Historias que harán que el café se te quede frío.
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Ferran Caballero: “La nueva política no es nueva, es distinta, y no necesariamente por ser mejor”

Foto: Fernando Díaz Villanueva.

 

Licenciado en Filosofía, actualmente ejerce como profesor de colegio y de universidad. En 2012, la editorial Ariel le distinguió con el Premio Mejores Blogueros Jóvenes de Ensayo, y cinco años después, ese mismo sello le publicó su libro ‘Maquiavelo para el siglo XXI. El Príncipe en la era del populismo’. Además, es columnista semanal de El Mundo y de Expansión. Y es de los que escribe o habla para que se le entienda, no para gustar o, peor todavía, gustarse.

Tras la muerte del mantero Mmabe Mbaye se han oído y leído cosas como que el capitalismo le obligó a huir de su país. Sin embargo, él y otros como él no cruzaron el estrecho en patera para llegar a un régimen colectivista, sino más bien lo contrario.

De la misma manera, nadie se jugaba la vida saltando el Muro de Berlín en dirección este ni huía de Estados Unidos a Cuba en balsa. Como son hoy los venezolanos los que vienen a España y no los españoles los que vamos a Venezuela. Al final, la gente vota con los pies.

¿Cómo es eso de que vota con los pies?

O con las manos, si llegan nadando. Cuando uno no tiene manera de progresar en su país, se va a otro donde las posibilidades son mejores.

La decisión, sin embargo, no asegura el éxito.

Pero demuestra que la imagen que los otros tienen de nuestros países es superior a la que tienen de los suyos propios. Por eso los sistemas democráticos, liberales, capitalistas, no necesitan de grandes discursos sobre los atractivos de su naturaleza. La gente, sencillamente, los percibe mejores.

Entonces ¿es una cuestión de percepciones?

Lo importante son las ideas, no lo material. Si la gente piensa que la democracia es superior, estará satisfecha, a pesar de que sus condiciones de vida sean duras. Pasa con los refugiados que huyen de la guerra y llegan a Europa en condiciones deplorables, pero creen que es mejor su nueva situación que la que dejaron atrás en sus países de origen. Pasaba también con la Transición.

¿Con la Transición?
Francis Fukuyama.

Sí, en el sentido de que la ilusión de progreso, de mejora, vence a las necesidades. Es la preeminencia de la idea respecto a la materia, algo que está en el discurso de Fukuyama.

Cuya idea sobre el fin de la Historia sigue siendo criticada, 25 años después de formularse.

A Fukuyama se le atacó no por lo que decía, sino por lo que no decía.

O sea, que él nunca sostuvo que la Historia, como sucesión sucesiva de sucesos sucedidos sucesivamente, hubiese llegado a su fin.

Lo que dice Fukuyama sobre la Historia es que acaba con la llegada de la democracia liberal. En ese momento, lo ideal se hace real. Según Fukuyama, y como pensaba Hegel, la Historia no es más que la búsqueda o la lucha por el reconocimiento.

¿Reconocimiento en términos de qué?

De igualdad en dignidad y derechos; igualdad formal, podríamos decir. Esto es lo que se consigue con la democracia liberal y no hay ningún otro sistema alternativo que satisfaga esta necesidad tan fundamental. Por eso, el fin de la Historia es la democracia liberal.

Que no llegó con la caída del Muro.

De hecho, Fukuyama no dice ni siquiera que la Historia acabase ahí. Él cree que Hegel tenía razón y que la Historia terminó ya en 1806, con la victoria napoleónica (que era la victoria de los ideales ilustrados) en la batalla de Jena. Hegel había visto a caballo al Emperador que debía convertir a Alemania en un Estado moderno. Fukuyama solo decía que la caída del Muro confirmaba que esta tesis de Hegel era cierta.

¿Y dónde se encarna esa idea en toda su perfección, según Fukuyama?

En Europa, lo que Kòjeve llamaba el estado homogéneo. La tesis de Fukuyama es en esencia la misma de Kòjeve: el fin de la Historia es la comunidad europea. Por cierto, un tipo fascinante Kòjeve, Alexandre Kòjeve.

