Historias que harán que el café se te quede frío.
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De cómo David Mamet dejó de ser un progre de encefalograma plano

El dramaturgo David Mamet. | Masterclass

 

La representación de ‘Muñeca de porcelana’ en el teatro del Círculo de Bellas Artes de Madrid está siendo un éxito. De público, al menos. Rara es la tarde en la que no se cuelga en taquilla el cartel de “Agotadas las localidades”. Cosa distinta es el éxito de crítica. Y no es que los críticos, esos seres extraños que uno imagina en la oscuridad de la sala anotando los fallos en una libretilla, hayan roto en mil pedazos Muñeca de porcelana.

Lo que sucede es que a muchos de ellos parece preocuparle menos que José Sacristán borde o no el papel de Mickey Rose, el protagonista, como un detalle en apariencia menor: si se nota en la trama argumental de la obra o en sus diálogos el giro político de su autor, el muy aclamado y afamado David Mamet (premio Pulitzer, entre otros), ayer uno de los popes de la ‘intelligentsia’ izquierdista norteamericana y hoy uno de los más ardientes voceros de la derecha yanqui, no necesariamente trumpiana.

Todo empezó con una op-ed, una tribuna abierta, firmada por Mamet en marzo de 2008 en ‘The Village Voice’, y con uno de esos títulos que no llaman a engaño, Why I am no longer a braindead-liberal, en español, ‘Por qué ya no soy un progre de encefalograma plano’.

“Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión”

El texto, largo como su título, empezaba con un frase de John Maynard Keynes, pero no sacada de la Teoría General del Dinero, sino de su vida misma, en concreto, la respuesta que el economista dio una vez a alguien que le afeó un cambio de opinión: “Cuando los hechos cambian, yo cambio mi opinión. ¿Usted, caballero?“. Actitud esta ante la vida mucho más gentil que la de Lenin, quien sostenía que si la realidad no se ajustaba a la teoría, tanto peor para la realidad.

Y no es que David Mamet haya intentado alguna vez someter violentamente los hechos a sus prejuicios, al modo y manera de los comunistas. Ha sido más bien que buena parte de su vida la ha vivido de espaldas a la realidad, o al menos lo intentó, pues nunca se la pudo quitar de delante de sus gafas (gafas, por cierto, tan reconocibles en el ‘start system’ de Hollywood y Broadway como las de Woody Allen).

Hasta que maduró en él la decisión de comenzar a pensar como vivía, en lugar de intentar vivir -esquizofrénicamente- como pensaba. Porque ¿quién quiere exiliarse en La Habana pudiendo residir en Miami?

La enésima reencarnación del sueño americano

Nacido en Chicago en 1947, Mamet fue uno de los muchísimos hijos naturales de la contracultura que se enseñoreó de los Estados Unidos en las décadas de los 60 y los 70. Abiertos partidarios en apariencia de la paz y el amor, eran en el fondo unos perfectos pesimistas, todo el día asomados los muy plastas a la ventana a la espera de ver cabalgar por los cielos a alguno de sus particulares jinetes del Apocalipsis.

¿Que qué jinetes? El complejo militar industrial, los delitos de odio, el cambio climático, la brecha salarial, las multinacionales, los lobbies… Todo y todos aquellos, en fin, responsables de que nunca nada funcionara bien. Y sin embargo…

Sin embargo, no era verdad que todo estuviera siempre mal, menos aún en los Estados Unidos. De ser así, hubiera sido imposible que una madre soltera llegada al país sin conocer una palabra del idioma terminase enviando a sus dos hijos a la universidad. Tal fue el caso de la abuela de Mamet. Por no hablar del mismo Mamet como la enésima reencarnación del sueño americano.

El conocimiento secreto

Es verdad que de joven hubo de ganarse la vida como taxista o trabajando a comisión en una inmobiliaria, pero solo hasta que, con mucho esfuerzo y talento, pudo demostrar a Broadway, Hollywood y el mundo entero que era uno de los más grandes dramaturgos y guionistas de todos los tiempos, con títulos como El cartero siempre llama dos veces, Los intocables de Eliot Ness, Glengarry Glen Ross, American Buffalo, State and Main o la ultimísima Muñeca de porcelana, por citar solo media docena de más de 50.

