Historias que harán que el café se te quede frío.
Historias que harán que el café se te quede frío.

Fernando III, rey, guerrero y santo

 

Detalle de la estatua ecuestre de Fernando III el Santo en la Plaza Nueva de Sevilla, ciudad que conquistó el 23 de noviembre de 1248.

 

No son muchos los reyes que han alcanzado la santidad. El oficio de rey que, hasta hace no mucho tiempo era inseparable de la política, no es el más propicio para ganarse tal distinción. Pero, a pesar de todo, algunos hay, casi todos de la Edad Media, que fue una época muy espiritual y proclive a la santidad. Los más famosos son Esteban de Hungría, Luis IX de Francia y Fernando III de Castilla. Y ojo, ninguno lo fue de mentira, todos fueron sobrados de méritos.

Esteban de Hungría se convirtió al cristianismo y con ello convirtió a los magiares, un pueblo de las estepas que llegó a la llanura panónica a finales del primer milenio después de Cristo. Cuentan que el Papa Silvestre II le envió una corona para que se coronase como rey de todos los húngaros. Sería el primero de una larga lista de que se extiende hasta el siglo XX. En Hungría es muy venerado y cada 20 de agosto se celebra su onomástica. En la basílica de San Esteban de Budapest se conserva incluso su mano derecha dentro de un precioso relicario labrado en oro. Esteban fue el arquetipo de rey santo guerrero.

Luis IX no fue el primero de los reyes de Francia, pero si el más devoto de todos ellos. Hijo de Luis VIII, conocido como El León, y de una infanta española, Blanca de Castilla, se trabajó a fondo su santidad. “No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud”, llegó a decir Voltaire de él. Era estrictamente cierto, Luis IX pasó mucho más tiempo rezando que guerreando, vistió los hábitos franciscanos y fundó innumerables monasterios. Si por algo ha pasado a la Historia es por ordenar la construcción de la Santa Capilla de París, una obra maestra del gótico levantada para albergar las reliquias de la Pasión, que el mismo Luis había comprado al emperador de Bizancio y por las que desembolsó una pequeña fortuna. Luis fue el arquetipo de rey santo devoto.

Un rey santo por partida doble que no había nacido para ser rey
Alfonso IX de León, padre de Fernando.

Fernando III de Castilla, primo de Luis IX, llegó a la santidad por las dos vías: la de las armas y la rezadora. Se las arregló para dar el empujón definitivo a la reconquista, lo que hizo de Castilla el reino cristiano más importante al tiempo que alentaba la construcción de fastuosas catedrales como las de Burgos o León, obras cumbre del gótico en España. Fernando fue santo por partida doble, pero nadie lo hubiese dicho porque no nació para rey.

Vino al mundo en Peleas de Arriba, hoy un pequeño pueblo zamorano que allá por el año 1199 no debía de ser mucho más grande. Tenía Peleas de Arriba la peculiaridad de estar enclavado en plena ruta de la plata, la antigua vía que los romanos habían trazado para transportar los metales extraídos en Hispania. Su madre, Berenguela de Castilla, viajaba de Salamanca a Zamora y se puso de parto en aquel lugar tan insospechado.

Peleas (la de Arriba y la de Abajo) pertenecía al reino de León, en el que gobernaba con gran determinación su padre, Alfonso IX, fundador de la universidad de Salamanca y conquistador de Cáceres y Badajoz. Alfonso y Berenguela eran parientes, se habían casado sin la dispensa papal por consanguinidad, de modo que, avisado el Pontífice, anuló el matrimonio y les obligó a separarse.

Todo un segundón

El joven infante quedaba así al margen de cualquier expectativa sucesoria. No podría heredar en Castilla porque su tío Alfonso VIII ya tenía heredero nombrado, el príncipe Enrique. Tampoco en León ya que no era el primogénito de Alfonso IX, que antes de casarse con Berenguela lo había hecho con una princesa portuguesa. Le quedaba dedicarse a las armas o a la Iglesia, que era el destino de todos los segundones.