¿Fascinante por qué?

Porque fue uno de los pensadores más interesantes del siglo XX, además de estudiante de Hegel en la Sorbona, uno los principales artífices de la Comunidad Económica Europea y, para algunos, aunque no se pueda afirmar con seguridad, espía de la URSS. Una de las cosas que defendió Kòjev fue que el estalinismo o el maoísmo no eran más que acelerones de la Historia.

Es decir…

Que lo que tenían que hacer Rusia o China era industrializarse lo más rápido posible y al coste que fuese (aunque fueran millones de muertos) para convertirse en democracias equiparables a la de Estados Unidos o a las de Europa.

Y mientras, ¿dónde se situaba Occidente?

En la punta de la Historia, esperando que los del final lleguen al mismo punto que nosotros, sin tomar un camino alternativo.

¿Y ha sido así?

Por lo que vemos, parece que sí había caminos alternativos. Quiero decir que la democracia liberal finalmente no se ha demostrado como el único modo de gobernar que pueda satisfacer las necesidades de los hombres; las materiales, pero también las espirituales. Ahí está Rusia y, sobre todo, ahí está China.

Vamos, si le parece, por orden: Rusia.

El caso es menos claro que el de China, porque el juego electoralista en Rusia nos lo puede hacer más cercano a nosotros, cuando debería ser lo contrario. De hecho, estos días, partidos como el Frente Nacional de Le Pen, el FPÖ en Austria o el UKIP en Reino Unido parecen muy satisfechos con la victoria de Putin, un tipo que prácticamente gobierna un imperio y que va en contra de que todos los países del mundo converjan en una especie de gran Europa.

China, en cambio, parece perderse menos en ficciones democráticas.

China está creciendo, progresando, dando mejores condiciones de vida a sus ciudadanos, y sin necesidad de acercarse a las democracias, ni siquiera adoptando su retórica.

O sea…

Para acabar con los grandes conflictos, bélicos e ideológicos -esto es, para alcanzar el fin de la Historia- ya no es necesario que todo el mundo sea como Europa. Ahora parece bastar también China.

¿Y no puede producirse un choque de civilizaciones, por usar una imagen contemporánea de la de Fukuyama?
Samuel P. Huntington.

La idea de choque de civilizaciones, de Huntington, es un poco rara. Porque si civilización tiene que ver con ciudadanía, con las relaciones que se establecen en la ciudad, que son relaciones a través del diálogo, en contra de las que se establecen en el campo, que son jerárquicas, tal conflicto no lo sería de civilizaciones en muchos casos, sino de falta de las mismas.

Entonces, cuando el islamismo ataca Europa, ¿no estamos ante un choque como el descrito por Huntington?

No, porque el islamismo así entendido no es civilización, es barbarie, es tribu, tribu grande, pero tribu.

China en cambio…

Sería el resultado de juntar la tesis de Huntington y la de Fukuyama. Según esto, si es civilización no choca realmente mientras que si choca no es civilización. La civilización es un ideal único.

Y en el supuesto de que resulte una civilización y, por tanto, no chocante, ¿podría ser superior a la nuestra?

Sí, en un sentido de mejores condiciones de vida. Lo que pasa es que eso nunca resulta suficiente, como vimos al hablar de la preeminencia de las ideas sobre lo material. Lo que justifica al régimen chino es que siga creciendo; el día en que deje de hacerlo, la propia lógica del sistema se verá cuestionada.

¿De qué manera?

Desconfiando de la bondad e inteligencia del líder supremo del Partido Comunista Chino, que vive como le da la gana, mientras que yo, chino, no vivo mejor que ayer, y mis hijos no viven mejor que yo.

A este lado del mundo, el ciudadano medio vive mejor que el chino, de momento.

Pero lo que hay es una crisis moral que no se da en China. La situación que ha hecho posible el auge del populismo en Europa y la victoria de Trump en Estados Unidos no ha sido una situación económicamente desesperada, sino de desconfianza en el sistema.

