Historias que harán que el café se te quede frío.
Historias que harán que el café se te quede frío.

Marta, 22 años, madre de Lucía, una niña de 5

Reportaje gráfico: Fernando Díaz Villanueva

 

Cuenta Marta, Marta Páramo, nuestra entrevistada que, una vez, en el colegio, un señor fue a dar una charla a las alumnas y les preguntó cómo querían ser recordadas, a lo que Marta respondió que por algo que le hiciera merecedora de poner su nombre a una calle, ser una gran escritora, por ejemplo, de vida soñadora y despreocupada. Sin embargo, pronto, muy pronto, demasiado pronto quizás, sus planes se vieron truncados por la aparición en la escena de su vida de una personita tan pequeña, tan pequeña, que al principio era solo un punto: Lucía. La que sigue es, resumida, la historia de amor de las dos.

¿Qué siente una chica de 16 años cuando se hace un test de embarazo y este da positivo?

En mi caso no sabría definirlo bien. ¿Miedo? No. ¿Angustia? Tampoco. Quizás una mezcla. Al principio te preguntas y ahora qué hago. Luego ya sí, luego estallas y es el miedo, la angustia…

¿La primera persona que se enteró?

Mi entonces novio. Yo llevaba dos meses sin que me viniera la regla y todo ese tiempo soñando que estaba embarazada; me despertaba agobiada, pero enseguida se me pasaba. ¿Embarazada yo? Qué tontería. Y seguía con mi vida.

Hasta que un día…

Mi novio, que era bastante más sensato que yo, me dijo hasta aquí hemos llegado, así que, de camino al cumpleaños de una amiga, compramos un test en la farmacia, y al llegar a la casa, me encerré en el cuarto de baño. Al salir, él estaba en la fila, buscándome con la mirada; me hizo un gesto con la cabeza, como preguntando, y yo le hice otro, asintiendo.

Él tenía motivos para esperar la respuesta que le diste, pero ¿y tus padres?

Es verdad que cuando empecé a salir con él, poco antes de cumplir los 15, ellos me dijeron que tuviera cuidado, que todavía era muy pequeña. Lo que no se esperaban era que llegase un día a casa en plan ‘hola mamá, hola papá, estoy embarazada’.

Y sin embargo, sucedió.

Me agobiaba contárselo, pero por otro lado lo necesitaba. Necesitaba echarme a llorar, caer en brazos de mi madre y que ella me cogiera, porque yo sola no podía.

¿Y tu padre?

Ahora que es abuelo se ha endulzado un montón, pero siempre fue muy estricto con nosotros, sus hijos. ¿La verdad? Su reacción no fue para tanto.

¿Qué llegaste a pensar?

Nada grave. Siempre supe que me iban a apoyar para que siguiera adelante con el embarazo. Mi miedo fue romperles los esquemas. Porque estaba claro que les iba a romper los esquemas.

¿Qué esquemas eran esos?

Los de una niña responsable, muy metida en su papel de mayor, segunda de siete de hermanos.

¿Y en el colegio?

En el colegio también le rompí los esquemas a todo el mundo. A las profesoras les caía muy bien porque me encantaba estudiar (y me encanta, soy un poco friki). Es verdad que luego era un poco cafre. Ya sabes, alguna vez al despacho de la directora, alguna vez expulsada a casa. Pero de ahí a quedarme embarazada…

¿Te costó contarlo? O como ya lo habías dicho en casa…

Me costó bastante más que en casa. Porque sabía que para mis padres su hija era más importante que la imagen de su hija. En cambio en el colegio… ¡Qué vergüenza! ¡Qué iban a pensar de mí! ¡Qué apuro!

¿Y qué pensaron de ti?

Nada. Me dijeron que no me preocupara, que me iban a ayudar en lo que fuera. Es verdad que la directora alucinó. Bueno, la directora y todas las demás profesoras. Lo que pasa es que la directora me había dado clases ese año de Religión, todo el curso hablando de relaciones prematrimoniales; ya ves tú el caso que le hice.

Ya se lo has contado a tu novio, lo has contado en casa, también en el colegio a las profesoras… Quedan tus compañeras.