Sucedió entonces que la parca se puso a enredar. Murió Alfonso VIII y, poco después Enrique. Le seguiría su hermanastro Fernando de León y posteriormente su padre Alfonso IX. Toda una carambola dinástica que depositó sobre sus sienes las dos coronas. Primero fue la de Castilla, que recibió con 18 años en una situación un tanto complicada. Los Lara, una influyente familia castellana, se rebelaron y recibieron el apoyo del rey de León, que se entrometió en la disputa para ver si rascaba algo.

Pero Fernando no quería guerrear contra su padre, de hecho no tenía intención alguna de levantar la espada contra otros cristianos. Llegó a un acuerdo con él y se sentó a esperar a que la corona leonesa le llegase por el procedimiento ordinario, es decir, por la muerte del titular. Esto acaeció en 1230. Alfonso IX, después de 42 años de reinado, entregó su alma al creador en Sarria, un pueblito de Lugo en el que se había detenido de camino a Santiago para agradecer al apóstol la protección que le había prestado durante la reconquista de Extremadura.

El enemigo, al sur
La Batalla de las Navas de Tolosa. | Francisco de Paula Van Halen

Pero no iba a ser tan fácil. Los nobles leoneses se opusieron al nuevo rey, buscaron el apoyo de Portugal y se volvió a armar. Pero Fernando, que era de natural conciliador y poco dado a los calentones, se apañó para llegar a un pacto con ambos. Hecho esto, unió ambas coronas: la de Castilla y la de León. Desde ese momento no se volverían a separar.

El enemigo para el joven Fernando no estaba en casa, sino más al sur, pasado Sierra Morena, donde aún pervivían los restos del imperio almohade. Al rey le había marcado en la niñez la batalla de las Navas de Tolosa en la que una alianza cristiana de castellanos, navarros y aragoneses infligió una bochornosa derrota a un gran ejército andalusí en 1212. Su abuelo, Alfonso VIII, había sido, además, el adalid de aquella coalición.

Aquello no era sólo un motivo de orgullo, sino también de inspiración. Su abuelo señalaba el camino. Había que ir hacia el sur y hacerlo en ese preciso momento en el que los moros se batían en retirada. En Levante Jaime I de Aragón liquidaba una tras otra las taifas de Valencia, Denia, Mallorca y Menorca. Su debilidad era obvia, no parecía muy prudente dejarles tiempo a que se reconstituyesen como ya lo habían hecho en dos ocasiones.

Expediciones privadas de reconquista

La muerte en 1224 del último califa almohade, Yusuf II, se lo puso en bandeja. Todo el sur peninsular quedó de nuevo dividido en pequeños reinos con los que se podía jugar aliándose con unos mientras se atacaba a otros, o exigiendo tributos al más lejano mientras se guerreaba con el más cercano. La vieja táctica del divide y vencerás que los cristianos ya habían empleado anteriormente.

Con la retaguardia tranquila podía dedicarse plenamente a eso. Podía reclutar un ejército y conducirlo hasta el valle del Guadalquivir. Pero tenía que empezar donde lo había dejado su abuelo Alfonso años antes, justo al otro lado de Sierra Morena. Pero para tan ambiciosa empresa el rey solo no bastaba. Las taifas del sur eran grandes y tenían a mano gran cantidad de recursos tanto materiales como humanos.

Alentó entonces que surgiesen expediciones privadas pero con su bendición personal. Así se reconquistaron, por ejemplo, las sierras de Cazorla y de Segura. Corrieron a cargo del arzobispo de Toledo, que con su propia hueste se internó en la taifa cordobesa y fue rindiendo un pueblo tras otro. Algo similar ocurrió en Extremadura. El obispo de Plasencia se apoderó de Trujillo mientras los caballeros de la Orden de Alcántara hacían lo propio con Medellín. Aquellas campañas eran importantes porque eliminaban bolsas de moros que de un modo u otro terminarían dando problemas.