Populismo y Trump, Trump y populismo. ¿De verdad la suya fue la victoria de los deplorables, de la gente, contra el ‘establishment’, contra la casta?

Las élites son más plurales de lo que el populismo nos quiere decir. Pero mucho más plurales. Hay élites económicas, élites política, élites mediáticas. Entre ellas tienen relación, pero también intereses divergentes. Por sí mismas, las élites no son suficientes, con lo que siempre es necesaria una sinergia entre algunas de ellas y una parte del pueblo; pueblo que también es plural, aunque a algunos les cueste reconocerlo.

Eso que sostiene es un mentís al discurso populista.

El populismo no sería viable si fuera real todo lo que dice. Por épico que suene, ni las élites son un conjunto homogéneo podrido ni el pueblo es un conjunto homogéneo impoluto. Y aquí, ‘outsider’, lo que se dice ‘outsider’, no lo es del todo nadie.

¿Ni siquiera Trump?

Antes de llegar a la Casa Blanca, Trump tenía relación con algunos ex presidentes de los Estados Unidos, y de los dos partidos, lo que supone cierto poder político, limitado si se quiere, pero poder. Tenía también poder mediático y, sobre todo, poder económico. Trump era establishment; establishment que se vuelve contra los suyos.

Con notable éxito, por cierto.

Trump, como digo, es un extraño caso de sinergia entre los outsiders de las élites y una parte importante del pueblo que se siente olvidada por el sistema. ¿Y qué dicen cuando escuchan su discurso? Ostras, teníamos razón, el sistema está podrido, no funciona, hay que acabar con él, y no lo decimos solo nosotros, lo dice un millonario, que lo sabe mejor que nadie. Y fue así como se ganó el favor de millones.

Donald J. Trump como encarnación del sueño populista en Norteamérica. ¿Qué nombre le ponemos al fenómeno aquí en España?
Ada Colau.

Para mí, Ada Colau es el paradigma. Alguien que habla en nombre del pueblo, sin venir de ningún partido, sino del activismo social, y dentro de este, muy focalizada en un problema concreto, el de los afectados por la hipoteca, algo que parece que dejó de ser relevante nada más llegar ella a la Alcaldía de Barcelona.

¿Y su particular conquista del poder fue posible solo con los votos o contó con ayuda extra?

Su discurso iba en contra de las élites políticas y de las económicas, pero interesaba muchísimo a algunas televisiones, por su capacidad para generar audiencia. En ese sentido, el poder mediático favoreció, de alguna manera, el surgimiento de Ada Colau como activista política primero y como activo político después.

Y ahí sigue, en la Alcaldía de Barcelona, lo mismo que Trump en la Casa Blanca. Finalmente, la sangre no llegó al río.

Porque el poder te obliga a la centralidad, como es el caso de Colau y de Trump, o te obliga a la violencia, como es el caso de los que se erigen en representantes únicos del pueblo, apartando a los que se interponen en su camino; Chávez, por ejemplo.

¿De centro Colau y Trump?

Sus gestos, sus discursos, pueden seguir siendo los que son, pero el contenido de sus políticas es bastante razonable, no se salen de lo común, y si lo hacen, de donde no se salen es de una cierta lógica.

Habrá quien diga que la reunión entre Trump y Kim Jong-un es cualquier cosa menos lógica.

Es rarísima, sí, pero no será la primera vez que Estados Unidos se reúne con el enemigo. Lo hizo con China, lo hizo con Rusia. Forma parte de lo habitual, como la negociación de los presupuestos.

Pelosi, del Partido Demócrata, parecía encantada, al menos en las fotos.

Y Trump. Era como si formaran una nueva entente, para escándalo de los republicanos. Trump, el tío que les había acusado de ser demasiado moderados… ¡negociando con los demócratas!

¿La institucionalización, por tanto, del outsider que no era tan outsider?

Es a lo que te obliga el sistema, al menos si quieres llegar a acuerdos con otros partidos y ganarte el favor de los que nunca te hubieran votado, manteniéndote así en el poder.

Al final, va a resultar que la nueva política no lo era tanto.

