacerse con la rica vega del Betis no bastaba con controlar los puertos de Cádiz o establecer colonias cerca de la desembocadura como la recién fundada Itálica. Por ahí tan sólo salían sus riquezas. El valle, muy profundo, de varios centenares de kilómetros, daba también acceso a la tierra de los ariscos celtíberos a través de los pasos de la sierra. Si querían adueñarse de Hispania tendrían que hacerlo antes de la Turdetania.

La ciudad  hace ciudadanos

Pero había algo más importante. Los romanos habían aprendido de los imperios que les precedieron que con la victoria militar no era suficiente. Había que conquistar las almas convirtiendo a los conquistados en romanos. Ese milagro solo podía llevarse a cabo mediante ciudades que sirviesen como estandartes del esplendor de Roma.

El poblado turdetano de Corduba (la ciudad del río) era el lugar idóneo para establecer la capital de la nueva provincia. Estaba en el sitio exacto, en el mismo corazón del valle, justo donde el río empezaba a ser navegable para las grandes embarcaciones, a pocas jornadas de camino de Sierra Morena pero también de las serranías béticas. Fundar una ciudad completamente romana en el centro de Turdetania era clavar una pica en Hispania.

Y eso mismo fue lo que hizo Marco Claudio Marcelo en el año 169 antes de Cristo. Junto al asentamiento íbero mandó edificar una ciudad romana a imagen y semejanza de las que estaban levantándose por todo el Imperio. Tendría su foro, sus termas, su teatro, su circo y su puerto fluvial. Todo iría llegando con el tiempo.

Sería, además, una ciudad estable, no un simple campamento para que las tropas invernasen entre campaña y campaña. Pero había un pequeño inconveniente. Los turdetanos no estaban romanizados. Eran una tribu rica y refinada pero no hablaban latín. Luego los primeros pobladores habría que traerlos de Roma.

Capital de la Hispania Ulterior

El premio era grande. No había que colonizar un desierto o los remotos bosques de Europa central. El valle del Guadalquivir era -y sigue siendo- una réplica a escala de la propia Italia: olivos, vides, hectáreas y más hectáreas de cereal dorado al sol del Mediterráneo tapizaban las vegas béticas del siglo II antes de Cristo. Un romano se encontraba allí como en casa. Y pronto lo transformaron en su casa con el concurso entusiasta de la población local, que no tardó en descontar las ventajas que les ofrecía la civilización romana para fundirse con ella.

El Senado, además, tenía ambiciosos planes para la nueva civitas del Betis. La quería convertir en capital de la Hispania Ulterior. Iberia había resultado demasiado grande, más de lo que Escipión se imaginaba, por lo que era necesaria partirla en dos. A la cabeza de la Hispania Citerior (o más cercana) se situaría Tarraco, un puerto situado al norte del delta del Ebro. La Ulterior (o más lejana) se gobernaría desde Corduba. Como tal tendría su gobernador, su dotación de magistrados, sus tribunales, su patriciado urbano y su plebe. Todos bajo el amparo de la ley romana.

Los rebeldes hispanos, que a mediados del siglo II eran aún la mayoría, vieron pronto la amenaza que suponía la nueva colonia enclavada tan en el interior. Desde allí una legión podría internarse en la meseta en cuestión de días y sofocar rápidamente cualquier revuelta indígena. Es por ello que Viriato, el caudillo lusitano que trajo de cabeza a los romanos durante años, tratase de tomar la ciudad por las bravas en dos ocasiones. En ninguna de ellas lo consiguió ya que los romanos se habían cuidado de guarecerla con imponentes murallas. El Senado sabía que aquel puesto de avanzada había que conservarlo a cualquier coste. Mientras Corduba fuese romana el resto de valle también lo sería.

Colonia Patricia Corduba

Los habitantes de la Corduba original fueron abandonando el poblado, situado en la colina de las quemadas -hoy un bonito parque llamado Cruz Conde- para mudarse a la ciudad romana. Para el cambio de siglo el emplazamiento indígena era ya cosa del pasado. Solo había una Corduba: la romana, la misma que ha llegado hasta nuestros días. En aquel entonces tenía un foro y una ceca. Lo sabemos porque los arqueólogos han encontrado monedas acuñadas allí que datan del año 80 antes de Cristo.

No era para menos. Corduba había sido poblada no con romanos plebeyos, sino con patricios, de ahí su nombre completo: Colonia Patricia Corduba. La colonia no tardó en prosperar y para los tiempos de Julio César era una de las principales ciudades de las provincias hispanas y la mayor de cuantas habían fundado en el interior.

Fue en esa época, en el año 49, con Julio César de cuerpo presente en Hispania para combatir a las tropas de Pompeyo, cuando se reunieron en Corduba a petición de César los representantes de todas las ciudades de la Hispania Ulterior. Allí recibiría el cónsul la rendición de uno de los lugartenientes de Pompeyo, Marco Terencio Varrón, que con el correr del tiempo sería perdonado y pudo dedicarse a lo que de verdad se le daba bien: escribir y estudiar la lengua latina. Varrón ha pasado a la Historia como uno de los grandes gramáticos de todos los tiempos.

Guerra civil
Puerta del Puente Romano. Foto: Consorcio de Turismo de Córdoba

Pero la guerra civil romana continuó. En el año 48, cuando César ya había dejado la ciudad, su legado, el pretor Casio Longino, sufrió un atentado al dirigirse a la basílica de Corduba. Enterado César ordenó castigar a la ciudad y ésta en respuesta se pasó al bando pompeyano. El mismo Pompeyo buscó refugio tras sus muros, lo que ocasionó que César se dirigiese personalmente a la ciudad para darle caza. Tras la batalla de Munda, una vez liquidada la facción pompeyana, asaltó Corduba y le infringió un escarmiento ejemplar. Cuentan las crónicas que más de 20.000 cordobeses murieron en la refriega.