La conquista de Córdoba
Patio de la Catedral de Córdoba. | Martin Hapl

Pero todas esas operaciones eran caza menor, pueblos pequeños, algún que otro castillo, pero sin tocar el núcleo del poder musulmán, que era el curso medio y bajo del Guadalquivir. Para eso hacía falta algo más grande auspiciado y capitaneado por el rey en persona. Tan sólo necesitaba una buena excusa que no tardaría en llegar.

En 1235 el emir de Córdoba, Ibn Hud, no respondió al pago de 430.000 maravedíes que le exigía Fernando. Gracias a los informes de unos desertores, llegó hasta la Corte que la ciudad estaba desguarecida y reinaba el derrotismo. Ibn Hud se había trasladado a Almería junto a su ejército temiendo que Jaime de Aragón intentase conquistar la ciudad. Su temor no era infundado. Un siglo antes, en un golpe de mano, Alfonso VII de Castilla y Ramón Berenguer IV de Barcelona se apoderaron del lugar, que contaba ya entonces con un puerto muy importante. Se permitieron incluso el lujo de retenerlo durante varios años hasta que los almohades africanos acudieron en su auxilio.

Pero mucho habían cambiado las cosas desde 1147. Castilla era más grande y fuerte. Tenía la capacidad de poner sitio a una plaza principal como Córdoba y de rendirla. No hizo falta lo segundo. Córdoba se entregó sin resistencia. El 29 de junio de 1236 el rey de Castilla hizo su entrada triunfal en la ciudad después de haber dado a elegir a sus habitantes entre convertirse al cristianismo o exiliarse. Fernando no quería moros en la retaguardia.

La mezquita, antigua basílica visigoda, retornó al culto cristiano

Una vez dentro hizo dos cosas: restaurar la diócesis de Córdoba y ordenar que las campanas de la catedral de Santiago, saqueadas por Almanzor durante una razzia en el año 997 y que servían como pebeteros en la puerta de la mezquita, fuesen devueltas a la catedral compostelana. Cuentan que el porte se hizo a hombros de prisioneros moros, no por ensañamiento, sino por justicia ya que Almanzor las había llevado hasta Córdoba a hombros de cautivos cristianos.

Hecho esto, entregó las llaves de la que hasta ese momento había sido mezquita mayor al obispo Lope de Fitero. El edificio, levantado sobre una antigua basílica visigoda, retornó de este modo al culto cristiano. Pero la mezquita de Córdoba no corrió la suerte de otras de Al Ándalus. Al rey le gustó y no fue demolida. Hibridándose con ella nacería siglos más tarde una hermosa catedral renacentista. Esto daría lugar a un templo único en el mundo que hoy maravilla a todo el que atraviesa sus puertas.

Ibn Hud murió dos años más tarde, lo que hizo cundir el desconcierto entre los moros. Fernando supo aprovecharlo. Desde Córdoba, enclavada en un punto estratégico, podía abrirse en abanico y enviar tropas hacia Murcia, Jaén y Sevilla.

La resistencia de Cartagena y Jaén
Imagen de Fernando III en la Capilla Real de la Catedral de Córdoba.

En Murcia se encontró con los aragoneses, que descendían con rapidez desde Valencia. Pero no quería pleitos con ellos. Firmó con Jaime I el tratado de Almizra que fijó los límites entre ambas coronas por el sur y se centró en Andalucía. Sin nada más que rascar en la península, los aragoneses se echaron al mar. Con gran éxito por cierto, a finales de siglo ya se habían hecho los dueños de Sicilia.