Lo que pasa es que la política es una cosa muy compleja y la nueva política, muchas veces, lo que hace es recuperar cosas que son muy viejas.

¿Por ejemplo?

Algo tan básico y extendido como el personalismo. Pablo Iglesias lo tuvo claro cuando estampó su cara en las papeletas electorales. Que todo el mundo supiera quién era.

¿Qué más?

Otra cosa de la que ya hemos hablado, la confrontación entre pueblo y élite, casi una ley general en política a lo largo de la Historia, y que había intentado superarse.

Por concluir.

La nueva política no es nueva. Es distinta. Y no necesariamente por ser mejor.

¿Terminaremos reivindicando a los políticos profesionales, tan denostados?

Yo soy un gran defensor del profesionalismo político. Entre otras cosas, porque sin profesionales no es posible la política. Al político no se le pide que sea un experto en todo, pero sí una dedicación en cuerpo y alma. Porque la política no se improvisa. Requiere de un aprendizaje.

¿Y ese aprendizaje no puede adquirirse en otra parte, qué sé yo, en la empresa privada?

Esa experiencia la valoran mucho los liberales. Pero la lógica de la empresa es otra que la lógica de la política, lo mismo que la lógica del éxito es distinta en un lado que en otro. Se equivocan, por tanto, los que piensan que por no ser políticos profesionales están mejor preparados. Es necesario, insisto, un aprendizaje básico.

Se refiere, imagino, a cuestiones técnicas.

No solo. También morales. Incluso a habilidades; habilidades que, como cualesquiera otras, hay que ensayar.

¿Al precio que sea?
Papeleta de Podemos en las europeas de 2014.

La primera condición para lograr el poder, por decirlo de alguna forma, es ser un poco cabroncete, tener algo de mala leche. El realismo maquiavélico es eso.

¿Qué, exactamente?

Ser buenos, nos dice Maquiavelo, no es positivo para la vida del político, para su supervivencia en el partido. Esto lo ven los que llegan a la política dispuestos a dar su vida por el bien común y la abandonan desencantados viendo que son otros, menos ejemplares, los que se afianzan mejor en el poder.

¿Significa eso que todos los que están son unos indeseables a los que únicamente se les sigue su propio interés?

No. Los hay que ante la inevitabilidad del conflicto -el conflicto o es latente o es explícito, pero siempre es- buscan no avivar la confrontación, manteniéndola en los cauces de la normalidad.

¿Y si los desborda?

Entonces el político tiene que integrar en su discurso habitual los problemas que surgen a cada rato, aportando soluciones. O presentándose como la solución, incluso para aquellos problemas que no la tiene, antes de que lo hagan sus enemigos y crezcan.

Entonces se puede gobernar para la mayoría y, al mismo tiempo, estar en campaña permanente.

Angela Merkel lo hace. Por un lado, es la imagen de la estabilidad europea. Por el otro, hace de manera habitual lo que otros hacen excepcionalmente, como dejarse ver en público o hablar con la gente, creando así hegemonías a su favor. Y lo hace consciente de que el poder no es algo estable y que si dejas de preocuparte por conservarlo, lo pierdes.

Ahí quería yo llegar, a los políticos que pierden el puesto. ¿Qué hacemos con ellos, dónde los recolocamos? Lo pregunto por las puertas giratorias.

Es esa una crítica interesante porque apunta a un problema real: el de que desde el poder público se pueda usar lo que es común para algunos beneficiarse personalmente. Por ejemplo, negociando con empresas eléctricas condiciones ventajosas para que luego te admitan en su consejo de administración. Práctica que hay que combatir, pero sin condenar a nadie a quedar atrapado en la lógica de los partidos.

O sea.

Que las puertas giratorias son necesarias porque facilitan la regeneración, permitiendo que unos salgan y otros entren, según las habilidades, las ideas y los intereses del momento. Por otro lado…

Sí.

Si los que se dedican a la política no encuentran una salida digna -en los think tanks, en los medios de comunicación, donde sea- seguramente entonces harán cosas que solo beneficien a su propio interés, porque se verán obligados a anteponer la preocupación por su propia supervivencia a la preocupación por el bien común.