Pero, por muy leal a Pompeyo que se hubiese declarado, ni César ni ningún otro cónsul de Roma podían prescindir de ella. Tan pronto como terminó la guerra civil, Corduba volvió a ser tan importante como lo había sido desde su fundación durante el siglo precedente. Brillaría incluso más que antes porque a finales del siglo I Octavio Augusto, el heredero de César, concluyó la conquista de Hispania tras 200 años de guerras, diplomacia, poco palo y mucha zanahoria.

Capital de la provincia Bética

El primero de los emperadores romanos reorganizó el mapa de su imperio. En Hispania, ya muy romanizada, se crearon tres provincias: la Tarraconense con capital en Tarraco, la Lusitania con capital en Emerita Augusta y la Bética con capital en Corduba. Esta última era la única que dependía directamente del Senado por lo que la ciudad no tardó en convertirse en una copia de la misma Roma.

Se levantó un nuevo foro y se construyó un gran teatro, digno de la metrópoli, sólo unos metros más pequeño que el teatro de Marcelo junto al Tíber. De esta época data el puente sobre el Guadalquivir, un coloso en piedra de 17 arcos y más de 300 metros de longitud. Durante siglos sería el único en todo el curso del Guadalquivir desde su nacimiento en Cazorla hasta su desembocadura en el Atlántico.

Como la riqueza de la ciudad era proverbial y la población crecía pronto encargaron la construcción de un circo, un anfiteatro y un acueducto, el Aqua Augusta, que suministraba agua fresca a la ciudad desde los manantiales cercanos. Ya en el siglo I después de Cristo, en tiempos de Tiberio, se levantó un gran templo dedicado al culto del emperador. Era de generosas dimensiones, rectangular, de 32 metros por 16, con una soberbia columnata rematada por capiteles de orden corintio.

Tres acueductos

La ciudad creció hacia el río, cuya ribera se llenó de muelles y almacenes porque, aunque Corduba era el centro político de la provincia, también era un mercado de primer orden. Las acaudaladas familias patricias se hicieron construir grandes villas ricamente ornamentadas al otro lado del cauce fluvial. Corduba no era la puerta de entrada de la Bética, pero sí el máximo exponente de su completa romanización.

Mientras el Imperio Romano prosperó, así lo hizo la ciudad. En su momento álgido llegó a contar con tres acueductos: el Aqua Augusta, el Aqua Nova Domitiana, construido por el emperador homónimo, y el Aqua Fontis Aureae, levantado en el siglo II. A finales del siglo III, con el Imperio ya en franca decadencia, Maximiano, el segundo del emperador Diocleciano y uno de los tetrarcas, ordenó levantar al norte de la ciudad, al otro lado de la muralla, un gigantesco palacio que hacía las veces de cuartel y de fortaleza.

La Roma de poniente

Una Roma en apuros, asediada por los cuatro costados, necesitaba armarse y vigilar sus fronteras. Corduba fue el lugar escogido para controlar el oeste del Imperio. En aquel momento, cuando el sol empezaba a ponerse para los césares, Corduba era lo más parecido a la Roma de poniente.

En un lugar tan intensamente romanizado es normal que desde el siglo I empezasen a recogerse frutos culturales en su punto exacto de madurez. Corduba despuntó como emporio comercial, como capital política y también como centro cultural con especial inclinación por la filosofía. No es extraño, por lo tanto, que alguien como Séneca, uno de los mayores pensadores de todos los tiempos, naciese en Corduba. Su familia, los Anneo, llevaban varias generaciones en la ciudad y romana era su cultura.

En Corduba abundaban los buenos gramáticos como el cordobés Marco Porcio Latron y las escuelas de retórica, una de las disciplinas que más se valoraban en la antigüedad. Pero Séneca no sería el único. En Corduba también nació Lucano, otro pensador de fuste, o Junio Galión, que llegó a procónsul romano en la provincia griega de Acaya y cuyo nombre aparece citado en el Nuevo Testamento, en los Hechos de los Apóstoles concretamente.

Conversión al cristianismo

Jugar en la primera división de las ciudades romanas provocó que Corduba fuese uno de los primeros lugares de Hispania donde empezaron a verse cristianos. El cristianismo entró pronto y fue extendiéndose entre todas las capas de la población, pero no sería hasta el siglo IV cuando la Corduba pagana que rendía culto al emperador se convirtió en masa al cristianismo llegado de oriente.

En esa fase final, la ciudad siguió asombrando al orbe romano. Natural de Corduba era, por ejemplo, Osio, sometido a tormento durante la persecución de Diocleciano pero que luego llegaría a ser obispo de Alejandría, confesor de San Atanasio y consejero del emperador Constantino el Grande. Algunos incluso aseguran que Osio de Córdoba fue el principal artífice de la conversión del emperador en su lecho de muerte y, sobre todo, inspirador del edicto de tolerancia que el emperador promulgó en Milán.

Tal vez como premio, Constantino le encargó la organización del concilio de Nicea, uno de los más importantes de la historia del cristianismo. Al parecer, fue el mismo Osio quien redactó de su puño y letra el Credo, base de la religión cristiana hasta el momento presente.

Pero para entonces, la Corduba romana y el propio Imperio tocaban a su fin. A principios del siglo V, la ciudad fue saqueada por los vándalos sin que las otrora poderosas legiones pudiesen hacer nada para impedirlo. Poco después llegarían los visigodos, abriendo de este modo una nueva era en la milenaria historia de Córdoba.