El emir murciano, Hud Al Dawla, se avino a negociar y capituló antes de que Fernando le pusiera sitio a la ciudad. El gobernador de Cartagena no reconoció la capitulación y se dispuso a resistir. No era sencillo asaltar por tierra Cartagena y, además, carecía de sentido hacerlo sólo por ahí ya que está abierta al mar gracias a su extraordinaria bahía. Bien abastecida desde Almería, Málaga o África podría aguantar durante años. Había que tomarla desde el mar. Encargó a Ruy García de Santander que armase una flota y conquistase la ciudad. Dicho y hecho.

Jaén se resistió más. Era una plaza difícil. La ciudad se encuentra recostada sobre el cerro de Santa Catalina, coronado por un vigoroso alcázar que complicaba cualquier acercamiento. Tres veces tuvo que sitiarla hasta que en 1246 consiguió hacerse con ella. Luego la colmó de mercedes porque lo que mucho cuesta mucho se aprecia.

Táctica conjunta en Sevilla

Pero el premio gordo era Sevilla que, amén de grande y lustrosa, podía ser auxiliada desde el río. Tenía, por lo tanto, que combinar las tácticas seguidas en Cartagena y en Jaén. Pidió al marino Ramón Bonifaz que formase una escuadra en el Cantábrico y la condujese hasta el Guadalquivir. Mientras los santanderinos bajaban con sus naves le puso sitio por tierra.

Pero Axataf, el emir sevillano, consiguió burlarlo mediante un pontón de barcas protegido con cadenas a través del cual le enviaban víveres y armas desde San Juan de Aznalfarache. Enterado de esto, el rey ordenó a Bonifaz embestir contra el pontón. Tras un par de intentos, la flota castellana consiguió romper las cadenas dejando Sevilla ya completamente aislada. Esto sucedió el 3 de mayo de 1248, siete meses después, el 23 de noviembre Axataf se rindió. Quedaba por someter el alfoz de la ciudad y reducir a la condición de vasallo a emires como el de Niebla, en Huelva, que pidió su auxilio para que le protegiese del avance portugués. A todo le dio tiempo porque el rey decidió quedarse a vivir en el territorio conquistado.

Sevilla le cautivó de tal manera que trasladó la Corte a los Reales Alcázares. Allí le sorprendería la muerte en 1252, cuando planeaba una expedición a África. En la misma ciudad fue enterrado, dentro de la catedral que aún tenía la forma externa de la mezquita almohade. Así seguiría durante siglo y medio, hasta principios del siglo XV, cuando el cabildo ordenó demolerla para construir sobre sus cimientos la actual catedral gótica, la más grande del mundo en este estilo arquitectónico.

La primacía castellana
Urna con los restos de Fernando III en la Catedral de Sevilla.

Sus contemporáneos fueron conscientes de lo que había logrado el rey Fernando en apenas 30 años. El mapa político de la península era otro muy distinto al de su nacimiento. Castilla y León se habían aupado a la condición de reino central, el único que iba a de mar a mar y de Covadonga a Guadalete. El valle del Guadalquivir era tan portentosamente fértil que en pocos años la población de Castilla ya triplicaba a la de Portugal y Aragón.

Esta primacía castellana se dejaría sentir con el curso del tiempo. A partir del siglo XIV, y en buena medida gracias a la obra cultural de Fernando III y de su hijo Alfonso X, el castellano se convirtió en la lengua franca de toda la península. Lo dejó todo listo para que la reconquista concluyese (aunque lo cierto es que aún se demoraría un par de siglos) y estableció los pilares que hicieron de Castilla una de las coronas más poderosas del mundo.

No está nada mal para un rey que nació sin reino pero que terminó siendo, tal y como reza su epitafio, el más “recto, justo, prudente, magnífico, fuerte, piadoso, humilde, el que temió a Dios y le sirvió todos sus días, el que quebrantó y destruyó a todos sus enemigos, y ensalzó y honró a todos sus amigos, el que conquistó la ciudad de Sevilla, que es cabeza de toda España”.