Con todo, durante muchos años Mamet vivió avergonzado de ser estadounidense, odiando a las grandes corporaciones -las mismas por cuyos bienes y servicios en secreto suspiraba- y ridiculizando, con oportunidad o sin ella, a las fuerzas armadas de su país (quién le iba a decir a los miembros de estas que Mamet terminaría reconociendo en público su sacrificio en la defensa de un modo de vida: el modo de vida americano).

Fue, como queda relatado, en aquel larguísimo artículo de 2008, al que seguiría, cuatro años después, un libro en el que desarrollaría por extenso las ideas allí apuntadas, y con otro título de esos que no llaman a engaño: ‘El conocimiento secreto. Sobre el desmantelamiento de la cultura americana’. Si el texto publicado por The Village Voice fue piedra de escándalo para sus antiguos compañeros de viaje, el libro editado por Sentinel, encaramado enseguida a los primeros puestos de la lista de best-sellers de The New York Times, hizo que algunos se rasgaran las vestiduras. Aunque si solo hubiera sido eso…

Un “cuñado”

A Mamet le llovieron los insultos. Hubo quien puso sus esperanzas en que ojalá todo se tratara de un sketch del viejo para epatar a los republicanos (de ser así, la broma duraría ya unos años). Otros hubieran entendido, incluso aplaudido, que cambiase de sexo, pero no de opinión. Aunque la tónica, insistimos, fueron los insultos.

Todo por reseñar, a lo largo de 241 páginas, la importancia de las raíces cristianas de su país -él, que es judío-, las bondades del libre mercado, el privilegio de ser ciudadano norteamericano con pasaporte y la inmensa dicha de vivir bajo el paraguas de la Constitución de los Estados Unidos, hasta la fecha uno de los más duraderos y eficaces instrumentos políticos para la gestión de las pasiones humanas.

Por expresarse con lenguaje llano sobre muy distintas cuestiones, todas ellas polémicas, a Mamet en España la izquierda le hubiera despachado con el calificativo de “cuñado”. Pero lo cierto es que sus opiniones no son solo deudoras del pequeño gran descubrimiento de que la radio de su coche tenía una frecuencia AM donde podían sintonizarse emisoras conservadoras como la KCLA, con comentaristas como Dennis Prager o el más salvaje Glenn Beck, en lugar de la machaconamente progre NPR, rebautizada por Mamet como la National Palestinian Radio.

El Mamet renacido

Sus opiniones, las de Mamet,son deudoras también de la lectura de autores como Milton Friedman, Friederich Hayek, Paul Johnson o Thomas Sowell; autores en ocasiones recomendados por Mordecai Finnley, su rabino en Los Ángeles, en ocasiones por Jon Voight, aquel viejo cowboy de medianoche, otra estrella de Hollywood convertida al derechismo.

Que nadie piense, ahora bien, que el Mamet born again, el Mamet renacido, es hoy un tierno compositor de estampas patrióticas. Podrá comprobarlo quien vaya a ver Muñeca de porcelana, su última obra. Sobre la escena, dos de los grandes temas que han acompañado a Mamet a lo largo de su carrera: el poder del poder y cómo cualquiera sometido a cierta presión puede terminar portándose como un perfecto h de p.

Entonces ¿para qué tanta y tan aparatosa salida política del armario, aparte de para cambiar el sentido de su voto? ¿No debería Mamet, a partir de ahora, llevar al escenario y a la pantalla las viejas ilustraciones de Norman Rockwell para The Saturday Evening Post? No, porque el auténtico conservador no es aquel que imagina mundos perfectos, sino el que, aceptando la realidad tal como es, trata, en la modesta medida de sus posibilidades, de mejorarla, siquiera sea un poco.

Y, sobre todo, no debería Mamet hacer política con su teatro porque una cosa es la política y otra, infinitamente más seria, el teatro.

¡Autor, autor!