Se enteraron primero algunos chicos del barrio, que se lo dijeron a las chicas de mi colegio, que se fueron enterando poco a poco. Recuerdo que alguna se me acercaba y me decía “me han dicho que estás embarazada, pero yo he dicho que no es verdad, obviamente”; y yo pensaba decía mí: “Obviamente, sí”.

Para obviedades, supongo, tu tripa.

Los últimos meses dejé de ir a clase, porque era un canteo y el resto de niñas se distraía. Es cuando empiezan a venir ellas a casa, a ayudarme con los exámenes, lo mismo que las profesoras, siempre pendientes de si necesitaba algo.

Se me olvidaba: la primera ecografía.

Me acompañó mi madre, y aunque tampoco se veía mucho, me quedé impactada, como diciendo ‘wow, eso de ahí es mi hijo’. O mi hija.  El médico, por cierto, había sido mi pediatra de niña, o sea, otro al que le rompí los esquemas.

Nace por fin Lucía, con lo que tenemos a una niña, tú, cuidando de otra, ella.

Para sacarme algún dinero, yo había cuidado a niños, así que cambiar pañales y dar biberones sabía, o sea, que tan desentrenada no me pilló. Y, bueno, tenía la idea de casarme y tener hijos, pero tampoco creas que lo deseaba muchísimo, no como esas niñas que juegan a ser madres, que las hay.

Hasta aquí, una historia extraordinaria, aunque de ámbito privado. ¿Qué lo cambia todo?

Hace tres años, Cada Vida Importa, una plataforma de asociaciones provida, me preguntó si podía grabar mi testimonio y les dije que sí, sin pensar en ningún momento que pudiera interesar a nadie.

El resultado fue que cientos de miles de personas vieron el vídeo.

Tanta repercusión me hizo ver la vida, mi vida, desde otra perspectiva.

¿Cuál?

Empecé a darme cuenta de la suerte que había tenido. Porque comenzaron a llegarme montones de chicas en mi situación, algunas más jóvenes, que no se habían sentido tan arropadas. Yo, en cambio, desde que me hice el test, no me sentí sola.

¿Ni un poco?

En el momento en que te preguntas qué va a ser de tu vida -porque tu vida es tuya, no de los que te rodean-, algo de soledad sí que sientes. La cosa cambia cuando tu familia te dice aquí nos tienes para lo que sea, y te lo dice tu novio, y te lo dicen tus amigas, y te lo dicen tus profesoras. Las niñas que se vieron arrastradas a las puertas de los abortorios no tuvieron esa suerte. Yo sí. Por eso, contar la verdad es mi responsabilidad.

¿Y cuál es la verdad?

Que cada vida importa, que cada hijo es un tesoro; lo veo con Lucía.

¿Qué, exactamente?

Que aunque ella crezca, y tenga su propia vida, siempre la sentiré como una extensión de la mía, algo muy fuerte que no sé cómo explicar.

¿Sabrás explicárselo a ella, esto y todo lo demás?

Pienso mucho qué le voy a responder cuando empiece a preguntar.

Pon que te pregunta si la quisiste siempre.

Entonces le diré que sí, que una cosa distinta es haber tenido miedo por pensar que, de pronto, todo me venía grande, y que no haberla buscado no significa que no haya sido lo mejor de mi vida. Además, por mucho que busques a un hijo, que lo desees, cuando te dicen que estás embarazada, sientes vértigo. Yo lo siento cada vez que la veo: “Ostras, que es mi hija”.

Pon ahora que te pregunta si alguna vez te supuso un estorbo.

Entonces le diré que no, que al revés, que me ha aportado una perspectiva para ver las cosas que con 16 años nunca pude imaginar.

¿Eso incluye estar al tanto de las aventuras de Peppa Pig mucho más que el resto de chicas de tu edad?

No sabes la envidia que me da, no sé, cuando alguien me dice que se ha pasado la tarde leyendo, con lo que me encanta leer. Ahora bien, la tarde que me quedo con Lucía construyendo castillos de dominó para derribarlos luego, o viendo una película las dos, mientras la comentamos, bueno, esa es la mejor tarde de mi vida.

Nada, que se acaba la entrevista y no te he preguntado cómo es ella.

¿Quién, Lucía? Lucía es preguntona. Es graciosa. Es lista. Es preciosa. Es genial. No sé. Lucía es… Lucía.